GISELA DE HABSBURGO, LA HIJA OLVIDADA DE SISI

PARTE 2
Hungría recibió a la familia imperial con celebraciones, arcos de flores y multitudes que se agolpaban en las calles. Sisi se sentía más libre allí que en Viena. Admiraba el carácter orgulloso de los húngaros, escuchaba su lengua con curiosidad y disfrutaba cabalgando por las llanuras lejos del rígido protocolo de la corte.
Durante los primeros días, las niñas parecieron soportar bien el viaje.
Después llegó la fiebre.
Gisela fue la primera en enfermar. Su pequeño cuerpo ardía y rechazaba la comida. Los médicos hablaron de una infección digestiva provocada por el cambio de agua y alimentos. Poco después, Sofía Federica presentó los mismos síntomas.
Sisi pasó la noche entre las dos camas.
—No permitiré que os ocurra nada —repetía.
Gisela lloraba débilmente. Su hermana, más grave, apenas podía abrir los ojos.
Los médicos entraban y salían con rostros tensos. Francisco José pidió los mejores cuidados disponibles, pero en aquella época incluso los médicos de la familia imperial tenían recursos limitados frente a una enfermedad infantil.
Al cabo de varios días, la fiebre de Gisela comenzó a bajar.
—La pequeña se recuperará —anunció uno de los médicos.
Sisi besó la frente de su hija menor y sintió por primera vez una esperanza real.
Pero Sofía Federica empeoró.
La niña de dos años respiraba con dificultad. En la madrugada del 29 de mayo de 1857, mientras la lluvia golpeaba los cristales, Sisi se sentó junto a ella y le sostuvo la mano.
—Mamá está aquí.
Sofía Federica movió los labios, pero no logró hablar.
Poco después, dejó de respirar.
El silencio de la habitación fue más aterrador que cualquier grito.
Sisi permaneció inmóvil. No soltó la mano de la niña hasta que una dama intentó cubrir el pequeño cuerpo.
—No —dijo la emperatriz—. Todavía está caliente.
Francisco José entró y comprendió lo ocurrido al ver la expresión de su esposa. Se arrodilló junto a la cama, pero Sisi se apartó de él.
—Tu madre tenía razón —murmuró—. No debía traerlas.
—Nadie podía saberlo.
—Yo insistí.
—Isabel…
—La he matado.
Desde su cuna, Gisela comenzó a llorar. Su madre giró la cabeza hacia ella, pero no se acercó.
La niña superviviente se convirtió, sin saberlo, en el recordatorio viviente de la tragedia.
El regreso fue sombrío. El carruaje que había partido con dos hermanas volvió con una sola. La corte recibió el pequeño féretro con un silencio solemne. La archiduquesa Sofía no reprochó nada a su nuera, pero su dolor contenido resultó más insoportable que cualquier acusación.
Sisi abandonó la lucha por criar a Gisela.
La culpa la había convencido de que no merecía ser madre.
Desde entonces, se refugió en viajes, ejercicios agotadores, tratamientos de belleza y largas temporadas lejos de Viena. Cada vez que veía a Gisela, recordaba la cama de Hungría, la fiebre y la mano fría de Sofía Federica.
Gisela quedó definitivamente bajo la tutela de su abuela.
La archiduquesa Sofía trató de llenar el vacío. No era una mujer tierna en el sentido tradicional, pero cumplía sus responsabilidades con disciplina. Se aseguraba de que la niña aprendiera alemán, francés, historia, religión, música y las reglas de comportamiento propias de una archiduquesa.
Gisela creció tranquila, obediente y reservada.
Aprendió pronto a no pedir aquello que no podía tener.
Cuando su madre llegaba al palacio, la niña se preparaba con especial cuidado. Se colocaba el vestido elegido por su institutriz, practicaba una reverencia y esperaba junto a la puerta.
Sisi la abrazaba brevemente.
—Has crecido mucho.
—Sí, mamá.
—¿Eres buena con la abuela?
—Sí, mamá.
Después llegaba un silencio incómodo.
Gisela quería preguntar cuánto tiempo se quedaría, si acudiría a verla al día siguiente o si podían pasear juntas. Nunca lo hacía. Había comprendido que las promesas de su madre eran tan frágiles como el hielo en primavera.
El 21 de agosto de 1858 nació finalmente el heredero esperado.
El niño fue bautizado como Rodolfo.
Viena celebró durante días. Hubo salvas de cañón, misas solemnes, recepciones y banquetes. El imperio tenía un príncipe heredero.
Gisela, de dos años, fue llevada a conocerlo.
Se inclinó sobre la cuna y tocó con cuidado la manta.
—Es tu hermano —le explicó su abuela.
La niña sonrió.
En aquel bebé encontró algo que había perdido con Sofía Federica: una persona a quien amar sin miedo.
Durante los años siguientes, Gisela y Rodolfo se volvieron inseparables. Jugaban en los jardines, compartían lecciones sencillas y se escondían de sus cuidadores bajo mesas cubiertas con pesadas telas.
Rodolfo era sensible, inteligente y curioso. Gisela era paciente y protectora.
Cuando él preguntaba por qué su madre viajaba tanto, ella inventaba respuestas que no le hicieran daño.
—La emperatriz tiene muchas obligaciones.
—Pero papá también, y está aquí.
Gisela no sabía qué contestar.
Se limitaba a tomarle la mano.
Era la hija olvidada, pero ya había comenzado a convertirse en el refugio de los demás.
PARTE 3
En 1864, el mundo de los dos hermanos cambió.
Rodolfo cumplió seis años y la corte decidió que debía iniciar una educación propia de un futuro emperador. Fue separado de Gisela y trasladado a una casa exclusivamente masculina, dirigida por tutores y oficiales.
La despedida tuvo lugar en una mañana gris.
—Solo será en otra parte del palacio —le aseguró Gisela.
—No quiero ir.
—Debes aprender a gobernar.
—Quiero aprender contigo.
El niño se aferró a ella hasta que uno de los ayudantes tuvo que intervenir. Gisela mantuvo la compostura mientras lo alejaban, pero aquella noche lloró en silencio.
Los nuevos instructores de Rodolfo creían que la sensibilidad era una debilidad. Lo sometieron a métodos severos, ejercicios militares y pruebas destinadas a endurecerlo. Gisela no conocía todos los detalles, pero percibía el cambio cada vez que podía verlo.
Su hermano se sobresaltaba con facilidad. Dormía mal. A veces hablaba con una madurez impropia de su edad y otras veces buscaba la compañía de Gisela como el niño asustado que seguía siendo.
Ella lo escuchaba sin juzgarlo.
Sisi continuaba ausente. Viajaba por Madeira, Corfú, Hungría o Baviera en busca de una paz que nunca encontraba. Cuando regresaba, todos debían adaptarse a sus horarios, dietas y estados de ánimo.
La primera comunión de Gisela se celebró con solemnidad. Había flores blancas, velas y una capilla llena de uniformes y vestidos de gala. Francisco José contempló a su hija con orgullo. La archiduquesa Sofía supervisó cada detalle.
Sisi no estuvo presente.
Tampoco asistió a algunas representaciones teatrales, celebraciones familiares y momentos que Gisela guardaría para siempre.
La joven archiduquesa dejó de esperar.
Su padre, en cambio, intentaba compensar aquella ausencia. Francisco José trabajaba desde antes del amanecer, pero encontraba tiempo para desayunar con sus hijos o preguntar por sus estudios. Era un hombre disciplinado y emocionalmente contenido, muy parecido a Gisela.
Entre ambos nació una complicidad silenciosa.
—Tu abuela dice que has progresado mucho con el francés —comentó el emperador durante una cena.
—Ella exige que no cometamos errores.
Francisco José sonrió.
—Esa es una manera amable de describirla.
Gisela ocultó una risa. En aquella familia, incluso el humor debía expresarse con prudencia.
El 22 de abril de 1868 nació María Valeria, la última hija de la pareja imperial. Había transcurrido una década desde el nacimiento de Rodolfo.
Esta vez, Sisi se negó a permitir que nadie le arrebatara a la niña.
La llamó su hija húngara y se entregó a ella con una intensidad que sorprendió a toda la familia. Supervisaba su educación, la llevaba consigo, elegía sus vestidos y se preocupaba por cada pequeño malestar.
Gisela observaba desde la distancia.
Tenía casi doce años y comprendía perfectamente la diferencia.
Su madre, que nunca había asistido a sus momentos importantes, podía pasar horas junto a la cuna de María Valeria. La mujer que había huido de las responsabilidades maternales parecía haberse transformado.
Rodolfo no ocultaba su resentimiento.
—Para ella, nosotros no existimos —dijo una tarde.
—No hables así.
—Es verdad. Valeria tiene todo lo que nosotros pedimos.
—Ella no tiene la culpa.
—Tú siempre la defiendes.
Gisela miró hacia el jardín, donde Sisi paseaba con la recién nacida en brazos.
—Alguien debe hacerlo.
En lugar de rechazar a su hermana pequeña, Gisela se convirtió en una segunda protectora. Cuando María Valeria comenzó a caminar, la acompañaba por los pasillos. Cuando tenía miedo durante las tormentas, Gisela se sentaba junto a su cama.
La niña la adoraba.
—¿Por qué mamá no vive contigo? —preguntó María Valeria cuando tuvo edad suficiente para percibir las diferencias.
—Mamá vive con todos nosotros.
—Pero está siempre conmigo.
Gisela acarició su cabello.
—Eso significa que eres afortunada.
No añadió que algunas formas de amor podían resultar asfixiantes. Sisi vigilaba a María Valeria con una devoción casi obsesiva, como si quisiera compensar en una sola hija todo lo que no había dado a las demás.
Gisela no se permitió sentir celos.
Había aprendido a transformar el dolor en servicio.
A los quince años, ya era una joven de naturaleza tímida, modales impecables y aspecto sencillo comparado con la extraordinaria belleza de su madre. La corte admiraba su bondad, pero rara vez hablaba de ella con entusiasmo.
No era la fascinante Sisi.
No era el heredero Rodolfo.
No era la adorada María Valeria.
Era Gisela, la hija discreta que nunca causaba problemas.
Precisamente por eso, nadie le preguntó qué deseaba para su futuro.
La decisión sobre su matrimonio se tomó lejos de ella.
Y, una vez más, el destino de Gisela sería utilizado para resolver los deseos de otra persona.
PARTE 4
Maximiliano Emanuel, el hermano menor de Sisi, estaba enamorado de la princesa Amalia de Sajonia-Coburgo-Gotha.
El problema era que Amalia llevaba años prometida al príncipe Leopoldo de Baviera.
Sisi, que defendía apasionadamente los matrimonios por amor cuando afectaban a sus propios hermanos, decidió intervenir. Consideraba injusto que Maximiliano renunciara a la mujer que amaba por un compromiso concertado durante la infancia.
La solución que encontró fue sencilla para todos, excepto para Gisela.
Si Leopoldo aceptaba casarse con la hija del emperador de Austria, quedaría libre para romper su compromiso con Amalia. A cambio, se convertiría en miembro cercano de una de las familias más poderosas de Europa.
Gisela tenía quince años.
Leopoldo, veinticinco.
La emperatriz habló primero con Francisco José. El emperador consideró que el príncipe bávaro pertenecía a una casa católica, respetada y políticamente conveniente. No vio motivos para rechazar la propuesta.
Después llamaron a Gisela.
La joven entró en el salón y encontró a sus padres sentados frente a una mesa. Sisi llevaba un vestido oscuro y jugaba distraídamente con un abanico.
—Hemos pensado en tu futuro —comenzó Francisco José.
Gisela sintió que la garganta se le cerraba.
—El príncipe Leopoldo de Baviera ha solicitado tu mano.
No era exactamente cierto. Leopoldo había recibido la propuesta antes de mostrar interés personal por ella, pero Gisela no lo sabía.
—¿Cuándo debo conocerlo?
Sisi levantó la mirada.
—Ya lo conociste durante una recepción en Baviera.
Gisela recordó a un hombre alto, educado y algo serio que apenas había hablado con ella.
—No sabía que…
—Es una excelente unión —intervino su madre—. Vivirás en Múnich, cerca de nuestra familia bávara.
Gisela observó a sus padres.
Ninguno le preguntó si quería casarse.
—¿El príncipe está de acuerdo?
Francisco José dudó apenas un instante.
—Sí.
La obediencia era la virtud más valorada en una archiduquesa. Gisela había sido educada para aceptar que su vida pertenecía a su familia, a la dinastía y a la Iglesia.
—Entonces cumpliré con mi deber.
Sisi pareció aliviada.
Aquel consentimiento permitió que su hermano Maximiliano conservara la esperanza de casarse con Amalia.
Durante el compromiso, Leopoldo trató a Gisela con cortesía. Al principio se sentía culpable. Sabía que la muchacha había sido ofrecida como pieza de intercambio en una complicada negociación familiar. También era consciente de la diferencia de edad.
Sin embargo, descubrió pronto que Gisela poseía una serenidad poco común. No intentaba impresionarlo ni competir con la belleza legendaria de su madre. Escuchaba con atención, hablaba con sinceridad y se interesaba por la vida cotidiana de Baviera.
—Me han dicho que disfruta de la naturaleza —comentó Leopoldo durante uno de sus encuentros.
—Los jardines son los únicos lugares donde las reglas parecen menos importantes.
—En Baviera tenemos montañas, lagos y bosques.
—Entonces quizá no me sienta tan lejos de casa.
Fue la primera vez que él vio esperanza en sus ojos.
La boda se celebró el 20 de abril de 1873 en Viena. Gisela aún no había cumplido diecisiete años.
Las calles se llenaron de espectadores. Hubo uniformes brillantes, carruajes, flores, música y una ceremonia religiosa cargada de solemnidad. Sisi apareció deslumbrante, como siempre, y atrajo tantas miradas como la propia novia.
Gisela avanzó hacia el altar con una calma que ocultaba el miedo.
Leopoldo la esperaba vestido con uniforme bávaro.
Cuando ella llegó a su lado, él inclinó ligeramente la cabeza.
—Haré todo lo posible para que sea feliz.
Gisela lo miró.
—Yo también.
No era una declaración apasionada, pero sí un pacto sincero.
Contra las expectativas de quienes habían organizado aquella unión por conveniencia, el matrimonio funcionó.
Leopoldo se mostró paciente, respetuoso y afectuoso. Gisela descubrió junto a él una vida menos opresiva que la de Viena. En Múnich podían pasear, recibir a familiares y participar en actos públicos sin estar sometidos a la vigilancia constante de la corte austríaca.
Con el tiempo, la cortesía se convirtió en confianza y la confianza, en amor.
Dos años después, Maximiliano Emanuel se casó con Amalia.
Sisi celebró el triunfo del amor de su hermano.
Nunca reconoció públicamente que para conseguirlo había entregado a su hija adolescente a un hombre diez años mayor.
Gisela tampoco se lo reprochó.
Poco después de la boda, la archiduquesa Sofía enfermó gravemente. La mujer que había gobernado la infancia de Gisela con mano firme se debilitó hasta quedar confinada en sus habitaciones.
Gisela viajó para verla.
La anciana le tomó la mano.
—Siempre fuiste una niña buena.
—Usted me enseñó a serlo.
—Quizá demasiado buena.
Gisela contuvo las lágrimas.
La archiduquesa Sofía murió en mayo de 1872, poco antes del matrimonio, dejando un vacío que ni Sisi ni nadie más pudo ocupar.
Para el mundo, había desaparecido una figura política severa.
Para Gisela, había muerto la única mujer que había cumplido realmente el papel de madre.
Al abandonar Viena para instalarse en Múnich, la joven archiduquesa comprendió que no estaba dejando atrás un hogar.
Por primera vez, se dirigía hacia uno.
PARTE 5
La residencia de Gisela y Leopoldo en Múnich se llenó pronto de voces infantiles.
Tuvieron cuatro hijos: Isabel María, Augusta María, Jorge y Conrado. Gisela se ocupó de ellos con una dedicación que sorprendía a quienes conocían la distancia existente entre ella y Sisi.
No permitió que las decisiones cotidianas quedaran completamente en manos de institutrices. Entraba en las habitaciones infantiles sin anunciarse, asistía a las lecciones, preguntaba por sus temores y los acompañaba cuando enfermaban.
Una noche, su primera hija despertó con fiebre.
Los médicos aseguraron que no era grave, pero Gisela permaneció junto a la cama hasta el amanecer. El recuerdo de Hungría nunca la había abandonado.
Leopoldo la encontró dormida en una silla, con la mano de la niña entre las suyas.
—Debes descansar —le dijo.
Gisela abrió los ojos.
—Mi madre también creyó que una enfermedad era pequeña.
No necesitó explicar nada más.
La familia llevaba una vida relativamente estable. Leopoldo tenía obligaciones militares y representativas, pero regresaba siempre que podía. En las cenas familiares se hablaba de asuntos sencillos, algo poco común en la corte vienesa.
Francisco José visitaba Múnich con frecuencia. Con sus nietos mostraba una ternura que rara vez exhibía en público. Los llevaba a pasear, les contaba historias y preguntaba por sus estudios.
María Valeria también acudía cuando sus obligaciones se lo permitían. Entre las dos hermanas existía un cariño sincero. Gisela nunca la culpó por haber recibido el amor materno que a ella le había sido negado.
Sisi viajaba menos a Múnich.
Cuando lo hacía, prefería alojarse en un hotel en lugar de permanecer en casa de su hija. Alegaba que necesitaba silencio, privacidad y espacio para sus rutinas. Gisela organizaba cenas y encuentros, pero su madre solía cancelar algunos de ellos por cansancio o malestar.
En una ocasión, Sisi observó a sus nietos mientras jugaban en el jardín.
—Son niños robustos —comentó.
Gisela sonrió.
—Están sanos. Es lo importante.
La emperatriz añadió una observación poco amable sobre su aspecto. Habló de mejillas demasiado redondas y cuerpos poco elegantes.
Leopoldo escuchó el comentario desde la puerta. Esperó hasta que Sisi se marchó para acercarse a su esposa.
—No deberías permitir que hable así de nuestros hijos.
—No cambiará.
—Eso no significa que no duela.
Gisela miró hacia el carruaje que se alejaba.
—Duele menos cuando uno deja de esperar otra cosa.
Sisi también había escrito en sus diarios comentarios crueles sobre el aspecto de Gisela. Comparaba su falta de belleza con la perfección que exigía de sí misma. Para la emperatriz, obsesionada con conservar su figura, su cabello y su imagen, la apariencia era una medida constante.
Gisela conocía aquellos juicios, aunque nadie se los comunicara de manera directa. Las miradas de la corte eran suficientes.
Sin embargo, en Múnich aprendió que podía ser querida sin parecerse a su madre.
Leopoldo admiraba su carácter, su sentido del deber y su capacidad para tranquilizar a quienes la rodeaban. Sus hijos buscaban sus abrazos, no su belleza. Las personas que trabajaban para ella la respetaban porque recordaba sus nombres y se preocupaba por sus familias.
Mientras Sisi perseguía una juventud imposible, Gisela construía una vida real.
La felicidad no la protegió de nuevas tragedias.
Rodolfo continuaba visitándola y escribiéndole. Con los años, el príncipe heredero se había vuelto más inquieto, melancólico y crítico con la rígida estructura imperial. Su matrimonio con Estefanía de Bélgica se deterioró. Sus desacuerdos con Francisco José aumentaron.
Gisela percibía en sus cartas una oscuridad creciente.
—Deberías venir a Múnich —le escribió—. Aquí puedes descansar. Nadie espera que seas el heredero durante cada minuto del día.
Rodolfo acudió algunas veces. Jugaba con sus sobrinos y conversaba durante horas con Gisela. Frente a ella podía abandonar la máscara del príncipe.
—Todo está decidido antes de que yo hable —confesó una noche—. Mi vida, mi matrimonio, mis deberes. Incluso mis errores pertenecen al imperio.
Gisela comprendía mejor que nadie aquella sensación.
—Todavía puedes elegir cómo tratas a las personas que amas.
Rodolfo sonrió con tristeza.
—Tú siempre encuentras una forma de perdonar.
—No siempre perdono. A veces simplemente continúo.
En enero de 1889 llegó un telegrama desde Viena.
El príncipe heredero Rodolfo había sido encontrado muerto en el pabellón de caza de Mayerling junto a la joven baronesa María Vetsera.
Las primeras versiones fueron confusas. La corte trató de controlar la información. Se habló de accidente, enfermedad y tragedia privada.
Gisela no necesitó conocer todos los detalles para comprender que había perdido al último testigo de su infancia.
Se encerró en su habitación con las cartas de su hermano.
Durante horas, no permitió que nadie entrara.
Cuando Leopoldo finalmente abrió la puerta, la encontró sentada en el suelo, abrazando una fotografía de Rodolfo niño.
—Le prometí que siempre tendría un lugar conmigo —dijo.
—Lo tuvo.
—No fue suficiente.
Gisela había sobrevivido a la muerte de una hermana.
Ahora debía sobrevivir a la de su hermano.
Y esta vez, ya no quedaba nadie que pudiera tomarle la mano y decirle que no estaba sola.
PARTE 6
La muerte de Rodolfo alteró para siempre a la familia imperial.
Francisco José envejeció de manera visible. El emperador, educado para no mostrar debilidad, continuó trabajando con la misma disciplina, pero quienes lo conocían percibían que algo en él se había quebrado.
Sisi se vistió de negro y se hundió aún más en sus viajes. La muerte de su único hijo varón aumentó su culpa, su melancolía y su rechazo hacia la corte.
Gisela atravesó varios períodos de tristeza profunda. Algunas mañanas no quería abandonar sus habitaciones. Conservaba las cartas de Rodolfo en una caja y releía las frases en las que él hablaba de su infancia, de sus temores y de la libertad que nunca había tenido.
Leopoldo no intentó obligarla a olvidar.
—El dolor no desaparece porque otros se cansen de verlo —le dijo.
Aquella paciencia la ayudó a levantarse.
Gisela comenzó a dedicar una parte cada vez mayor de sus recursos a obras sociales. Utilizaba los ingresos que recibía como miembro de la familia imperial para apoyar asociaciones destinadas a personas pobres, enfermas o con discapacidad.
Visitaba escuelas para niños ciegos y sordos. Escuchaba a maestros que necesitaban material, familias incapaces de pagar tratamientos y viudas que pedían ayuda.
No se limitaba a prestar su nombre.
Revisaba cuentas, buscaba benefactores y exigía que el dinero llegara a quienes lo necesitaban.
—Alteza, no es necesario que se ocupe personalmente —le dijo un funcionario.
—Entonces, ¿por qué tantas personas siguen esperando?
El hombre no supo qué responder.
En los barrios humildes de Múnich, la princesa que había nacido entre sedas imperiales se sentaba junto a madres obreras, ancianos y veteranos. No hablaba de caridad como un favor, sino como una obligación.
Había descubierto una forma de convertir sus pérdidas en algo útil.
En septiembre de 1898, Gisela se encontraba en Múnich cuando recibió la noticia de que su madre había sido atacada en Ginebra.
Sisi se dirigía a embarcar en un vapor cuando un anarquista italiano se abalanzó sobre ella y la hirió con un objeto afilado. Al principio, la emperatriz creyó que solo había recibido un golpe. Subió al barco, pero se desplomó poco después.
La herida había alcanzado el corazón.
Murió el 10 de septiembre de 1898.
Gisela leyó el telegrama dos veces.
A pesar de la distancia emocional, seguía siendo su madre.
La mujer cuya aprobación había esperado durante toda la infancia había desaparecido sin que ambas llegaran a hablar con verdadera sinceridad.
Leopoldo entró en la habitación.
—Partiremos hacia Viena de inmediato.
Gisela dobló el telegrama.
—Papá estará solo.
Durante el viaje, contempló el paisaje desde la ventanilla. Pensó en las escasas tardes compartidas con Sisi, en sus ausencias, en sus observaciones hirientes y en los breves momentos en los que la había visto reír.
No podía odiarla.
Tampoco podía fingir que habían tenido una relación afectuosa.
En Viena, encontró a Francisco José destrozado. Había perdido a su hija mayor, a su hermano Maximiliano, a su hijo Rodolfo y ahora a la esposa que había amado durante más de cuatro décadas.
Gisela lo abrazó.
El emperador, siempre rígido, apoyó la cabeza en el hombro de su hija.
—Nada me ha sido evitado —murmuró.
—No está solo, papá.
Durante los días siguientes, Gisela permaneció junto a él. Atendió asuntos familiares, recibió a parientes y lo acompañó en los actos fúnebres.
El testamento de Sisi volvió a evidenciar las diferencias entre sus hijas. María Valeria recibió propiedades especialmente valiosas y cargadas de significado familiar. A Gisela le correspondió una parte menor de la fortuna y una propiedad deteriorada en Corfú que llevaba tiempo abandonada.
Algunos miembros de la familia se indignaron en su nombre.
—Tu madre volvió a favorecer a Valeria —comentó una dama.
Gisela cerró el documento.
—Valeria no redactó el testamento.
—Pero usted merecía más.
—He pasado mi vida aprendiendo que recibir menos no significa valer menos.
No inició disputas ni permitió que la herencia destruyera su relación con su hermana.
María Valeria, avergonzada, intentó hablar con ella.
—No sabía lo que mamá había dispuesto.
—No tienes que disculparte.
—No es justo.
Gisela tomó sus manos.
—La injusticia comenzó mucho antes de este testamento. No la repararemos convirtiéndonos en enemigas.
Las dos hermanas se abrazaron.
Una había crecido olvidada.
La otra había soportado un amor materno tan intenso que a veces se parecía a una prisión.
Ambas eran, de maneras distintas, hijas de la misma mujer herida.
PARTE 7
Después de la muerte de Sisi, Gisela visitó con mayor frecuencia a Francisco José.
El emperador continuaba levantándose antes del amanecer, revisando documentos y recibiendo ministros con una disciplina casi inhumana. Sin embargo, al finalizar las audiencias, buscaba la compañía de su hija.
Con Gisela no necesitaba hablar de política. Podía preguntar por sus nietos, recordar momentos de juventud o permanecer en silencio.
Ella se convirtió en su apoyo más constante.
En junio de 1914, otro telegrama sacudió a la familia.
El archiduque Francisco Fernando, heredero del trono tras la muerte de Rodolfo, había sido asesinado en Sarajevo junto a su esposa, Sofía.
Cuando Gisela llegó a Viena, encontró a su padre frente a un escritorio cubierto de informes.
—Otra vez —dijo él—. La muerte vuelve a esta familia.
Gisela se acercó.
—No tome decisiones desde el dolor.
Pero las fuerzas políticas y militares ya se movían. Ultimátums, alianzas y amenazas arrastraron a Europa hacia una guerra que pocos comprendían por completo.
En el verano de 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial.
Leopoldo, pese a su edad, asumió responsabilidades militares. Sus hijos también quedaron vinculados al esfuerzo bélico. Gisela despidió a su marido intentando ocultar el temor.
—Volveré —prometió él.
—No prometas lo que ninguna persona puede controlar.
Leopoldo tomó su rostro entre las manos.
—Entonces te prometo que pensaré en ti cada día.
Gisela convirtió su residencia en un hospital para soldados heridos. Los salones donde antes se celebraban recepciones fueron llenados de camas. Los muebles delicados se retiraron. En las paredes aparecieron listas médicas, horarios y normas de higiene.
La princesa trabajaba junto a médicos y enfermeras.
No se limitaba a visitar las salas para ser fotografiada. Ayudaba a organizar suministros, escribía cartas a las familias y permanecía durante la noche con quienes llegaban del frente aterrados, mutilados o incapaces de dormir.
Un joven soldado bávaro despertó gritando después de una intervención.
—Mi madre no sabe dónde estoy.
Gisela se sentó a su lado.
—Le escribiremos esta misma noche.
—No quiero que me vea así.
—Ella querrá saber que está vivo.
El muchacho la miró, sorprendido de que una princesa le hablara con tanta sencillez.
—¿Usted tiene hijos en el ejército?
—Sí.
—Entonces sabe lo que siente una madre.
Gisela apretó su mano.
—Lo sé.
Las noches eran largas. A veces caminaba entre las camas escuchando respiraciones agitadas, gemidos y oraciones. Recordaba a Sofía Federica, a Rodolfo y a todos aquellos que habían muerto sin que ella pudiera ayudarlos.
Ahora podía hacer algo.
En Viena, Francisco José se debilitaba. La guerra consumía al imperio que había gobernado durante casi setenta años.
Gisela lo visitó en 1916. El anciano emperador parecía más pequeño dentro del uniforme.
—Todo aquello por lo que trabajé se está derrumbando —confesó.
—El imperio no es solo fronteras, papá. También son las personas.
—Los emperadores no son juzgados por sus intenciones.
—Los hijos tampoco deberían serlo únicamente por sus errores.
Francisco José la miró durante largo rato.
—Fuiste una buena hija, Gisela.
Ella sintió que aquellas palabras llegaban con décadas de retraso, pero no por ello eran menos importantes.
—Y usted fue quien permaneció.
El emperador murió el 21 de noviembre de 1916.
Gisela asistió al funeral con la misma dignidad con la que había enfrentado cada pérdida. Tras el féretro caminaba una familia reducida por la tragedia y un imperio agotado por la guerra.
El nuevo emperador, Carlos, intentó salvar la monarquía, pero en 1918 Austria-Hungría se derrumbó.
Las coronas perdieron su poder. Los territorios se separaron. Los títulos dejaron de garantizar obediencia. Los Habsburgo, que durante siglos habían gobernado gran parte de Europa, quedaron dispersos.
Gisela aceptó la caída con serenidad.
—¿No le duele perder el mundo en el que nació? —le preguntó una antigua dama de la corte.
—Ese mundo desapareció mucho antes de 1918.
Pensaba en las habitaciones donde le habían arrebatado a su madre, en la educación solitaria de Rodolfo y en las decisiones tomadas sin consultar a quienes debían vivir con sus consecuencias.
No idealizaba el pasado.
Durante los años posteriores a la guerra, intensificó su apoyo a veteranos, viudas y familias empobrecidas. Defendió los derechos de los soldados que regresaban sin trabajo, con heridas permanentes o incapaces de adaptarse a la vida civil.
Algunos hospitales y centros educativos recibieron su nombre.
La llamaban el ángel protector por su presencia constante entre los necesitados.
Gisela nunca buscó aquel reconocimiento.
Había pasado demasiado tiempo siendo invisible para necesitar ahora la aprobación pública.
Su mayor recompensa era regresar a casa y encontrar a Leopoldo esperándola.
El matrimonio arreglado para beneficiar a otras personas había sobrevivido a guerras, muertes, revoluciones y la caída de dos monarquías.
En 1923 celebraron cincuenta años de casados.
Durante la ceremonia familiar, Leopoldo levantó su copa.
—Hace medio siglo prometí intentar hacerte feliz.
Gisela sonrió.
—Lo conseguiste.
—Tú convertiste mi vida en un hogar.
Por primera vez, la hija utilizada como pieza dinástica comprendió que el destino también podía equivocarse a favor de alguien.
PARTE 8
Los últimos años de Gisela y Leopoldo transcurrieron con una calma ganada después de décadas de tormentas.
Sus hijos habían crecido. Los nietos llenaban la residencia de conversaciones y pasos apresurados. Gisela, que en su infancia había aprendido a caminar en silencio por los corredores imperiales, permitía ahora que los niños corrieran, rieran y entraran en sus habitaciones sin anunciarse.
No quería que ninguno confundiera el respeto con el miedo.
Seguía dedicando tiempo a hospitales, asociaciones de veteranos y centros educativos. Incluso cuando su salud comenzó a debilitarse, recibía informes y firmaba cartas para solicitar ayuda.
—Ya has hecho suficiente —le decía Leopoldo.
—Nunca es suficiente para quien todavía espera.
Él fingía resignación, aunque en realidad admiraba aquella obstinación.
Con los años, hablaron más abiertamente de su juventud.
Una tarde, sentados junto a una ventana, Leopoldo confesó lo que había sentido al conocer la propuesta matrimonial.
—Al principio creí que tu familia me estaba comprando.
Gisela levantó una ceja.
—En cierto modo, lo hacía.
—Me sentí culpable. Tú eras muy joven.
—Lo era.
—Nunca me preguntaste por qué acepté.
—Conocía la respuesta. Nadie rechazaba fácilmente una unión con la familia imperial.
Leopoldo bajó la mirada.
—Después te conocí de verdad. Y comprendí que el título era lo menos valioso que recibía.
Gisela apoyó la mano sobre la suya.
—También yo tuve suerte. Podrías haber sido un hombre cruel.
—Y tú podrías haber pasado cincuenta años recordándome que no me elegiste.
—No te elegí al principio. Te elegí después, cada día.
Aquella frase resumía su matrimonio.
No había comenzado con una historia de amor, pero se había convertido en una.
En septiembre de 1930, Leopoldo enfermó gravemente. Los médicos advirtieron a Gisela que debía prepararse.
Ella volvió a ocupar el lugar que había ocupado tantas veces: junto a una cama, sosteniendo la mano de alguien amado.
—No tengas miedo —le dijo.
—No tengo miedo.
—Yo sí.
Leopoldo abrió los ojos.
—Has sobrevivido a todo.
—No quería tener que sobrevivirte a ti.
Él sonrió débilmente.
—No estarás sola. Me encontrarás en nuestros hijos, en esta casa y en cada recuerdo que construimos.
Murió el 28 de septiembre de 1930, después de cincuenta y siete años de matrimonio.
Gisela asistió al funeral vestida de negro, apoyándose en un bastón. Su rostro, marcado por la edad y el dolor, mantenía la dignidad de la niña que había aprendido a no llorar delante de la corte.
Pero cuando el féretro descendió a la cripta de la iglesia de San Miguel, en Múnich, no intentó contener las lágrimas.
Había perdido al único hombre que la había elegido por quien era y no por lo que representaba.
Tras la ceremonia, regresó a una residencia que parecía demasiado grande. Durante semanas, pidió que nadie moviera los objetos personales de Leopoldo. Su silla permaneció junto a la ventana. Sus libros siguieron abiertos. Su abrigo continuó colgado en el lugar habitual.
Gisela redujo sus apariciones públicas, aunque no abandonó completamente sus obras benéficas.
Recibía a antiguos soldados que acudían a agradecerle su ayuda. Muchos ya eran hombres mayores. Algunos caminaban con dificultad. Otros llevaban fotografías de compañeros que no habían regresado.
—Usted nos trató como personas cuando todos nos veían como una carga —le dijo un veterano.
Gisela negó con la cabeza.
—No hice nada extraordinario.
—Eso es lo que dicen siempre quienes hacen cosas extraordinarias.
En sus últimos meses, pasaba largas horas recordando.
Veía a Sofía Federica inclinándose sobre su cuna.
Escuchaba la risa de Rodolfo en los jardines.
Recordaba a su abuela corrigiendo su postura, a Francisco José desayunando entre montañas de documentos y a María Valeria buscando refugio en su habitación.
También pensaba en Sisi.
Durante muchos años, había intentado comprender por qué su madre no había podido amarla como amó a su hija menor. Al final aceptó que algunas preguntas no tenían una respuesta satisfactoria.
Sisi había sido una mujer atrapada por la corte, herida por la pérdida y perseguida por sus propios temores. Aquello explicaba parte de su comportamiento, pero no borraba el dolor causado.
Gisela no necesitaba justificarla para perdonarla.
En julio de 1932, su salud empeoró rápidamente. Sus hijos se reunieron junto a ella.
—No quiero ceremonias exageradas —dijo—. He visto demasiadas.
—Descansa, mamá —pidió Augusta.
Gisela miró los rostros de sus hijos.
Ninguno parecía temerla.
Ninguno dudaba de que había sido amado.
Esa era su verdadera victoria.
—Cuidaos unos a otros —susurró—. Las familias no se mantienen unidas por los títulos, sino por la forma en que permanecen cuando todo lo demás desaparece.
Murió el 27 de julio de 1932, a los setenta y seis años.
Fue enterrada junto a Leopoldo en la cripta de la iglesia de San Miguel de Múnich.
La historia recordó a Sisi por su belleza, su rebeldía, sus viajes y su trágico final. Recordó a Rodolfo por Mayerling y a Francisco José por el largo reinado que terminó entre guerras.
Durante mucho tiempo, Gisela quedó en los márgenes.
Era la hija que no había sido el heredero esperado.
La niña apartada de los brazos de su madre.
La hermana que sobrevivió a Sofía Federica y a Rodolfo.
La joven entregada en matrimonio para facilitar el romance de un tío.
La hija que recibió menos afecto, menos atención y una herencia menos valiosa.
Pero también fue la mujer que se negó a transmitir el abandono que había sufrido.
Convirtió un matrimonio concertado en una unión de respeto y amor.
Crió a sus hijos con la cercanía que ella nunca conoció.
Protegió a su hermana menor en lugar de envidiarla.
Acompañó a su padre cuando la tragedia le arrebató casi todo.
Abrió escuelas, sostuvo asociaciones, ayudó a personas pobres y transformó su residencia en un hospital cuando Europa se desangraba.
Mientras los imperios caían, Gisela permaneció junto a quienes necesitaban una mano.
No heredó la belleza legendaria de Sisi ni ocupó el centro de los retratos imperiales.
Heredó algo más difícil de conservar: la capacidad de amar sin haber sido amada de la misma manera.
La hija olvidada terminó siendo la memoria más compasiva de su familia.
Y aunque su nombre quedó durante años bajo la sombra de su madre, cada escuela, cada hospital y cada familia que recibió su ayuda demostró que una vida no necesita una corona para dejar una huella.
Gisela de Habsburgo no fue la hija favorita.
Fue la hija que permaneció.
FIN