Marta Miraba Las Montañas Y Soñaba Con Huir, Mientras Juan Trabajaba La Tierra Para Sostener A Su Familia. La pobreza fue apagando su paciencia, sus risas y el amor que alguna vez prometió cuidar siempre. Daniel, con apenas seis años, seguía buscándola con dibujos y juegos que ella ya casi no veía. Cada noche, la casita de madera parecía más pequeña, más fría y más llena de silencios rotos. Juan intentaba mantener la esperanza, pero Marta culpaba a su esposo por cada plato vacío y cada pared desgastada. Y antes de marcharse, la distancia entre ellos empezó a crecer como una grieta imposible de cerrar.
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