Del Olimpo al abismo, Sydney. Año 2000. Todo México lloró frente al televisor cuando levantó esas pesas y se convirtió en la primera mujer en la historia del país en ganar un oro olímpico. Era la heroína nacional absoluta, la figura intocable. Pero esa misma medalla fue su sentencia de muerte.

Hoy abrimos uno de los expedientes más crueles y dolorosos del deporte mexicano. La asquerosa maquinaria que exprimió a Zoraya Jiménez hasta dejarla seca. descubre como el sistema la empujó hacia los rincones más oscuros y la hundió en escándalos de dopaje y documentos falsificados para mantener la farsa del éxito.

Pero lo más escalofriante fue su final con 14 cirugías en una sola rodilla sin el pulmón derecho, en la ruina económica total y abandonada como basura por la misma federación que se hizo rica a su costa. Un infarto fulminante que acabó con ella sola en su departamento. Una joven de 35 años con la anatomía de una anciana devorada por el oro.

No porque sí, porque Soraya se merece que su historia completa llegue a más gente. No solo el momento bonito de Sydney que todos repiten cada 4 años cuando hay olimpiadas y conviene recordarla.

Lo que nadie te contó con claridad es que la gloria olímpica de Soraya Jiménez fue el principio del fin, que el sistema deportivo mexicano la usó, la aplaudió y la tiró a la basura en el orden exacto que eso suena. Su nombre completo era Zoraya Jiménez Mendivil. Y lo que le pasó cambió todo o debería haberlo cambiado.

Chan, pero México tiene muy mala memoria con sus héroes cuando ya no sirven para generar portadas. En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron con claridad. Primera, los documentos que falsificó para poder competir, el escándalo que estalló en 2002 y los dedos que señalaban hacia arriba dentro de la propia federación.

Segunda, el control antidopaje positivo en el Campeonato Panamericano de Venezuela. el antidepresivo que necesitaba para sobrevivir la presión extrema y el proceso público que la despedazó cuando ya estaba en el suelo. Tercera, lo que años de exigencia sobrehumana le hicieron a su cuerpo. 14 operaciones en la rodilla izquierda, un pulmón arrancado, cinco paros cardiorrespiratorios y una federación que desapareció cuando ya no había medallas que atribuirse. Cuarta.

 El 28 de marzo de 2013. ¿Cómo murió? Silón, ¿dónde estaba y quién no estaba? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante. Entender por qué en México una campeona olímpica puede morir sola, arruinada y olvidada, mientras la federación que la exprimió sigue operando sin que nadie le pida cuentas.

 Pero antes de llegar ahí, necesitas saber de dónde venía Soraya, porque el sistema no la rompió de repente, la fue quebrando desde que era casi una niña y empezó mucho antes de que alguien en México supiera su nombre. Grábate esto. Lo que vas a escuchar no es una historia de mala suerte, es una historia de un sistema que sabe exactamente lo que hace con sus atletas.

 Todo empezó en Naucalpan de Juárez, Estado de México. El 5 de agosto de 1977, en una familia completamente normal, sin dinero de sobra, eh, sin apellidos conocidos en el mundo del deporte, nació Soraya Jiménez Mendíbil, hija de José Luis Jiménez, contador público, y de María Dolores Mendívil, conocida en la familia como doña Lolita, y nació junto a su hermana gemela, Magali.

 Dos niñas exactamente iguales, nacidas el mismo día en la misma ciudad, en el mismo hogar. Una de ellas iba a convertirse en el nombre más importante del deporte mexicano femenino del siglo XX. La otra iba a estar presente en cada triunfo, en cada derrota, y al final, cuando ya no quedara casi nada, iba a ser parte de los pocos que seguían mirando.

 Piensa en ese Naucalpán de finales de los 70, una ciudad dormitorio del Estado de México, pegada al Distrito Federal, llena de familias como la de Soraya, familias de clase media trabajadora donde el padre sale a las 7 de la mañana, la madre organiza la casa y los hijos crecen entre la escuela, la calle y los pocos espacios deportivos que el municipio puede sostener.

 No había gimnasios privados con entrenadores especializados. No había becas ni programas de detección de talentos que funcionaran de verdad. Había canchas de basquetbol, áreas verdes y la voluntad de una niña que desde muy pequeña demostró que tenía más fuerza en el cuerpo de la que nadie esperaba. Soraya no nació siendo pesista. Eso es fundamental entenderlo.

Nadie nace siendo pesista. Es un deporte que huele a esfuerzo desde el primer día, que duele desde el primer entrenamiento, que exige más del cuerpo humano que casi cualquier otra disciplina olímpica. Y Soraya llegó a él casi por accidente después de intentar varios caminos. Primero fue el basketbol.

 Ella y Magali jugaban juntas, eso y competían juntas en selecciones infantiles y juveniles. Soraya tenía talento real para la cancha, manos rápidas. Buena lectura del juego, una competitividad que se notaba desde los primeros partidos, pero la estatura no le ayudó. En el basquet competitivo, centímetro y5 o 2 cm pueden significar la diferencia entre llegar y no llegar al nivel que uno sueña.

 Y Soraya se quedó en ese limbo donde el talento existe, pero el cuerpo no coopera exactamente con las exigencias físicas del deporte. Entonces lo intentó con el badminton, después con la natación. No era una niña que se rendía fácilmente. Eso quedó claro desde muy temprano. Seguía buscando, seguía probando, seguía encontrando en el movimiento y en la competencia algo que la jalaba de vuelta cada vez que pensaba en dejarlo todo.

Sí, había algo en ella que necesitaba el desafío físico, que necesitaba poner su cuerpo contra algo enorme y ver qué pasaba hasta que alguien la vio levantar algo y le dijo que tenía fuerza. Fuerza real, no la fuerza de un adolescente promedio, sino algo diferente, algo que se nota cuando quien lo ve sabe lo que está buscando.

Y así, entre finales de los 80 y principios de los 90, Soraya Jiménez Mendivil descubrió la alterofilia, el levantamiento de pesas, un deporte que en México era casi invisible para las mujeres. Un deporte que existía en los márgenes del sistema deportivo mexicano, sin dinero, sin atención, sin cobertura mediática y durante muchos años sin ni siquiera la posibilidad de llegar a unos Juegos Olímpicos. Grábate esto.

En 1997, el Comité Olímpico Internacional aprobó formalmente la participación de mujeres en alterofilia dentro de los Juegos Olímpicos. Eso quiere decir que cuando Soraya comenzó a entrenar en serio, ni siquiera era claro que algún día iba a poder competir en unos juegos. Estaba entrenando para un sueño que todavía no tenía fecha oficial en el calendario olímpico y siguió.

 Los primeros años de su carrera fueron duros de una manera que muy poca gente entiende desde afuera. El levantamiento de pesas femenino en México no era un deporte que recibiera recursos. No había infraestructura adecuada, no había programas de becas robustos para mujeres en esa disciplina y las instalaciones eran lo que el presupuesto de un sistema deportivo que priorizaba otras cosas podía ofrecer.

Soraya entrenaba con lo que había, con la dedicación que tenía y con la ayuda de una familia que, sin ser adinerada, entendió que su hija tenía algo especial y lo respaldó en la medida de sus posibilidades. Fue su padre José Luis trabajando en la empresa Gasera, Grupo Uribe, quien eventualmente consiguió que esa misma empresa la patrocinara.

 No era un contrato millonario, era lo suficiente para que un atleta joven pudiera competir, viajar y seguir entrenando sin que la familia tuviera que sacrificarlo absolutamente todo. Pero habla del tipo de historia que era la de Soraya, un atleta que tuvo que buscar su propio patrocinio a través de los contactos laborales de su padre, porque el sistema oficial no terminaba de verla del todo.

 Sus primeros años en la competencia internacional mostraron rápidamente que no era un atleta común. En 1996, en el torneo internacional Simón Bolívar en Carúpano, un Venezuela ganó el oro en su primera gran competencia internacional, levantando un total de 170 kg e implantó un récord mexicano en las dos modalidades.

 Tenía 18 años y ya estaba reescribiendo los libros de marcas nacionales. Escucha esto. Ese mismo año de 1996, el COI aprobaría poco después la inclusión de la alterofilia femenina en los programas olímpicos. El mundo del levantamiento de pesas femenino estaba en un momento de definición histórica y Soraya Jiménez estaba exactamente en el lugar correcto, con el talento correcto en el momento justo.

 En 1997, la Olimpiada Juvenil del entonces Distrito Federal fue suya. ganó en la categoría de 58 kg. Implantó récord juvenil en las dos modalidades. Fue la mejor levantadora del evento. Ese mismo año viajó al campeonato mundial juvenil en Ciudad del Cabo, Sudáfrica y regresó con medalla de bronce, primera medalla mundial de la historia de México en levantamiento de pesas, tanto femenino como varonil.

 Eso no es un detalle menor, es que Soraya con 20 años estaba haciendo historia en una disciplina que en México nunca había llegado al podio mundial. En 1998 ganó el oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Maracaibo, Venezuela, implantando récord del evento en arranque y en envión. En 1999 llegó a los Juegos Panamericanos de Winnie Peeg, Canadá, y se colgó la medalla de plata en los 58 kg, levantando un total de 190 kg, la mejor marca de su vida hasta ese momento.

 Y para ese punto, las personas que la rodeaban ya sabían con claridad lo que estaba viendo. Soraya Jiménez no era un atleta en desarrollo, era la mejor pesista mexicana de la historia, potencialmente una de las mejores del mundo en su categoría y tenía menos de 23 años. El camino hacia Sydney 2000 fue de una intensidad que pocos conocen con detalle.

  Su entrenador era el búlgaro Georgi Coev, a quien Soraya encontró literalmente a través de internet, buscando ella misma quién podía llevarla al siguiente nivel. Eso también habla de quién era. No esperó a que el sistema le asignara a un entrenador. Fue a buscarlo ella y Cev la llevó a Bulgaria durante un año completo de preparación en un régimen donde no había lugar para el descanso, donde el nivel de exigencia era el de la élite mundial, no el de lo que el deporte mexicano estaba acostumbrado a demandar de sus

atletas. Grábate este detalle. Soraya pasó un año en Bulgaria preparándose, lejos de su familia, lejos de México, en un ambiente de entrenamiento de máxima exigencia con un entrenador que no hacía concesiones. El nivel de sacrificio que eso implicaba a los 22 años para una muchacha de Nacalpan que había empezado en el basquetbol de Colonia es difícil de dimensionar si no has vivido algo parecido.

 En Bulgaria destacó en cada competencia en la que participó ganó la Copa Norseca. El torneo Tofalos International en Atenas, el campeonato en Bulgaria donde se preparaba, llegó a Sydney con credenciales reales y sin embargo nadie le apostaba el oro. La gran favorita en la categoría de 58 kg era la norcoreana Rison Hui, campeona mundial, el nombre que todos los analistas tenían marcado en sus cuadernos.

 Soraya era una presencia considerar, una posible medalla si todo salía bien, pero la norcoreana era la que iba a ganar. So, esa era la narrativa antes de que empezara la competencia. La madrugada del 18 de septiembre del año 2000 en México eran las 5 de la mañana. La mayor parte del país dormía. En el Centro de Conferencias y Exposiciones de Sydney, Soraya Jiménez Mendívil, 23 años de Naucalpán de Juárez, hija de un contador y de doña Lolita, hermana gemela de Magali, cargó su último intento.

 En la arrancada había levantado 95 kg. En el envión necesitaba 127,5 kg. Tomó aire, se persignó dos besos al aire, los mismos besos con los que su abuelo Tomás Mendivil, que había fallecido de cáncer meses antes, llamaba a sus caballos en el rancho de Sonora. Los besos que ella le prometió que serían suyos en cada levantamiento.

Flexionó las piernas, encontró el punto de equilibrio y levantó 127,5 kg sobre su cabeza. Los jueces aprobaron el levantamiento eh 122,5 kg en arranque más 127,5 kg envión. Total 222,5 kg. Suficiente. La norcoreana Rison Hui, que falló en sus últimos intentos, terminó con la medalla de plata. Soraya Jiménez Mendivil era campeona olímpica.

era la primera mujer mexicana en la historia en ganar una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. La décima medalla de oro de México en toda su historia olímpica, pero la primera conquistada por una mujer. Y el himno nacional mexicano sonó en una competencia olímpica por primera vez en 16 años desde que Raúl González cruzó la meta en Los Ángeles 1984.

Aquí viene lo primero que te prometí. Ese momento en Sydney fue el pico más alto de su vida y también, aunque nadie lo sabía todavía, el inicio del descenso. Cuando México despertó esa mañana, la imagen de Soraya saltando de felicidad con los brazos al cielo era la primera noticia en todos los medios. El presidente Ernesto Cedillo la llamó por teléfono para felicitarla.

 El presidente electo, Vicente Fox, también llamó y declaró públicamente que era el mejor inicio posible para un nuevo siglo. Los medios la convirtieron instantáneamente en heroína nacional. Las marcas comenzaron a llamar. Las federaciones deportivas, que nunca habían prestado mucha atención al levantamiento de pesas femenino, de repente querían estar en la foto.

Soraya regresó a México acompañada de todos los demás medallistas olímpicos de Sydney y fue recibida como se recibe a una reina. El Premio Nacional del Deporte le fue entregado por el propio Ernesto Cedillo. En los meses siguientes su cara apareció en publicidades, eventos, apariciones públicas.

 Pasó de ser un atleta que entrenaba en los márgenes del sistema a ser el rostro más reconocido del deporte mexicano femenino. Y en ese momento comenzó el problema, porque cuando un sistema que no ha invertido suficientemente en ti de repente se da cuenta de que eres un activo valioso, no empieza a cuidarte. Empieza a explotarte.

  Soraya declaró años después en una entrevista histórica que le concedió a la revista Proceso en mayo de 2010, algo que resume todo lo que vino después. Dijo que luego de ganar en Sydney fue apremiada a dar mejores resultados, que la presión por seguir ganando llegó inmediatamente, que mucha gente se colgó de su medalla olímpica.

Piensa en eso un momento. Acabas de ganar el oro olímpico. Eres la primera mujer mexicana en la historia en hacerlo. Tienes 23 años y en lugar de un plan de desarrollo que te cuide y te lleve al siguiente ciclo olímpico de manera inteligente, lo que recibes es presión para seguir produciendo resultados, para que el sistema que nunca te construyó pueda seguir cobrando el crédito de tu victoria.

 Eso no es apoyo, eso es extracción. En 2001 llegó la primera lesión importante. Fue operada de la rodilla derecha y de la muñeca izquierda. Canceló todos sus eventos de ese año. La rodilla, ese punto de quiebre físico que en el levantamiento de pesas absorbe una cantidad de impacto que el cuerpo humano no está diseñado para sostener indefinidamente, ya estaba mandando señales.

 Pero los sistemas deportivos no escuchan las señales del cuerpo de sus atletas, escuchan los calendarios de competencia y los ciclos olímpicos. Y el siguiente ciclo olímpico era Atenas 2004. Wos había que prepararse y lo que siguió en 2002 fue el año que destruyó la reputación de Soraya Jiménez en el deporte mexicano.

 El año donde el sistema que la había aplaudido la usó de chivo expiatorio para sus propios escándalos internos. O al menos esa es la versión que ella misma dio y que merece ser escuchada con toda la atención que no le prestaron en su momento. Escucha esto con cuidado, porque esta es la segunda cosa que te prometí.

 En 2002, uno de los requisitos para participar en el Campeonato Mundial Universitario de levantamiento de pesas que se realizaría en Ismir, Turquía, era ser estudiante universitario. Soraya no estaba en ninguna universidad. Pero quería competir y alguien o ella misma, dependiendo de a quién le preguntes, consiguió documentos apócrifos que la acreditaban como pasante de administración de empresas en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM.

 La UNAM se enteró y denunció el caso públicamente. El escándalo fue inmediato. La heroína nacional acusada de falsificar documentos universitarios. La primera medallista de oro olímpica de México convertida en fraudulenta. Los mismos medios que la habían endiosado dos años antes, ahora la despedazaban con la misma energía, pero en dirección contraria.

 En México, cuando un ídolo cae, cae hacia abajo con la misma fuerza con la que subió hacia arriba. Soraya lo negó al principio y en la entrevista de Proceso de 2010 lo negó una manera específica y brutal. dijo que una persona dentro de la federación a quien llamó por su nombre Isela. J era quien tenía esos documentos que ella nunca vio y nunca presentó, dijo que si hubiera cometido esa falta, los documentos estarían en sus manos y no estaban.

  Afirmó que esa persona y su esposo podían haber ido a comprar los documentos en la plaza de Santo Domingo en el centro histórico de Ciudad de México, que era y sigue siendo famosa por la venta de documentos apócrifos. y terminó diciendo algo que nadie en ese momento quiso escuchar, que después del escándalo alguien le informó que esa misma persona Isela había sido sancionada 2 años para no ejercer ningún cargo público por robo a la federación y por alterar documentos.

 Soraya dijo la verdad completa, no podemos saberlo con certeza. Lo que sí es verificable es que ella terminó aceptando la irregularidad públicamente y pidiendo disculpas en julio de 2002 y la UNAM. Después de esa disculpa, decidió no presentar cargos formales en su contra, pero el daño reputacional ya estaba hecho.

 Ya no era solo la medallista olímpica, era la medallista olímpica que había falsificado documentos o que al menos había estado en el centro de ese escándalo. Y el sistema deportivo mexicano, que la había empujado a seguir compitiendo, que la había presionado para dar más resultados, que se había beneficiado de su imagen, no salió a defenderla públicamente, no salió a contextualizar, dejó que el escándalo la consumiera sola.

 Pero eso no fue todo en 2002, porque semanas después de la tormenta de los documentos, la Federación Mexicana de Alterofilia informó algo más, que Soraya había dado positivo en un control antidopaje durante el Campeonato Panamericano de Venezuela. De hecho, la sustancia detectada fue el antidepresivo Will Butrin, cuyo nombre genérico es Bupropión, una sustancia prohibida en ese momento por el Comité Olímpico Internacional.

 Los titulares fueron fulminantes. Dopaje, la campeona olímpica dando positivo en Dopaje. No importó mucho en el momento del escándalo, el contexto. No importó que el bupropión es un antidepresivo. No es una sustancia que mejore la fuerza física o la resistencia en el levantamiento de pesas. Es un medicamento que se usa para tratar la depresión y la ansiedad y que alguien había prescrito a Sorayas según ella misma por prescripción médica.

 En un momento donde la presión psicológica que estaba viviendo era evidentemente aplastante, la inhabilitaron 6 meses, aunque a los 2 meses le levantaron la sanción cuando las autoridades deportivas verificaron que la sustancia había sido consumida por prescripción médica y que técnicamente no mejoraba su rendimiento atlético en su disciplina.

Pero grábate esto. El hecho de que Soraya estuviera tomando un antidepresivo no es un detalle secundario de esta historia. Es el dato que más te dice sobre lo que estaba viviendo. Una atleta de 25 años, campeona olímpica que necesitaba medicación para la depresión, no está simplemente pasando por un momento difícil.

 Está en un estado de colapso emocional que el sistema a su alrededor decidió ignorar completamente mientras seguía exigiéndole resultados. También en 2002, en el campeonato mundial de Varsovia, Polonia, quedó en el noveno sitio general. El nivel competitivo estaba cayendo mientras el cuerpo y la mente pagaban una factura acumulada que nadie quería reconocer.

 En 2003 tuvo su última gran participación competitiva real, los Juegos Panamericanos de Santo Domingo. Soraya cargando todo ese peso de 2 años de escándalos, lesiones y presión llegó al podio. Medalla de Plata era su tercer podio en Juegos Panamericanos en tres ediciones distintas. Oro en Sydney, plata en Santo Domingo.

 Nadie hizo demasiado ruido con esa plata porque ya no era la heroína intocable, era la atleta complicada. la que había estado en el centro de escándalos, la que había dado positivo en dopaje. El sistema mediático y federativo mexicano tiene una memoria selectiva y conveniente. Y entonces llegó 2004, el año de Atenas, el año donde Soraya debía defender su medalla olímpica.

 Eh, días antes del clasificatorio para los Juegos Olímpicos, Soraya Jiménez anunció su retiro del deporte. Tenía 27 años. La razón oficial fue un desgarre en la rodilla izquierda, pero ella misma fue más honesta que eso en declaraciones de la época. También señaló no contar con el apoyo de las marcas que le darían el boleto económico para la competencia, la combinación de un cuerpo que ya no aguantaba y un sistema de apoyo que se había retirado discretamente mientras los escándalos de 2002 le convirtieron en un nombre incómodo. El entonces

titular del programa Compromiso Integral de México con sus atletas, Sima, declaró que en los 3 años posteriores a Sydney se había invertido más de un millón de pesos anuales en la preparación de Soraya. y que además recibía una beca mensual. El tono de esa declaración era si lees entre líneas, hombre casi defensivo, como diciendo, “Nosotros sí le dimos.

” Como si la responsabilidad de lo que había pasado fuera solo de Soraya. Eso de nuevo habla del sistema más que del atleta y lo que vino después fue el periodo más oscuro de una vida que ya había conocido momentos muy oscuros. Soraya Jiménez, retirada a los 27 años sin estar lista para retirarse, con el cuerpo marcado por años de exigencia extrema y con la reputación en el deporte mexicano dañada por escándalos que nunca se procesaron con la justicia ni el contexto que merecían.

Aquí viene la tercera cosa que te prometí y es la parte más brutal de esta historia. Lo que el deporte de élite le hizo al cuerpo de Soraya Jiménez no fue una consecuencia inevitable del deporte. Fue el resultado de una combinación específica de exigencia excesiva, falta de apoyo médico adecuado y un sistema que mide a sus atletas en medallas y no en bienestar.

 La rodilla izquierda fue el epicentro del desastre físico. 14 operaciones en esa rodilla. 14. Imagina lo que eso significa en términos prácticos. La primera intervención grave fue en 2001 en la rodilla derecha además de la muñeca, pero las que siguieron, las 14 que acumuló en la rodilla izquierda específicamente, representan años de idas y vueltas al quirófano.

Recuperaciones interrumpidas por la siguiente urgencia, cartílago y ligamentos intervenidos una y otra vez hasta que el tejido ya no tenía mucho más que ofrecer. En el levantamiento de pesas, la rodilla absorbe una carga brutal. Cuando realizas un arranque o un envión con decenas de kilos sobre la cabeza, la compresión sobre las articulaciones de la rodilla es extrema.

Lo que separa a un atleta saludable de una que está acumulando daño permanente es la combinación de técnica perfecta, recuperación adecuada y el momento honesto en que el sistema médico y el entrenador dicen para ya no más. Ese momento en el caso de Soraya no llegó cuando debía llegar. Llegó demasiado tarde y a cuenta de un precio que resultó impagable.

 Pero la rodilla, con todo lo devastadora que fue, no fue lo que finalmente la mató, fue el pulmón, julio de 2007. Soraya ya no era atleta profesional en activo. Había asistido a los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro como enlace deportiva. Una persona que facilita la comunicación entre los atletas y la organización. No estaba compitiendo, estaba ayudando y en Río de Janeiro contra influenza tipo B.

 Una gripe que en una persona con un sistema inmunológico comprometido e con años de estrés físico acumulado y con un cuerpo que ya había peleado contra sí mismo en múltiples recuperaciones quirúrgicas, no es la misma gripe que en cualquier otra persona. La infección se complicó de una manera que los médicos no pudieron controlar con los tratamientos convencionales.

 El pulmón derecho se vio tan comprometido que la única opción fue extirparlo. Loraya Jiménez salió de esa hospitalización con un solo pulmón, el izquierdo, el derecho, ya no piensa en eso. Tienes 30 años, eras la atleta más fuerte del país. La mujer que había levantado 222,5 kg sobre su cabeza en una cancha olímpica y ahora respiras con la mitad de la capacidad pulmonar que tenías antes.

 El cuerpo, que había sido tu instrumento de gloria ya no era el mismo. Nunca volvió a ser el mismo. En la entrevista de Proceso de mayo de 2010, Tous Soraya habló sobre su situación, lo que describió era escalofriante en su crudeza cotidiana. Para ese punto ya acumulaba 14 operaciones en la rodilla izquierda, pérdida del pulmón derecho, tres cuadros de influenza distintos y cinco paros cardiorrespiratorios.

Cinco, cinco momentos en los que su corazón y sus pulmones dijeron que no más y ella sobrevivió cada uno. La extirpación de la vesícula biliar también formó parte del registro de intervenciones quirúrgicas que acumuló en esos años y en términos económicos la situación era precaria. Los gastos médicos de alguien que ha sido intervenida quirúrgicamente 14 veces en una rodilla más la extirpación de un pulmón más complicaciones cardiorrespiratorias repetidas.

 Son gastos que ninguna beca deportiva ni ningún salario de enlace deportivo puede cubrir y la federación que tanto se había beneficiado de su imagen no estaba allí con los recursos que se necesitaban. Grábate esto. En mayo de 2010, Soraya Jiménez tenía 32 años. Sobrevivía con un solo pulmón. Había sido operada 14 veces de la misma rodilla.

 Había tenido cinco paros cardiorrespiratorios y estaba en una situación económica precaria. La misma Federación Mexicana de Alterofilia, cuya historia incluye el mayor logro en la disciplina gracias a ella, no era el centro de la narrativa de su sufrimiento diario, era parte del olvido. Escucha esto. En esa misma entrevista, Soraya acusó a Ivar Cisniega, quien presidió la CONADE en el sexenio de Ernesto Cedillo, de haber dicho públicamente que ella se dopaba.

habló de chantajes dentro del Comité Olímpico Mexicano. Habló de decisiones federativas que no tenían explicación lógica. Habló de cómo a un buen amigo le había faltado coraje en los momentos donde hacía falta que alguien se pusiera de pie y dijera la verdad. Eran acusaciones serias y quedaron básicamente en el aire.

 Porque en México, cuando un atleta en situación económica precaria y con la salud destruida, acusa a las instituciones deportivas de haber fallado en su deber, el peso de esa denuncia no llega muy lejos. Las instituciones tienen abogados, tienen voceros, tienen presupuesto para el silencio. Los atletas tienen una entrevista en proceso y la esperanza de que alguien la lea.

 Pero lo que es innegable, lo que está documentado, lo que no necesita interpretación ni rumor para entenderse es el contraste brutal entre lo que Soraya dio al deporte mexicano y lo que el deporte mexicano le devolvió cuando ya no podía dar más. Eh, dio la primera medalla de oro olímpica femenina en la historia del país y el país, representado en sus instituciones deportivas le devolvió silencio cuando más lo necesitaba.

 Nadie imaginaba lo que estaba por pasar. Aunque si hubiera habido alguien mirando con honestidad, la trayectoria de su salud era suficientemente elocuente. Entre 2010 y 2013, los registros públicos sobre Sorayas son fragmentados. No era noticia, ya no era la heroína de Sydney, ya no era el escándalo de 2002, era simplemente una persona que vivía con un cuerpo devastado en la ciudad de México, muy lejos de los reflectores que alguna vez la habían seguido a todas partes.

 En enero de 2013 murió el marchista Noé Hernández, también medallista en Sydney 2000, Plata en los 50 km marcha, un hermano olímpico. Zoraya estuvo presente en el velorio de Noé Hernández. Montó guardia frente al féretro. Dos meses después era ella la que necesitaba el velorio. Y llegamos a la cuarta cosa que te prometí, la última, la más importante.

 El 28 de marzo de 2013, Soraya Jiménez Mendivil tenía 35 años. vivía en su departamento en la ciudad de México y esa mañana su corazón, que ya había parado cinco veces antes y que había seguido latiendo cada vez, se detuvo por última vez. Infarto agudo al miocardio, un paro cardíaco fulminante, la encontraron sola. Grábate ese detalle.

La primera mujer mexicana en ganar un oro olímpico fue encontrada sola en su departamento. La misma mujer que el 18 de septiembre del año 2000 hizo que millones de mexicanos se despertaran a las 5 de la mañana llorando de emoción. Estob murió sin que nadie supiera que estaba en peligro hasta que ya era demasiado tarde. Tenía 35 años.

 Pero el cuerpo que la autopsia reveló era el de alguien mucho mayor. 14 operaciones en una rodilla, un pulmón, cinco paros cardiorrespiratorios previos, tres cuadros de influenza, extirpación de vesícula, un historial clínico que no corresponde a un atleta en la plenitud de su vida, sino a alguien que ha sido sometido a una exigencia física extrema durante décadas y que ha cargado esas consecuencias sin la red de apoyo que debería haberle dado el sistema que se benefició de su trabajo.

 El Comité Olímpico Mexicano emitió un comunicado oficial. El COM está de luto, decía Carlos Padilla Becerra, presidente del COM, expresó condolencias a la familia. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, que publicó un mensaje en Twitter lamentando el fallecimiento. Los medios deportivos que la habían ignorado durante años de sufrimiento, de repente la recordaban como la heroína de Sydney.

Ese es el ciclo completo del olvido institucionalizado en el deporte mexicano. Te usan cuando sirves, te ignoran cuando sufres, te recuerdan cuando mueres, porque la muerte es una noticia y tienen que cubrirla. Soraya Jiménez Mendivil fue enterrada como lo que era la primera mujer mexicana en ganar un oro olímpico, pero murió como lo que el sistema la había dejado ser.

Una atleta abandonada con el cuerpo deshecho. Sin los recursos económicos que su legado debería haberle garantizado. Si la red institucional que debería haberla sostenido. Piensa en el contraste. La empresa gasera Grupo Uribe, donde trabajaba su padre, eh fue quien la patrocinó para llegar a Sydney. No el Estado mexicano, no la federación, su padre y una empresa gasera.

 Y al final, cuando todo se derrumbó, esa misma ausencia de estructura institucional sólida y honesta fue parte de lo que la dejó tan expuesta. ¿Cómo llegó hasta ahí? Es la pregunta que uno se hace cuando revisa esta historia con toda la información enfrente. El ciclo es brutal en su simplicidad. Soraya fue un talento natural en un deporte donde México no tenía tradición femenina.

Encontró a su propio entrenador. Consiguió su propio patrocinio a través de su familia. Llegó a los Juegos Olímpicos casi a pesar del sistema, no gracias a él. ganó el oro y en ese preciso momento el sistema que no la había construido se apropió completamente del logro y empezó a explotarlo. La presionaron para dar más resultados inmediatamente después de la victoria más grande de su vida.

 Le exigieron que el ciclo olímpico siguiente fuera igual o mejor. Y cuando los escándalos de 2002 llegaron, ya fuera que ella los protagonizó directamente o que fue víctima de dinámicas internas de la federación que nunca se investigaron a fondo, el sistema la dejó caer sin paracaídas. Rehabilitaciones, operaciones, paros cardiorrespiratorios.

El cuerpo destruido sistemáticamente por años de exigencia que comenzó demasiado temprano, nunca cesó cuando debía haber cesado y terminó sin el apoyo médico y económico que un país que celebró su victoria durante décadas debió garantizarle. Pero hay algo que todavía no te he contado, algo que necesitas saber para entender en su totalidad lo que fue la vida de Soraya Jiménez entre 2004 y 2013.

 Porque esos 9 años, los años que van desde su retiro hasta su muerte, no son solo un bloque de tiempo en el que un atleta retirada vive en el olvido. Son 9 años de una batalla cotidiana contra un cuerpo que se desmoronaba, contra un sistema que había cerrado la llave y contra el silencio de un país que solo recordaba su nombre cuando convenía.

 y eso merece ser contado con el detalle que nunca se le dio. Cuando Soraya anunció su retiro en 2004, días antes del clasificatorio para Atenas, tenía 27 años. En cualquier deporte que no exija lo que exige el levantamiento de pesas de alto rendimiento, 27 años es prácticamente la plenitud de una carrera atlética. Es cuando muchos deportistas están en su mejor momento, pero en la alterofilia.

Spotop, especialmente para alguien que había sido sometida al nivel de exigencia. que vivió Soraya desde los 18 años. 27 años con el historial de lesiones que ya cargaba era otra cosa completamente. La rodilla izquierda ya había sido intervenida varias veces antes de 2004. Cinco de esas cirugías ocurrieron justo en el periodo previo a los Juegos Olímpicos de Atenas en el ciclo 2001 a 2004.

 Cinco intervenciones quirúrgicas en la misma rodilla en 3 años. Eso no es rehabilitación, eso es un ciclo de emergencia tras emergencia donde el cuerpo de un atleta está siendo exigido más allá del punto donde debería haberse detenido y donde cada reparación quirúrgica es un parche sobre un daño que se acumula sin que nadie lo esté administrando con visión a largo plazo.

Grábate esto. Cuando Soraya se retiró, Ered no lo hizo en las condiciones en que se retira un atleta que completó su ciclo de manera natural. Lo hizo porque el cuerpo simplemente ya no podía con la exigencia de la competencia olímpica y lo hizo sin el colchón económico que su carrera debería haberle garantizado, sin la estructura de apoyo institucional que otros países le ofrecen a sus campeones olímpicos cuando terminan de competir y con una reputación que los escándalos de 2002 habían dañado, de manera que las

instituciones deportivas mexicanas nunca hicieron el esfuerzo de reparar públicamente. ¿Qué le pasa a un atleta mexicana en esa situación? ¿Qué hace alguien que a los 27 años ya no puede hacer lo único para lo que lleva entrenando más de una década? Que tiene el cuerpo marcado por cirugías, que viene de 2 años de escándalos públicos y que el sistema que prometió apoyarla está mirando hacia el siguiente ciclo olímpico con la próxima atleta prometedora.

 Lo que pudo con lo que había, Sorayan no desapareció inmediatamente del mundo del deporte. intentó mantenerse cerca de lo que conocía, de lo que amaba, aunque fuera desde otro ángulo. En 2007, cuando ya llevaba tres años retirada de la competencia profesional, asistió a los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, Brasil, en un rol de enlace deportivo.

Era la persona que facilitaba la comunicación entre los atletas mexicanos y la organización de los juegos. No era el rol glamoroso del atleta que sube al podio, era trabajo, trabajo real de los que no generan portadas ni menciones en el noticiero nocturno, pero era una manera de seguir conectada al deporte que había definido su vida y fue ahí por en Río de Janeiro en julio de 2007, donde ocurrió la segunda catástrofe mayor de su historia médica.

 Escucha esto con cuidado. Soraya contrajo influencia tipo B durante esos Juegos Panamericanos. No es la gripe común de la que uno se recupera en una semana con reposo y líquidos. La influenza tipo B en una persona cuyo sistema inmunológico ha sido comprometido por años de estrés físico extremo.

 Múltiples cirugías y los efectos acumulados de un entrenamiento de élite que el cuerpo carga mucho después de que termina puede volverse una emergencia médica seria. Y así fue. La infección pulmonar se complicó de una manera que los médicos no pudieron controlar con los tratamientos convencionales disponibles. El pulmón derecho se infectó severamente y llegó el momento en que la única opción médica era extirparlo, quitarlo completamente.

Soraya Jiménez, que el 18 de septiembre del año 2000 había levantado 127,5 kg sobre su cabeza con una capacidad pulmonar completa y un cuerpo en su pico máximo de rendimiento. Salió de esa hospitalización en 2007 sin el pulmón derecho, con la mitad de la capacidad respiratoria que tenía antes con 30 años de edad.

 Piens en lo que eso significa en la vida cotidiana de una persona, no solo en términos de limitación física. Aunque esas limitaciones son evidentes y severas, piensa en lo que significa emocionalmente, en lo que le hace a la psicología de alguien que construyó toda su identidad alrededor de lo que su cuerpo podía lograr, descubrir que ese cuerpo ya no es el que era, que nunca va a volver a ser el que era.

 Soraya había vivido toda su vida adulta siendo la persona más fuerte del lugar, la que levantaba lo que nadie más podía levantar, la que tenía en su cuerpo una capacidad que hacía que la gente se detuviera a mirar y de repente, con 30 años, era alguien que necesitaba gestionar cada actividad física según la capacidad de un solo pulmón, que debía cuidar su respiración de una manera que antes no era ni siquiera un pensamiento consciente.

 El sistema deportivo mexicano en ese momento, ¿dónde estaba? La respuesta que dan los hechos documentados es incómoda. No estaba de manera visible y sostenida en el centro de su recuperación. No hay registros de programas específicos de apoyo institucional de largo plazo que hayan acompañado a Soraya a lo largo de esos años de crisis médica.

 Lo que sí hay son declaraciones generales sobre el apoyo que se brindó durante su carrera activa. Eh, pero el apoyo durante la carrera activa y el apoyo cuando la carrera terminó y llegaron las consecuencias físicas son dos cosas completamente distintas. Grábate este contraste. En países con sistemas deportivos maduros, los atletas olímpicos que representan los logros más altos de la historia de sus naciones tienen garantizados apoyos de largo plazo. No son regalos.

 Son reconocimientos institucionales de que la persona que puso el nombre del país en el podio olímpico merece una red de seguridad real cuando su carrera termina. pensiones, cobertura médica, programas de reinserción laboral en el deporte o fuera de él, estructuras que reconocen que un campeón olímpico no puede simplemente ser abandonado a su suerte cuando ya no compite.

 Soraya Jiménez fue la primera mujer mexicana en la historia en ganar un oro olímpico. Bostion no la primera en un deporte particular, la primera en la historia. Y lo que le pasó después de que esa historia se terminó de escribir no corresponde con el peso histórico de lo que logró. Los gastos médicos de alguien con 14 cirugías en una rodilla, la extirpación de un pulmón, cinco paros cardiorrespiratorios documentados, tres cuadros de influenza y la extirpación de la vesícula biliar.

 Son gastos que superan con creces cualquier beca o ingreso que un atleta retirada pueda generar por sí misma. No son gastos manejables, son el tipo de gastos que pueden consumir cualquier patrimonio, cualquier ahorro, cualquier margen de seguridad económica que alguien haya construido durante su carrera. Y aquí hay que ser honestos sobre algo.

 El levantamiento de pesas femenino en México nunca fue un deporte que generara los contratos millonarios que genera el fútbol o el boxeo. No había los endorssements masivos que le llegan a un futbolista o a un boxeador campeón. Las becas del sistema Sima existían y eran reales, pero no construían el tipo de patrimonio que luego puede sostener décadas de gastos médicos.

 Suraya llegó a la cima de su disciplina en un deporte de nicho en un país que aplaudía cuando había victoria, pero no tenía los mecanismos para garantizar la dignidad de sus atletas cuando la victoria quedaba en el pasado. El 12 de mayo de 2010, la revista Proceso publicó la entrevista, que es el documento más honesto y más devastador que existe sobre los últimos años de vida de Soraya Jiménez.

 Ella tenía 32 años cuando esa entrevista se publicó y lo que describió era la realidad de alguien que sobrevivía, no que vivía cómodamente. Escucha lo que dijo, o mejor dicho, lo que el espíritu de lo que dijo era que había pagado con su cuerpo un precio que nadie le había advertido que iba a pagar, que el sistema que la había celebrado no estaba ahí de la manera que debería haber estado cuando las cuentas médicas llegaban.

 que las personas que se habían colgado de su medalla olímpica para sus propios beneficios habían encontrado la manera de no aparecer cuando los beneficios ya no existían y que cargaba con el peso físico y emocional de todo eso prácticamente sola. Habló también del machismo que existía hacia el interior de la Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas. Esto no es un detalle menor.

 En el deporte de élite en México, eh como en muchos países latinoamericanos, el machismo institucional no es un fenómeno abstracto. Se manifiesta en decisiones concretas. ¿Qué deportes reciben más presupuesto? ¿Qué atletas reciben más apoyo? ¿Cómo se toman las decisiones sobre becas y preparación y participación en competencias? Soraya como mujer en un deporte que históricamente había sido dominado por hombres, operó en ese ambiente durante toda su carrera y sus propias palabras sugieren que ese ambiente fue parte de

la estructura que la dejó tan vulnerable cuando las cosas se complicaron. En esa entrevista también habló de Ivar Cisniega, el funcionario deportivo que presidió la CONADE en el sexenio de Ernesto Cedillo. Lo acusó directamente de haber dicho públicamente que ella se dopaba. habló de chantajes dentro del Comité Olímpico Mexicano.

  Se hoy habló de un amigo al que le faltó coraje para decir la verdad cuando importaba. Habló de decisiones dentro del com que no tenían explicación lógica para ella. Estas son acusaciones serias y lo que hace que resulten significativas no es que sean necesariamente verificables en su totalidad, sino que vienen de la persona que mejor conocía su propia historia, del atleta que había estado adentro del sistema desde los 18 años y que tenía 32 años y nada que perder diciendo lo que pensaba cuando alguien que ha vivido en

el centro de una institución durante más de una década señala problemas estructurales con ese nivel de especificidad, vale la pena escuchar con más atención de la que el deporte oficial mexicano le prestó en ese momento. La entrevista de Proceso generó algo de atención mediática cuando se publicó, eh, pero no la suficiente para producir cambios reales.

 No hubo investigaciones institucionales sobre el trato que había recibido. No hubo programas de apoyo que se anunciaran públicamente a raíz de lo que ella describió. La máquina siguió girando. Soraya siguió cargando lo que cargaba y la conversación se cerró sin resolverse. Piensa en eso un momento. Tienes a la primera medallista de oro olímpica femenina de tu país diciendo públicamente con nombre y apellido y datos específicos que el sistema deportivo la había fallado.

 Y la respuesta institucional es el silencio administrativo, el esperar que la noticia pase, el confiar en que el ciclo de atención mediática es corto y que en dos semanas habrá otra nota que desplace a esta. Y funcionó porque en 2010 nadie cambió nada y en 2013 Soraya estaba muerta.

 Entre 2010 y 2013 hay un periodo donde los registros públicos sobre su vida cotidiana son escasos. No porque no estuviera viviendo, sino porque vivir sin ser noticia es precisamente lo que le había pasado. Ya no era relevante para los medios deportivos que cubrían al próximo atleta promesa. Ya no era útil para las instituciones que habían explotado su imagen.

 Era simplemente Soraya, una mujer con tre y tantos años, con un solo pulmón, con la rodilla izquierda intervenida 14 veces, que sobrevivía cada día con los recursos que tenía y con el cuerpo que le quedaba. En enero de 2013 murió Noé Hernández, medallista de plata en marcha atlética en Sydney 2000. El mismo torneo donde Soraya ganó el oro, un compañero olímpico, alguien que compartía con ella el privilegio y la carga de haber estado en ese momento histórico en Australia.

Censoraya asistió al velorio de Noé Hernández. Estuvo ahí frente al féretro de alguien que había sido parte de los mismos juegos que definieron su vida. Dos meses después era ella la que había muerto. Grábate ese detalle porque es uno de los más escalofriantes de esta historia.

 Soraya Jiménez fue al velorio de un compañero olímpico en enero de 2013 y murió en marzo del mismo año. Dos medallistas de Sydney 2000 muertos con semanas de diferencia. Dos atletas que dieron los mejores años de sus vidas al deporte mexicano y que terminaron sus historias en condiciones que ninguno de los dos merecía.

 El 28 de marzo de 2013 llegó sin anuncio. Así llegan los infartos. El corazón de Soraya, que ya había parado cinco veces y había vuelto a latir cinco veces, llegó al momento en que no volvió a latir y nadie estaba ahí para verlo. Sí, nadie estaba ahí para llamar a una ambulancia a tiempo. Nadie estaba ahí.

 La encontraron sola en su departamento. Eso es lo que hay que dejar que resuene, no como un dato clínico, como la realidad humana que es. La mujer que hizo que millones de mexicanos se abrazaran llorando de alegría en sus casas a las 5 de la mañana de un lunes de septiembre del año 2000. Murió sola en su departamento 12 años después y nadie lo supo de inmediato porque no había nadie con ella.

 El Comité Olímpico Mexicano emitió un comunicado. El presidente de la República publicó un mensaje en Twitter. Los medios deportivos que la habían ignorado durante años de sufrimiento la recordaron como heroína en sus necrológicas. Las redes sociales se llenaron de la imagen de Sydney, la imagen del salto, los brazos al cielo, la felicidad desbordada de la victoria y el ciclo completo del olvido institucionalizado quedó expuesto en toda su crueldad.

 Te ignoramos mientras sufrías, pero cuando mueres te recordamos como si nunca hubiera pasado nada. Soraya Jiménez no era solo un atleta con mala suerte, era el producto directo de un sistema deportivo que tiene muy claro cómo usar a sus mejores atletas y muy pocas ganas de preguntarse qué pasa con ellos cuando ya no sirven para ganar medallas.

 Un sistema que celebra el resultado, pero no invierte en el proceso de manera que proteja a la persona que produce ese resultado. Un sistema que en el mejor de los casos es negligente con sus atletas cuando la gloria pasa y en el peor de los casos los deja caer activamente cuando se vuelven incómodos. Escucha esto.

 Desde la muerte de Soraya que ahora otros atletas mexicanos de alto rendimiento han hablado sobre las condiciones en que operan después de sus carreras, sobre las brechas en los sistemas de apoyo, sobre la brecha entre lo que el discurso oficial promete y lo que la realidad cotidiana entrega. No son conversaciones que el deporte oficial promueva, son conversaciones que ocurren en entrevistas, en redes sociales, en conversaciones privadas que a veces se filtran.

 Y el patrón que describen no es el de un sistema que ha aprendido las lecciones de lo que le pasó a Soraya, es el de un sistema que sigue funcionando con la misma lógica. Lo de Zoraya no fue un accidente, fue el resultado predecible de un modelo que extrae el máximo valor de sus atletas más talentosos durante la ventana en que son competitivos y no tiene los mecanismos reales para garantizarles dignidad después.

 Y mientras ese modelo siga siendo el dominante, Soraya no va a ser la última historia de este tipo. Va a tener más versiones con nombres distintos, con deportes distintos, con las fechas cambiadas, pero el mismo patrón. Eso es lo que nadie quiere poner en el centro de la conversación cuando se celebra el aniversario de Sydney 2000 cada 18 de septiembre.

 Y lo peor, lo verdaderamente más doloroso de esta historia es que Soraya lo sabía. En 2010, con 32 años, con el cuerpo destrozado y la situación económica precaria, lo sabía y lo dijo. En esa entrevista de proceso que publicó el 12 de mayo de ese año, dijo lo suficiente para que cualquier institución con voluntad real de hacer algo diferente hubiera podido actuar.

 Y no actuaron o no actuaron lo suficiente o actuaron de manera que no alcanzó. Y 3 años después Oti Zoraya estaba muerta. Ese es el peso real de esta historia. No solo la tragedia individual de una mujer extraordinaria que murió demasiado joven, sino la pregunta que esa muerte deja sin responder satisfactoriamente.

¿Qué hicimos? ¿Qué hace México con los atletas que lo ponen en el mapa del mundo y luego ya no tienen nada más que dar? La respuesta que esta historia ofrece es la que no queremos escuchar, pero que necesitamos escuchar, porque si no la escuchamos, si seguimos celebrando el segundo de Sydney, sin preguntarnos qué pasó después, estamos siendo cómplices del mismo sistema que devoró a Soraya Jiménez Mendivil.

Y eso ya no tiene ninguna excusa. El deporte la elevó y también la destruyó. Esa es la realidad más incómoda de la historia de Soraya Jiménez. No es una historia de un atleta que tomó malas decisiones en el vacío. Tú es la historia de una persona joven con un talento extraordinario que fue absorbida por una máquina institucional que sabe exactamente cómo extraer valor de sus atletas y que no tiene los mecanismos o la voluntad para garantizarles dignidad cuando la carrera termina. En México, la medalla de oro de

Soraya se celebra cada 4 años cuando hay olimpiadas y alguien recuerda que fue la primera. La imagen de ella saltando de felicidad en Sydney con los brazos al cielo es parte del archivo visual del orgullo deportivo nacional. Pero la entrevista en Proceso de 2010, donde habló de sus 14 operaciones y su pulmón perdido y sus cinco paros cardiorrespiratorios y la precariedad económica no forma parte del archivo que se celebra.

 Esa versión de Soraya no es conveniente para la narrativa oficial. 4 años después de que ella murió. En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, la pesista Aremi Fuentes ganó la medalla de bronce en alterofilia y dijo públicamente que Soraya Jiménez era su inspiración deportiva, que ella abrió el camino, que lo que logró en Sydney fue lo que hizo posible que más mujeres mexicanas tomaran el levantamiento de pesas en serio.

 Ese es el legado real, no solo la medalla, el camino que abrió para otras. y que pagó con todo lo que tenía y más de lo que debería haber tenido que pagar. Soraya Jiménez Mendivil, Naucalpan de Juárez, 5 de agosto de 1977, Ciudad de México, 28 de marzo de 2013, 35 años. Primera mujer mexicana en ganar un oro olímpico.

 14 operaciones en una rodilla, un pulmón, cinco paros cardiorrespiratorios. Encontrada sola heroína nacional que el país celebró y luego olvidó. la atleta que el sistema usó y luego abandonó a la mujer que dio todo lo que tenía y recibió a cambio aplausos mientras pudo producir y silencio cuando ya no pudo. Eso es lo que realmente pasó y eso es lo que el deporte oficial mexicano no quiere que el centro de la conversación cuando se menciona el nombre de Soraya Jiménez.