EL NIÑO DE OCHO AÑOS LE DIJO: «SEÑOR, MI HERMANA YA NO LLORA Y ESO ME DA MIEDO»… EL EMPRESARIO SE QUITÓ EL ABRIGO, LLAMÓ AL 112 Y AQUELLA NOCHE DESCUBRIÓ POR QUÉ LA MADRE NUNCA HABÍA REGRESADO
PARTE 2
Marta Cebrián no recordó caer.
Recordaba:
la parada,
el frío,
el teléfono vibrando,
y una llamada de su encargada.
Trabajaba limpiando oficinas por horas.
Le habían avisado de que olvidó unas llaves importantes en un portal donde había trabajado aquella mañana.
Necesitaba recuperarlas o podía perder el empleo.
Nicolás estaba cansado.
Alma lloraba.
Marta pensó que tardaría diez minutos.
Le dijo al niño:
—No os mováis.
Voy aquí al lado y vuelvo.
Fue una decisión mala.
Eso no cambió.
Pero no planeaba desaparecer durante horas.
Caminó hacia el edificio.
A mitad de camino empezó un dolor abdominal violento.
Entró en un portal buscando sentarse.
Después:
nada.
Un vecino la encontró mucho más tarde.
Sin teléfono visible.
Desorientada.
Pálida.
Cuando llegó al hospital, los médicos detectaron la urgencia.
Necesitó cirugía.
La policía encontró su móvil debajo de un radiador del portal después.
Por eso nadie había podido localizarla.
A las dos de la mañana, los hermanos estaban seguros.
La madre también.
Pero los servicios de protección de menores seguían interviniendo.
Porque una emergencia médica no borraba todo lo demás.
Había preguntas.
¿Por qué una madre sola había considerado aceptable dejar a un niño de ocho años encargado de una bebé en una parada, aunque fuera diez minutos?
¿Existía red familiar?
¿Había antecedentes de negligencia?
¿Cómo estaban vivienda, escolarización, alimentación y cuidados?
No se juzgaba una familia por una sola noche.
Tampoco se ignoraba.
Álvaro se marchó finalmente a las dos y media.
Llegó a casa.
Dejó las llaves.
Se quitó los zapatos.
El salón estaba exactamente como lo había dejado.
Todo en su sitio.
Por primera vez en años le pareció desagradable.
No vacío.
Inútilmente perfecto.
Durmió dos horas.
A las siete recibió un mensaje.
No de la policía.
De su hija Lucía.
“Papá, mamá dice que saliste en una foto del Heraldo con un niño. ¿Qué has hecho?”
Álvaro abrió internet.
Alguien había fotografiado la ambulancia.
Él aparecía al fondo.
Nada sensible sobre los menores.
Pero suficiente para generar rumores.
Llamó a su hija.
—Encontré a dos niños que necesitaban ayuda.
—¿Están bien?
—Sí.
—¿Y por qué pareces como si fueras su padre?
—Porque llevo mi abrigo encima.
—Ese abrigo cuesta una barbaridad.
—Gracias por centrarte en lo importante.
Lucía rio.
Después:
—¿El bebé está bien de verdad?
—Eso me dijeron.
Su hija permaneció callada.
—Qué miedo.
Sí.
Eso era.
No heroísmo.
Miedo.
Álvaro llamó a su oficina.
Canceló dos reuniones.
No toda la semana.
Su empresa no desaparecía porque él hubiera vivido una noche difícil.
A las diez recibió una llamada inesperada.
Servicios Sociales.
Necesitaban aclarar una frase de Nicolás.
El niño había dicho:
“Álvaro sabe dónde estamos.”
No había problema.
Solo querían confirmar que él no era familiar ni conocido previo.
Álvaro explicó.
Antes de colgar preguntó:
—¿Puedo enviarles algo?
Ropa.
Lo que necesiten.
La trabajadora social respondió:
—Ahora mismo tienen cubiertas las necesidades.
Si necesitamos colaboración se lo comunicaremos.
Fue una pequeña lección.
Tener dinero no convertía a Álvaro en solución automática.
Durante cuatro días no supo más.
Y eso era correcto.
Aquella era la vida privada de una familia.
El quinto recibió una llamada de Marta.
Había obtenido su número a través de la policía después de pedir permiso.
—Señor Montalbán.
—Álvaro.
—Soy la madre de Nicolás y Alma.
Él se quedó de pie junto a la ventana.
—¿Cómo está?
—Viva.
Parece que eso ya es bastante.
—Sí.
Silencio.
—No sé cómo darle las gracias.
—No tiene que…
Marta lo interrumpió.
—Sí.
Tengo que hacerlo.
Mi hijo me ha contado que usted se quedó.
Álvaro respondió:
—Nicolás fue quien pidió ayuda.
Yo solo estaba allí.
—Mi hijo tiene ocho años.
—Y aquella noche hizo algo extraordinariamente sensato para tener ocho años.
Marta empezó a llorar.
No fuerte.
Solo respiración irregular.
—Lo dejé allí.
—Pensaba volver.
—Eso no lo hace correcto.
Álvaro no dijo:
“no fue culpa suya.”
No podía decirlo.
Marta había tomado una mala decisión.
Después sufrió una emergencia imprevisible.
Las dos cosas podían coexistir.
—¿Dónde están los niños?
preguntó.
—Alma sigue conmigo en el hospital durante algunas horas.
Nicolás está temporalmente con una familia de acogida de urgencia.
Servicios Sociales está buscando a mi hermana.
Vive en Navarra.
—¿Los han separado?
—Durante dos noches.
Sí.
La voz se le quebró.
—Nicolás está furioso.
Álvaro sintió algo.
Pero no tenía autoridad para arreglarlo.
—Lo siento.
Marta respondió:
—Yo también.
Y por primera vez Álvaro entendió que ayudar podía significar soportar la incomodidad de no poder decidir el final.
PARTE 3
La hermana de Marta apareció tres días después.
Beatriz Cebrián.
Treinta y nueve años.
Enfermera en Tudela.
Casada.
Dos hijos adolescentes.
No veía a Marta desde hacía casi un año después de una discusión familiar.
Cuando recibió la llamada de protección de menores condujo directamente a Zaragoza.
La evaluación inicial permitió que Nicolás y Alma fueran juntos con ella de forma provisional mientras Marta se recuperaba y se analizaba la situación familiar.
No era una adopción.
No era una pérdida automática de custodia.
Era una medida temporal.
Marta salió del hospital once días después.
No podía cargar peso.
No podía cuidar sola a un bebé inmediatamente.
Además, los servicios sociales habían encontrado problemas que no eran dramáticos pero sí importantes.
Ingresos inestables.
Alquiler atrasado.
Ausencias escolares de Nicolás durante meses anteriores.
Citas pediátricas pospuestas.
Una madre agotada intentando hacer trabajos incompatibles con cuidar a dos hijos sin red.
No maltrato deliberado.
No una madre monstruosa.
Una estructura familiar que llevaba demasiado tiempo funcionando sin margen.
Beatriz dijo algo durante una reunión:
—¿Por qué nunca me llamaste?
Marta respondió:
—Porque la última vez me dijiste que estaba destruyendo mi vida.
—Porque lo estabas haciendo.
—Eso no hace más fácil pedirte ayuda.
Silencio.
Aquello era más complicado que cualquier villano.
Álvaro no formaba parte de esas reuniones.
Volvió al trabajo.
Nicolás le escribió una carta.
Servicios Sociales preguntó si estaba dispuesto a recibirla.
Sí.
La carta decía:
“Gracias por llamar a la ambulancia.
Alma ya grita otra vez.
Mi tía dice que eso es bueno aunque a las tres de la mañana no parece tan bueno.”
Álvaro rio.
Después encontró otra frase:
“Pensé que mi madre nos había dejado porque estaba cansada de nosotros.
Ahora sé que estaba en otro hospital.
Sigo enfadado porque nos dijo que esperáramos.”
Eso era un niño procesando dos verdades.
Álvaro respondióió por escrito, con autorización.
No prometió nada.
Le dijo:
“Podías estar enfadado y querer a tu madre al mismo tiempo.”
Lucía encontró la carta una tarde.
—¿Quién es Nicolás?
Álvaro explicó.
Su hija lo escuchó.
—¿Vas a volver a verlo?
—No lo sé.
—¿Quieres?
Álvaro pensó.
—Sí.
—Entonces dilo.
—No funciona así.
—Tú siempre dices que las cosas se consiguen preguntando.
—También digo que algunas personas tienen derecho a decir no.
Lucía puso los ojos en blanco.
—Eso es muy de padre.
Dos meses después, Beatriz preguntó a la trabajadora social si Nicolás podía ver a Álvaro una vez.
El niño seguía hablando de él.
Los profesionales valoraron que podía ser positivo si se hacía de manera sencilla y sin crear expectativas.
Se encontraron en una cafetería.
Beatriz estuvo presente.
Nicolás entró.
Corrió.
Después se detuvo antes de abrazarlo.
Como si dudara.
Álvaro abrió los brazos.
El niño terminó la distancia.
—Tienes otro abrigo.
—El anterior quedó bastante perjudicado.
—Fue por Alma.
—Lo considero una buena causa.
Beatriz sonrió.
Alma estaba en un cochecito.
Más grande.
Sonrosada.
Despierta.
Álvaro la miró.
—Hola.
La bebé respondió con una expresión absolutamente indiferente.
Nicolás dijo:
—No se acuerda de ti.
—Eso es probablemente saludable.
Aquel encuentro duró cuarenta minutos.
No más.
Álvaro volvió a casa extrañamente afectado.
Su hija Lucía estaba allí aquel fin de semana.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Te conozco.
Estás usando cara de consejo de administración.
Álvaro sonrió.
—El niño está bien.
—Entonces ¿por qué estás triste?
No sabía.
Quizá porque había empezado a comprender que durante años había reducido la paternidad a un calendario después del divorcio.
No porque no quisiera a Lucía.
La quería con una intensidad que a veces le daba miedo.
Pero había dejado que la organización sustituyera a la presencia.
Su hija estaba allí.
No necesitaba encontrar niños en una parada para convertirse en padre otra vez.
Necesitaba mirar a la que ya tenía delante.
Aquella noche no abrió el portátil.
Lucía casi llamó a una ambulancia.
PARTE 4
Marta recuperó a sus hijos cinco meses después.
No porque alguien decidiera que el episodio de la parada “no importaba.”
Porque durante esos meses ocurrieron cambios.
Beatriz se quedó involucrada.
Marta encontró un empleo con horario más estable en una residencia.
Servicios sociales trabajaron con ella.
Nicolás volvió a una asistencia escolar normal.
Las revisiones de Alma quedaron actualizadas.
Se organizó apoyo familiar.
La vivienda seguía siendo modesta.
No se convirtió en piso nuevo gracias a un empresario.
Álvaro ofreció ayuda económica una vez.
Marta la rechazó.
—No quiero que mis hijos crean que nuestra familia funciona porque usted paga.
Él entendió.
—Entonces no.
—Pero hay algo que sí podría hacer.
—¿Qué?
—Nicolás pregunta por usted.
Álvaro terminó convirtiéndose, con consentimiento de Marta y dentro de límites claros, en una figura adulta cercana.
No tutor.
No padre sustituto.
No salvador.
Una vez al mes:
museo,
parque,
partido de baloncesto,
alguna tarde con Lucía.
Alma crecía.
Nicolás dejó poco a poco de comprobar constantemente dónde estaba su hermana.
Los primeros meses, si alguien salía de una habitación con el bebé, preguntaba:
—¿Adónde vais?
Después dejó de hacerlo.
Marta se dio cuenta antes que nadie.
—Eso es progreso.
Le dijo a Álvaro.
—¿Qué?
—Que ya no cree que perderla de vista significa perderla para siempre.
Nicolás también empezó terapia.
No porque estuviera “roto.”
Porque había pasado horas creyendo que:
su madre había desaparecido,
su hermana podía morir,
y él era el único responsable.
Una psicóloga trabajó especialmente una idea:
Nicolás no era padre de Alma.
Era su hermano.
Podía quererla.
Podía ayudar.
Pero los adultos debían asumir responsabilidad.
Una tarde, cuando Marta pidió que sostuviera a Alma mientras preparaba comida, Nicolás respondió:
—Estoy construyendo un cohete.
Álvaro levantó una ceja.
Meses antes el niño habría abandonado cualquier cosa.
Marta sonrió.
—Perfecto.
Yo la cojo.
El cohete fue terminado.
Aquella escena minúscula emocionó a Álvaro más que el rescate.
Porque significaba que Nicolás estaba volviendo a tener ocho años.
PARTE 5
En 2019 ocurrió algo que Álvaro no esperaba.
Lucía decidió irse a vivir con él durante parte del curso.
No por conflicto grave con su madre.
Su nuevo instituto quedaba más cerca.
Y ella quería intentarlo.
—¿Estás seguro?
preguntó su exmujer.
—Sí.
—Viajas mucho.
Álvaro sabía que dos años antes habría respondido:
“Puedo organizarlo.”
Ahora dijo:
—Voy a viajar menos.
Eso sí era una decisión.
No contrató a alguien para convertirse en padre en su lugar.
Reorganizó.
Delegó.
Descubrió que una empresa podía sobrevivir si su director no asistía físicamente a cada reunión.
Noticia revolucionaria.
Lucía llenó la casa.
Zapatos.
Libros.
Tazas.
Una chaqueta perpetuamente encima de una silla.
Álvaro dejó de corregirla después de una semana.
Nicolás empezó a visitar algunas tardes con Marta.
Lucía lo trataba como hermano pequeño únicamente cuando le convenía.
Cuando la molestaba:
—No eres mi hermano.
Cuando alguien más se metía con él:
—Es prácticamente mi hermano.
Álvaro nunca nombró aquella relación.
No necesitaba.
En diciembre de 2019 regresaron a la parada.
No como ceremonia.
Nicolás había pedido ir.
Tenía once años.
La marquesina era nueva.
—Era aquí.
Dijo.
—Sí.
—Yo creía que mamá había muerto.
Álvaro no respondió.
—Después pensé que nos había dejado.
—Lo sé.
—¿Tú qué pensaste?
Álvaro fue cuidadoso.
—Al principio pensé que algo grave había pasado.
—¿Pensaste que era una mala madre?
Álvaro recordó.
Sí.
Durante unos segundos.
Lo había pensado.
—Pensé algo injusto antes de saber toda la historia.
Nicolás lo miró.
—¿Qué?
—Que quizá os había abandonado voluntariamente.
—¿Y después?
—Aprendí más.
Nicolás pateó nieve vieja.
—Mamá todavía hizo mal en dejarnos.
—Sí.
—Ella también lo dice.
—Entonces podéis hablar de ello.
—Antes me enfadaba cuando alguien decía que fue un accidente.
Porque no todo fue accidente.
Álvaro asintió.
Exactamente.
La emergencia médica fue accidente.
Dejar a los niños solos:
decisión.
Una familia podía recuperarse sin reescribir lo ocurrido.
PARTE 6
Marta tuvo una recaída.
No de drogas.
No existía adicción en esta historia.
De precariedad.
En 2020 perdió su trabajo durante una reestructuración.
Dos meses sin ingresos estables.
Alquiler.
Comida.
Dos hijos.
Viejo miedo.
Esta vez hizo algo distinto.
Llamó a Beatriz antes de que la situación explotara.
Después a servicios sociales.
Después a Álvaro.
—Necesito ayuda.
Dijo.
Aquellas tres palabras eran probablemente el mayor cambio de todos.
No necesitaba nueve mil euros.
Necesitaba:
cuidar a Alma durante entrevistas,
alguien que recogiera a Nicolás dos tardes,
orientación para encontrar empleo,
y evitar atrasarse demasiado.
Álvaro pudo ayudar con algunas cosas.
Beatriz con otras.
Recursos públicos con otras.
Marta consiguió trabajo cuatro meses después.
Una tarde le dijo:
—La primera vez intenté aguantar hasta que no había nada debajo.
Ahora pedí ayuda antes.
—Eso también es cuidar.
Respondió Álvaro.
Ella sonrió.
—Me ha costado treinta y cinco años aprenderlo.
Nicolás tenía doce.
Escuchó.
—Yo lo aprendí a los ocho.
Los tres se quedaron callados.
Después Marta respondió:
—Sí.
Y ojalá no hubiera tenido que aprenderlo así.
PARTE 7
En 2023 Alma tenía seis años.
No recordaba la parada.
La historia le había llegado en versiones pequeñas.
Sabía:
que una vez hizo mucho frío,
que Nicolás la cuidó,
que Álvaro llamó a una ambulancia,
que mamá enfermó.
Nada más.
Los adultos habían decidido contar según edad.
No convertir su infancia en deuda emocional.
Una tarde preguntó:
—¿Álvaro es de nuestra familia?
Marta respondió:
—Sí.
—Pero no es tío.
—No.
—Ni primo.
—No.
—Entonces ¿qué es?
Marta pensó.
—Álvaro.
La niña quedó satisfecha.
Los adultos necesitan categorías más que los niños.
Álvaro tampoco adoptó a nadie.
No hacía falta para que su vida cambiara.
Nicolás tenía catorce.
Lucía:
diecinueve.
Estudiaba Arquitectura en Madrid.
Seguían escribiéndose.
Una Navidad, los cinco cenaron juntos.
Marta.
Nicolás.
Alma.
Álvaro.
Lucía.
También Beatriz y su marido.
Nada tradicional.
Nada fácil de explicar a alguien que preguntara:
“¿Qué parentesco tienen?”
Pero funcionaba.
Después de cenar Nicolás entregó algo a Álvaro.
Una caja.
Dentro:
el viejo abrigo negro.
Álvaro lo había guardado después de limpiarlo, aunque estaba dañado.
—¿De dónde lo has sacado?
—Del armario.
Lucía me ayudó.
—Traidora.
Lucía levantó la copa.
—Siempre.
Nicolás había cosido en el forro interior una pequeña etiqueta.
No una frase heroica.
Solo una fecha.
“07-01-2017.”
Álvaro tocó.
—¿Por qué?
—Porque ese día hice algo bien.
Álvaro lo miró.
—Hiciste muchas cosas bien.
—También me quedé demasiado tiempo porque mamá había dicho que esperara.
—Tenías ocho años.
—Lo sé.
Ahora sé otra cosa.
—¿Qué?
Nicolás respondió:
—Si una instrucción de un adulto deja de ser segura, puedes buscar ayuda.
Álvaro sonrió.
Eso sí merecía ser recordado.
No:
“confía en desconocidos.”
No.
La lección era más precisa.
En una emergencia:
acercarse a lugares con personas,
comercios,
policía,
personal sanitario,
familias,
llamar al 112,
pedir ayuda claramente.
Seguridad, no obediencia ciega.
Alma preguntó:
—¿Y yo qué hice?
Nicolás respondió:
—Lloraste muchísimo.
—¿Bien?
—Perfecto.
Toda la mesa rio.
PARTE 8
En enero de 2026 Álvaro cumplió cincuenta y dos.
Ya no dirigía la empresa como antes.
Seguía siendo socio.
Había cedido la dirección ejecutiva diaria.
No porque dos niños hubieran mágicamente curado su soledad.
Porque durante años había descubierto algo más sencillo.
Tenía suficientes cosas que quería hacer fuera de una oficina.
Lucía trabajaba en un estudio mientras terminaba formación.
Nicolás, diecisiete, quería estudiar ingeniería aeroespacial.
Seguía obsesionado con cohetes.
Alma tenía nueve.
Marta coordinaba un equipo de limpieza en una residencia.
Había alquilado un piso mejor.
No gracias a Álvaro.
Por sus propios ingresos.
Beatriz seguía llamándola demasiado.
Eso probablemente no cambiaría nunca.
El aniversario de la parada no se celebraba cada año.
No querían transformar el peor día de Marta en fiesta familiar.
Pero aquel enero Nicolás pidió volver una vez más.
Solo él y Álvaro.
La parada estaba iluminada.
Hacía frío.
Nada parecido a 2017.
Nicolás llevaba un abrigo adecuado.
Álvaro señaló.
—Gran mejora de vestuario.
—He tenido nueve años para prepararme.
Se sentaron.
—Tengo una pregunta.
Dijo Nicolás.
—Adelante.
—¿Por qué te quedaste en el hospital?
Álvaro pensó.
—Quería saber que Alma estaba bien.
—Después podías haber desaparecido.
—Sí.
—¿Por qué no?
Aquella pregunta llevaba años esperando.
Álvaro podía haber dado una respuesta bonita.
“Porque estaba destinado.”
“Porque ya os quería.”
Falso.
Aquella primera noche no conocía a Nicolás.
—Al principio por preocupación.
Después porque tú seguías preguntando si volvería.
—¿Y eso bastó?
—Para volver una vez, sí.
Después otra cosa bastó para volver otra vez.
Las relaciones a veces se construyen así.
No sabes el final.
Solo sabes cuál es la siguiente cosa decente que puedes hacer.
Nicolás miró la calle.
—Mamá dice que tú nunca intentaste reemplazarla.
—Porque no era mi lugar.
—Podías haberlo hecho.
—Tenías madre.
Una madre que cometió un error grave, tuvo una emergencia médica y después hizo mucho trabajo para reconstruir vuestra vida.
No necesitabas que yo convirtiera vuestra peor noche en una competición por quién te quería más.
Nicolás permaneció callado.
Después:
—Esa es probablemente la cosa más de padre que has dicho sin ser mi padre.
Álvaro rio.
—Acepto el premio.
Antes de marcharse Nicolás tocó el banco.
—Aquí estaba.
—Sí.
—Alma casi no lloraba.
—Lo recuerdo.
—Yo pensé que eso significaba que se estaba muriendo.
Álvaro no corrigió la palabra.
Era lo que aquel niño había sentido.
—Debiste de tener muchísimo miedo.
—Sí.
—Y aun así hablaste conmigo.
—Porque llevabas traje.
Álvaro giró.
—¿Perdón?
Nicolás empezó a reír.
—Pensé que un hombre malo no llevaría corbata.
—Ese criterio es pésimo.
—Ahora lo sé.
—Importantísimo que lo sepas antes de entrar en el mundo empresarial.
Nicolás rio más fuerte.
Después se puso serio.
—En realidad fue porque estabas mirando alrededor buscando a mi madre antes de acercarte.
—No recuerdo eso.
—Yo sí.
No viniste directamente hacia nosotros.
Miraste si había alguien.
Después preguntaste mi nombre.
Después llamaste al 112.
No intentaste llevarnos a ningún sitio.
Álvaro recordó el texto de la historia que otros habrían contado sobre aquella noche.
El rico empresario recoge a dos niños congelados y se los lleva a su casa.
Eso habría sonado emocionante.
También habría sido una pésima actuación.
Lo correcto había sido mucho menos cinematográfico.
Llamar a emergencias.
Seguir instrucciones.
Esperar.
Dejar que sanitarios evaluaran.
Dar información a la policía.
Permitir que protección de menores hiciera su trabajo.
No convertirse en héroe.
Convertirse en testigo útil.
Y después, mucho después, si todas las personas implicadas estaban de acuerdo:
seguir presente.
Caminaron hacia el coche.
Nicolás preguntó:
—¿Sabes qué recuerda Alma de ti?
—Nada de aquella noche.
Supongo.
—No.
Dice que eres el hombre que hace las peores tortitas del mundo.
Álvaro abrió la puerta.
—Eso sí es difamación.
—Son horribles.
—Tú te comiste cuatro.
—Tenía hambre.
Subieron.
Antes de arrancar Álvaro miró la parada una última vez.
Durante años había pensado que aquel día había encontrado a dos niños.
Con el tiempo comprendió que esa descripción era demasiado sencilla.
Había encontrado:
a un niño capaz de pedir ayuda aunque estuviera aterrorizado,
a una bebé que necesitaba atención médica,
a una madre que había tomado una mala decisión antes de sufrir una emergencia que nadie podía prever,
a una hermana adulta que necesitaba reconstruir una relación,
a servicios públicos imperfectos pero imprescindibles,
y a una versión de sí mismo que todavía podía aparecer cuando alguien necesitaba que se quedara unos minutos más.
No se convirtió en padre de Nicolás y Alma.
No necesitó hacerlo.
Tampoco los “salvó” él solo.
Una cadena de personas hizo su parte.
El camarero abrió la cafetería.
La operadora del 112 orientó.
La ambulancia llegó.
Los sanitarios atendieron.
La policía localizó a Marta.
Los cirujanos la trataron.
Protección de menores encontró una solución temporal.
Beatriz apareció.
Marta reconstruyó.
Y Álvaro simplemente no desapareció después.
A veces una familia nace por sangre.
A veces por convivencia.
A veces por una resolución judicial.
Y algunas relaciones importantes no necesitan ninguna de esas tres cosas.
Solo necesitan que, cuando llegue el momento de preguntar:
—¿Sigues ahí?
Alguien pueda responder:
—Sí.
Todavía.
FIN
