Barbara Hutton heredó una de las mayores fortunas de América, se casó siete veces y murió casi sola con apenas unos miles de dólares

PARTE 2
Barbara Woolworth Hutton nació en Nueva York el 14 de noviembre de 1912.
Su madre, Edna Woolworth Hutton, era la hija mediana de Frank Woolworth.
Su padre, Franklin Laws Hutton, pertenecía a una familia vinculada a la firma financiera E. F. Hutton.
Era atractivo, estaba bien relacionado y, según quienes lo conocieron, se preocupaba mucho más por sus placeres que por su esposa o su hija.
El matrimonio estaba lleno de silencios y traiciones.
Franklin bebía y mantenía relaciones con otras mujeres.
Edna, sola y humillada, habría buscado consuelo en otro hombre.
Barbara creció entre niñeras e institutrices.
Sus padres apenas permanecían juntos en la misma habitación.
Cuando lo hacían, la tensión se extendía por toda la casa.
El 2 de mayo de 1917, cuando Barbara tenía cuatro años, su madre murió.
La versión oficial afirmó que Edna había fallecido por complicaciones relacionadas con una infección.
Sin embargo, durante décadas circularon rumores de que se había quitado la vida después de descubrir otra infidelidad de su marido.
La prensa dijo que una criada encontró el cuerpo.
Un biógrafo sostuvo que fue Barbara.
Nunca pudo aclararse qué comprendió aquella niña sobre lo que vio.
Lo que sí estaba claro era que su vida quedó dividida para siempre.
Su padre no ocupó el lugar vacío.
Continuó bebiendo.
Continuó con sus relaciones.
Mostró poco interés en criarla.
Barbara pasó temporadas con familiares.
Durante un tiempo vivió en casa de Marjorie Merriweather Post, otra gran heredera estadounidense casada con un miembro de la familia Hutton.
Después fue enviada a Winfield Hall, la gigantesca residencia de sus abuelos en Long Island.
Era un palacio de mármol de más de dos mil setecientos metros cuadrados.
Había sido construido para demostrar el poder del fundador de Woolworth.
Para Barbara era un lugar enorme donde jugar sola.
Cenaba en habitaciones diseñadas para banquetes, rodeada de adultos emocionalmente ausentes.
Su abuela Jenny sufría un deterioro mental severo y pasaba los días sentada bajo la vigilancia de personal médico.
Su abuelo Frank también se encontraba cada vez más deprimido y desconfiado.
Aun así, fue uno de los pocos adultos que trató a Barbara con cariño constante.
La llamaba princesa.
La rodeaba de comodidades.
Ella lo recordaría después como un hombre excéntrico, pero dulce con ella.
Cuando Frank murió en 1919, Barbara perdió al único adulto que parecía disfrutar realmente de su presencia.
Tenía seis años.
A partir de entonces fue enviada de una casa a otra.
Estudió en centros exclusivos de Manhattan y Connecticut.
Era tímida.
Solitaria.
Tenía poca relación con otros niños.
Su compañero más cercano fue su primo Jimmy Donahue, tres años menor.
Los dos compartían una experiencia extraña.
Eran inmensamente ricos y se sentían abandonados.
Jimmy crecería para convertirse en un hombre extravagante, alcohólico y autodestructivo.
Moriría a los cincuenta y un años.
Antes de cumplir diez, Barbara ya conocía el patrón que dominaría su vida.
Lujo por fuera.
Vacío por dentro.
En 1924 murió su abuela Jenny.
Barbara heredó aproximadamente veintiséis millones de dólares mediante un fondo.
Recibió además acciones y bienes procedentes de su madre.
Su padre administró el patrimonio.
Aunque había fracasado como figura paterna, demostró habilidad financiera.
Vendió inversiones arriesgadas antes de la crisis bursátil de 1929.
Mientras otras ramas de la familia perdían millones, la fortuna de Barbara creció.
Cuando cumplió veintiún años, en 1933, controlaba alrededor de cuarenta y dos millones de dólares, además de otros bienes procedentes de la herencia materna.
Era una de las mujeres más ricas del planeta.
Sin embargo, su primera gran aparición pública ya la había convertido en objeto de odio.
El 18 de noviembre de 1930, cuando cumplió dieciocho años, la familia organizó una fiesta de presentación en el Ritz-Carlton de Nueva York.
Costó unos sesenta mil dólares en plena Gran Depresión.
Millones de estadounidenses hacían cola para recibir comida.
Dentro del hotel, cuatro orquestas tocaban durante toda la noche.
Doscientos camareros servían cenas de siete platos y desayunos a mil invitados.
Se abrieron miles de botellas de champán.
Cada invitado recibió un pequeño estuche con piedras preciosas.
Fuera había pobreza.
Dentro, diamantes.
La reacción fue brutal.
Los periódicos publicaron el precio de la fiesta junto a fotografías de comedores benéficos.
Atacaron a Barbara como si ella hubiera diseñado el espectáculo.
Tenía dieciocho años.
Había pasado gran parte de su vida en internados.
No había organizado nada.
Pero el público no quiso distinguir entre la joven y la maquinaria de riqueza que la rodeaba.
Fue entonces cuando el apodo quedó unido a ella.
“La pobre niña rica.”
Barbara huyó a Europa.
La distancia de Estados Unidos se convirtió en una costumbre.
También escribía poesía.
Publicó pequeñas colecciones privadas bajo otro nombre y las entregó solo a personas cercanas.
Era una parte de sí misma que no podía comprarse, heredarse ni convertirse fácilmente en titular.
Sin embargo, el mundo apenas se interesó por lo que ella creaba.
Prefería observar con quién se casaría.
PARTE 3
Barbara tenía veinte años cuando conoció a Alexis Mdivani.
La familia Mdivani había huido de Georgia después de la revolución rusa.
En su país habían pertenecido a una forma menor de nobleza.
Al llegar a Europa y Estados Unidos comenzaron a presentarse como príncipes y princesas.
Nadie se esforzó demasiado en comprobarlo.
Los hermanos eran atractivos, ambiciosos y extraordinariamente hábiles para relacionarse con personas ricas.
La prensa los bautizó como “los Mdivani casaderos”.
Alexis ya estaba casado con Louise Astor Van Alen, amiga de Barbara y descendiente de una de las familias más prestigiosas de Nueva York.
Según el relato recogido por los biógrafos, una hermana de Alexis preparó una situación comprometida.
Durante un viaje a San Sebastián, Barbara y Alexis fueron descubiertos juntos en una casa de invitados.
La escena había sido organizada para provocar escándalo.
Barbara, aterrorizada ante la posibilidad de volver a ser destruida por la prensa, huyó a París.
Allí le hicieron comprender que la única manera de evitar la humillación pública era casarse con Alexis.
La boda se celebró en junio de 1933 en una iglesia ortodoxa rusa de París.
El padre de Barbara entregó una dote de un millón de dólares.
La prensa estadounidense reaccionó con desprecio.
La fortuna obtenida con monedas de trabajadores parecía terminar en manos de un supuesto príncipe extranjero.
La crueldad comenzó la misma noche de bodas.
Alexis miró a su esposa y le dijo que estaba demasiado gorda.
Barbara medía poco más de un metro sesenta y pesaba unos sesenta y siete kilos.
A la mañana siguiente dejó de comer.
Durante semanas sobrevivió casi exclusivamente con café negro.
Perdió más de dieciocho kilos en pocos meses.
Aquella dieta extrema fue el inicio de un trastorno que la acompañaría durante el resto de su vida.
La humillación de Alexis cambió su relación con el cuerpo.
Barbara empezó a considerar el hambre como una forma de control y castigo.
El matrimonio fue una transacción.
Alexis gastó dinero en casas, ropa, caballos de polo y joyas para él mismo.
Trataba el patrimonio de su esposa como una cuenta personal.
Barbara no sabía cómo negarse.
Nadie le había enseñado a decir que no.
Y casi todas las personas que la rodeaban dependían de que continuara siendo incapaz de hacerlo.
Se divorciaron en marzo de 1935.
El matrimonio había durado menos de dos años.
Entre la dote, los regalos y los gastos, Alexis costó más de dos millones de dólares.
Cinco meses después murió en Cataluña.
Conducía un Rolls-Royce a gran velocidad cuando perdió el control en una carretera cercana a Albons.
El vehículo chocó contra un árbol y volcó.
Alexis murió en el acto.
Tenía veintisiete años.
Barbara ya estaba comprometida con otro hombre.
El conde danés Curt Haugwitz-Reventlow.
Se casó con él casi inmediatamente después del divorcio.
Tenía veintidós años y ya estaba en su segundo matrimonio.
Antes de la ceremonia le entregó aproximadamente un millón y medio de dólares.
Reventlow era alto, dominante y violento.
Alexis había sido un aprovechado.
El conde era peligroso.
Controlaba a Barbara mediante amenazas, insultos y agresiones.
En una ocasión la violencia fue tan grave que ella terminó hospitalizada.
La policía británica llegó a detenerlo después de amenazarla.
En febrero de 1936 nació su hijo, Lance.
La prensa lo llamó “el bebé más rico del mundo”.
Barbara casi murió durante el parto.
Lance se convertiría en la persona más importante de su vida.
También se convertiría en otra víctima de una infancia controlada por adultos, abogados y dinero.
En diciembre de 1937, presionada por Reventlow, Barbara renunció a la ciudadanía estadounidense.
La explicación pública fue fiscal.
Como ciudadana danesa, su fortuna podía pasar a su marido y a su hijo con menos impuestos si ella moría.
La reacción en Estados Unidos fue devastadora.
Columnistas la llamaron desagradecida y traidora.
Los empleados de Woolworth protestaban por salarios insuficientes mientras la heredera del imperio abandonaba la ciudadanía del país que había producido su riqueza.
Barbara contrató asesores de imagen.
No consiguió reparar el daño.
El público no conocía el alcance del control ejercido por su marido.
Solo veía a una multimillonaria que había dado la espalda a Estados Unidos.
Para entonces comía muy poco y dependía cada vez más de medicamentos para dormir, calmarse o mantenerse en movimiento.
Su cuerpo se debilitaba.
Su capacidad para decidir también.
Barbara y Reventlow se separaron en 1938.
Él exigió millones y la custodia de Lance.
La batalla legal duró años y atravesó varios países.
Barbara recuperó finalmente a su hijo en 1945.
Pero para entonces, Lance ya había pasado gran parte de su infancia siendo trasladado entre hogares por orden judicial.
La fortuna que debía protegerlos había convertido su familia en un expediente.
PARTE 4
Durante el matrimonio con Reventlow, Barbara construyó una de las casas más importantes de Londres.
El terreno estaba dentro de Regent’s Park y ocupaba unas cinco hectáreas.
En aquel lugar había existido una gran villa del siglo XIX que posteriormente funcionó como hospital para soldados ciegos de la Primera Guerra Mundial.
Un incendio destruyó buena parte del edificio en 1936.
Barbara compró el terreno con su marido y encargó una nueva residencia.
La casa fue diseñada en estilo neogeorgiano.
Ladrillo rojo.
Detalles de piedra clara.
Techo de pizarra.
Amplios salones destinados a recepciones diplomáticas.
Barbara la llamó Winfield House, en honor a su abuelo.
La construcción terminó en 1938.
Los jardines eran extraordinarios.
Solo el Palacio de Buckingham tenía una extensión privada mayor en el centro de Londres.
Barbara apenas pudo disfrutarla.
El matrimonio se desmoronó.
Después llegó la guerra.
La Real Fuerza Aérea ocupó la casa y la utilizó como base y club para oficiales.
Cuando Barbara regresó al terminar el conflicto, encontró suelos deformados, ventanas rotas y cables colgando.
La vivienda parecía abandonada.
Entonces tomó una decisión inesperada.
Ofreció la propiedad al Gobierno de Estados Unidos por un dólar.
El presidente Harry Truman aceptó el regalo.
Después de una gran restauración, Winfield House se convirtió en la residencia oficial del embajador estadounidense en Londres.
Presidentes, primeros ministros y jefes de Estado han pasado por aquellas habitaciones.
La casa sobrevivió a los matrimonios, las pérdidas y el derrumbe de la fortuna de Barbara.
Mientras Winfield House comenzaba una nueva vida, Barbara conoció al único marido que no quiso su dinero.
Cary Grant había nacido como Archibald Leach en un barrio obrero de Bristol.
Su padre trabajaba en una fábrica.
Cuando tenía nueve años, su madre desapareció.
El niño creyó que lo había abandonado.
En realidad, su padre la había internado en una institución psiquiátrica.
Archie creció pensando que la mujer más importante de su vida se había marchado voluntariamente.
A los catorce años se unió a un grupo de acróbatas.
Viajó a Estados Unidos.
Se quedó en Nueva York.
Trabajó en espectáculos de variedades y terminó en Hollywood.
Cambió su nombre.
En pocos años se convirtió en una estrella.
Pero nunca perdió la prudencia económica de quien había crecido sin seguridad.
Negociaba sus contratos.
Revisaba sus cuentas.
No necesitaba la fortuna de Barbara.
Se conocieron en una cena en Los Ángeles en 1941.
Ella acababa de escapar del matrimonio con Reventlow.
Estaba extremadamente delgada, agotada y desconfiaba de cualquier hombre que se acercara.
Grant ganaba su propio dinero.
Tenía fama propia.
No se impresionó ante la herencia Woolworth.
Aquella indiferencia resultó nueva para Barbara.
Se casaron en julio de 1942 cerca de Lake Arrowhead, California.
Los periodistas crearon un apodo cruel combinando la riqueza de ella y el apellido artístico de él.
“Cash and Cary.”
Dinero y Cary.
Por una vez, el chiste estaba equivocado.
Grant fue cariñoso con Lance.
Probablemente fue el único marido de Barbara que trató al niño con verdadera calidez.
Durante un tiempo vivieron de manera sencilla.
Cenaban en casa.
Veían películas.
Grant intentaba ofrecer orden.
Pero las diferencias terminaron separándolos.
Él se levantaba temprano, comía con disciplina y llevaba una vida organizada.
Barbara dormía hasta mediodía.
Casi no comía.
Regalaba dinero y objetos sin considerar su valor.
Podía entregar un abrigo de piel a una empleada del hotel o una joya a una conocida por un pequeño favor.
Grant no interpretaba aquello como generosidad.
Veía una forma de autodestrucción.
La guerra aumentó la distancia.
Grant participó en campañas de bonos y actos benéficos.
Barbara, que había renunciado a su ciudadanía, no podía adoptar un papel público sin recordar a todos la decisión que la había convertido en símbolo de ingratitud.
Se separaron en 1944.
El divorcio finalizó en agosto de 1945.
Barbara le ofreció dinero.
Cary Grant lo rechazó.
Devolvió regalos y joyas.
Nunca habló mal de ella.
Barbara tampoco lo atacó públicamente.
De los siete maridos, fue el único que abandonó la relación sin enriquecerse.
Tal vez también fue el único que la amó sin necesitar que pagara por ello.
Y aun así, el matrimonio no sobrevivió.
Barbara podía comprar seguridad material.
Pero no sabía cómo vivir dentro de una relación que no funcionara mediante rescates, regalos o dependencia.
PARTE 5
Después de Cary Grant llegaron cuatro matrimonios más.
Cada uno duró menos que el anterior.
En 1947 Barbara se casó con el príncipe Igor Troubetzkoy, un pintor nacido en Europa y aficionado posteriormente al automovilismo.
Al principio fue atento.
Aceptaba la vida social de Barbara y trabajaba en sus cuadros.
Después se volvió inquieto.
Empezó a competir en carreras.
La pareja se separó en 1951.
Igor recibió un acuerdo económico y continuó con su vida.
El siguiente marido fue Porfirio Rubirosa.
Dominicano.
Diplomático.
Jugador de polo.
Conocido por seducir a mujeres ricas.
Había estado casado con la hija del dictador dominicano Rafael Trujillo, con la actriz Danielle Darrieux y con Doris Duke, heredera de una fortuna tabacalera.
Barbara conocía su reputación.
Aun así, se casó con él en diciembre de 1953.
Vestía de negro.
Pesaba menos de cuarenta y cinco kilos.
Antes o durante la relación le entregó una plantación de café, caballos de polo, un avión y regalos valorados en varios millones.
El matrimonio duró pocas semanas.
No alcanzó la primavera.
Algunos conocidos dijeron después que Barbara no creía realmente que Rubirosa la amara.
Se había cansado de fingir que el siguiente hombre sería diferente.
En 1955 contrajo matrimonio con el barón Gottfried von Cramm, antiguo campeón de tenis.
Había llegado dos veces a la final de Wimbledon y había sufrido prisión en Alemania bajo leyes que castigaban las relaciones homosexuales.
Von Cramm era educado y amable.
La relación fue cordial.
Pero él no podía ofrecer a Barbara el tipo de amor que ella esperaba.
Se separaron en 1959.
Conservaron una amistad.
El séptimo y último esposo fue un príncipe y artista de origen asiático llamado Pierre Raymond Doan Vinh.
Se casaron en 1964.
Él era más joven y poco conocido en los círculos que Barbara había dominado.
El matrimonio terminó en 1966.
Barbara tenía cincuenta y tres años.
No volvió a casarse.
Siete matrimonios en treinta y tres años.
Cada uno empezaba con esperanza.
Cada uno terminaba con dinero, abogados y otra prueba de que el afecto nunca parecía llegar sin condiciones.
En medio de aquellas relaciones, Barbara encontró un lugar donde podía vivir sin ser observada constantemente.
Tánger.
La ciudad estaba situada en el norte de Marruecos, frente a la costa española.
Durante décadas había funcionado bajo administración internacional.
Sus leyes flexibles y su mezcla de culturas atrajeron a artistas, diplomáticos, contrabandistas y extranjeros que querían desaparecer.
Barbara llegó a finales de la década de 1940.
Compró una casa dentro de la kasbah, el antiguo barrio amurallado situado sobre el puerto.
Después compró otra.
Y otra más.
Las unió hasta crear un palacio de decenas de habitaciones conocido como Sidi Hosni.
El complejo se extendía por la ladera mediante patios de azulejos, escaleras estrechas y terrazas desde las que podía verse el estrecho de Gibraltar.
Desde la calle, la entrada era discreta.
Dentro había alfombras, biombos, muebles, jade y telas transportadas por porteadores a través de las calles medievales.
Barbara organizaba cenas iluminadas únicamente con velas.
Recibía a escritores, fotógrafos y artistas.
Cecil Beaton la retrató con tiara frente a uno de los patios.
La imagen mostraba una mujer majestuosa y extremadamente delgada.
En Tánger, Barbara encontró algo parecido a la autonomía.
En Nueva York, Londres y París era observada como heredera.
En Marruecos era la estadounidense rica de la kasbah.
Ayudaba a vecinos.
Pagaba celebraciones locales.
Distribuía alimentos.
Financió proyectos de salud.
Contrataba a numerosos trabajadores y, según quienes la conocieron allí, pagaba bien.
Era generosidad.
También podía ser la necesidad de sentirse imprescindible.
Nadie se preocupaba demasiado por distinguirlo.
Pero Tánger también aceleró su deterioro.
Barbara comía cada vez menos.
Dependía de sedantes y analgésicos.
Su cuerpo se debilitó hasta el punto de no poder subir las escaleras de su propio palacio.
Durante sus últimos años allí, los sirvientes tenían que transportarla en una silla.
Había construido un laberinto de belleza.
Ya no podía recorrerlo sola.
PARTE 6
Barbara Hutton reunió una de las colecciones privadas de joyas más importantes del siglo XX.
Compró piezas de Cartier, Van Cleef & Arpels y comerciantes especializados en objetos de procedencia real.
Entre sus adquisiciones se encontraba una tiara relacionada con la gran duquesa Vladimir de Rusia.
La joya estaba formada por círculos de diamantes con perlas suspendidas.
Había sido sacada de Rusia después de la revolución y pasó por varias manos antes de llegar a Europa occidental.
Cecil Beaton fotografió a Barbara llevándola en Tánger.
Parecía una emperatriz.
También parecía terriblemente sola.
Poseía esmeraldas mogolas, rubíes birmanos, objetos de jade y collares atribuidos a antiguas reinas, aunque algunas procedencias fueran discutidas.
Barbara buscaba piezas relacionadas con mujeres de poder.
Grandes duquesas.
Reinas.
Emperatrices.
Ella, heredera de un comerciante de productos baratos, se rodeaba de símbolos de autoridad dinástica.
Pero no guardaba las joyas con cuidado obsesivo.
Las regalaba.
Podía entregar un broche de esmeraldas para agradecer unas flores.
Daba anillos, pulseras y grandes cantidades de dinero a amigos, empleados o casi desconocidos.
La riqueza entraba en sus manos y salía inmediatamente.
Parecía incapaz de conservar algo sin sentir que, al hacerlo, también retenía el afecto de otra persona.
Las casas fueron vendidas o regaladas.
Las joyas se dispersaron.
Los matrimonios terminaron.
Lo único que parecía mantenerla unida era Lance.
Su hijo había crecido bajo órdenes judiciales.
Pasó la infancia entre padres, países y abogados.
Cuando Barbara recuperó su custodia, él tenía nueve años.
Era reservado.
Prefería las máquinas a las fiestas.
Mientras su madre se rodeaba de personas difíciles de confiar, Lance encontraba seguridad en los motores.
En la década de 1950 fundó una empresa automovilística.
Quería construir un coche deportivo estadounidense capaz de competir con los europeos.
El resultado fue el Scarab.
El vehículo utilizaba un potente motor Chevrolet y consiguió victorias en carreras nacionales.
Durante un breve periodo, Lance fue respetado no como heredero, sino como constructor.
Cuando intentó competir internacionalmente, el diseño ya había quedado anticuado frente a los nuevos coches con motor trasero.
Cerró la empresa antes de cumplir treinta años.
Se casó primero con la actriz Jill St. John.
El matrimonio terminó en divorcio.
Después se casó con Cheryl Holdridge, antigua actriz infantil.
Aquella relación parecía más estable.
En julio de 1972, Lance subió a un pequeño avión en Aspen, Colorado.
La aeronave se estrelló contra las montañas poco después del despegue.
Las condiciones meteorológicas eran malas y se habló también de posibles fallos mecánicos.
Lance murió a los treinta y seis años.
No dejó hijos.
Barbara estaba en Tánger cuando recibió la noticia.
Según algunas personas presentes, permaneció varios días sin hablar.
Había luchado durante años por la custodia de su hijo.
Lo había recuperado.
Había intentado amarlo, aunque nunca aprendió a ofrecerle una vida estable.
Ahora había muerto.
Barbara no asistió al funeral.
Algunos dijeron que estaba demasiado enferma para viajar.
Otros pensaron que no podía soportarlo.
Después de la muerte de Lance, su salud se derrumbó.
Comió todavía menos.
Aumentó su dependencia de medicamentos.
Las personas que la vieron a mediados de la década de 1970 describieron a una mujer que parecía mucho mayor.
Había perdido a su madre cuando tenía cuatro años.
A su abuelo a los seis.
A la seguridad de su país después de renunciar a la ciudadanía.
A siete matrimonios.
Y ahora al único hijo que había dado sentido a su vida.
La fortuna Woolworth todavía existía parcialmente.
Pero ya no podía protegerla de nada.
Las joyas más valiosas se vendieron o regalaron.
Las propiedades desaparecieron.
El palacio de Tánger terminó en manos de otros.
Barbara abandonó Marruecos definitivamente.
La mujer que había celebrado cenas para cuarenta personas a la luz de las velas regresó a vivir en hoteles.
No porque no pudiera comprar una casa.
Porque un hotel era el único lugar donde podía llamar y recibir una respuesta sin tener que preguntarse si alguien decía quererla por dinero.
PARTE 7
La fortuna Woolworth no desapareció únicamente por culpa de Barbara.
El problema había comenzado antes.
Frank Woolworth construyó su empresa mediante disciplina absoluta.
Controlaba precios.
Negociaba cada compra.
Exigía eficiencia.
Pagó un rascacielos en efectivo.
Sin embargo, no aplicó la misma precaución al patrimonio familiar.
No creó estructuras suficientemente rígidas para impedir que los herederos gastaran o entregaran el capital.
Sus hijas recibieron grandes cantidades.
Sus nietos heredaron sin haber aprendido cómo se producía el dinero ni qué responsabilidad implicaba.
La riqueza empezó a salir de la familia.
Malos matrimonios.
Ausencia de límites.
Gastos descontrolados.
Padres que no educaban.
Hijos criados por empleados.
Barbara era el ejemplo más famoso, pero no el único.
Su primo Jimmy Donahue gastó su parte en fiestas y excesos.
Mantuvo relaciones escandalosas, bebió demasiado y murió en 1966.
La empresa también comenzó a caer.
Durante décadas, Woolworth había dominado el comercio minorista estadounidense.
Pero el modelo de las tiendas de cinco y diez centavos quedó anticuado.
Las nuevas cadenas de descuento ofrecían más productos y precios más bajos.
Los establecimientos Woolworth empezaron a cerrar.
En 1997, la empresa clausuró sus últimas tiendas en Estados Unidos y Canadá.
La corporación sobrevivió mediante su negocio de calzado deportivo y finalmente se transformó en Foot Locker.
El nombre Woolworth dejó de ocupar las calles.
El edificio de Broadway continuó en pie.
Sus pisos superiores se convirtieron en viviendas de lujo.
Los apartamentos se vendieron por millones.
Los turistas fotografiaban el vestíbulo.
La estructura seguía siendo un monumento a un imperio comercial que ya no existía.
En sus últimos años, Barbara se instaló en el Beverly Wilshire.
Vivía en una suite y salía muy poco.
Su mundo se redujo.
Ya no había grandes fiestas.
Las visitas eran escasas.
Algunas personas que la habían rodeado cuando gastaba millones habían muerto.
Otras simplemente dejaron de acudir cuando el dinero disminuyó.
Su prima Dina Merrill fue una de las pocas que continuó visitándola.
Barbara pesaba menos de cuarenta kilos.
Necesitaba enfermeras y asistentes.
Comía poco.
Leía.
Hablaba ocasionalmente por teléfono.
La mujer que había poseído palacios, jardines y colecciones imperiales pasaba la mayor parte del tiempo en una cama de hotel.
Intentó recuperar la ciudadanía estadounidense durante sus últimos años.
La solicitud habría sido aceptada, aunque los detalles exactos no quedaron completamente claros.
Era una reversión silenciosa de la decisión que había destruido su imagen pública décadas antes.
Nadie organizó una gran ceremonia para recibirla de vuelta.
Barbara murió el 11 de mayo de 1979.
Tenía sesenta y seis años.
La misma edad que su abuelo cuando murió.
Fue enterrada en el cementerio Woodlawn del Bronx, cerca de Frank Woolworth.
Asistieron aproximadamente diez personas.
El actor Cliff Robertson leyó uno de sus poemas.
Por un breve momento, Barbara no fue recordada como heredera, esposa o escándalo.
Fue reconocida por algo que había escrito.
Las estimaciones sobre el dinero restante variaban.
Algunas hablaban de solo tres mil quinientos dólares.
Otras personas dijeron que aún existían bienes y fideicomisos.
La cifra exacta importaba menos que la imagen.
Una mujer que había sido una de las más ricas del mundo murió casi sola, después de gastar, regalar o perder una fortuna gigantesca.
Se calculó que, ajustado a valores posteriores, había distribuido o consumido cientos de millones de dólares.
Entregó dinero a maridos.
A amigos.
A empleados.
A desconocidos.
A causas.
A cualquiera que supiera pedirlo de la manera adecuada.
Barbara podía regalar una joya imperial.
Podía entregar una casa al Gobierno de Estados Unidos.
Podía comprar un palacio en Tánger.
Podía financiar caballos, aviones, plantaciones y carreras.
No podía obligar a una persona a quedarse.
PARTE 8
Es fácil contar la vida de Barbara Hutton como una historia sobre despilfarro.
Una heredera recibe millones.
Se casa demasiadas veces.
Entrega dinero a hombres interesados.
Compra casas, joyas y títulos.
Termina arruinada.
Pero aquella versión deja fuera la parte más importante.
Barbara comenzó a perder mucho antes de controlar una fortuna.
Perdió a su madre a los cuatro años.
Perdió a su abuelo a los seis.
Perdió el derecho a sentirse una niña dentro de una familia que la trató como heredera antes que como persona.
Fue criada por empleados y parientes que se pasaban la responsabilidad unos a otros.
Cuando cumplió dieciocho años, la exhibieron en una fiesta extravagante y después permitieron que el país la castigara por algo que no había organizado.
Barbara aprendió que el dinero atraía personas.
Nunca aprendió a distinguir quién habría permanecido sin él.
Alexis Mdivani la utilizó y destruyó su relación con la comida mediante una frase cruel.
Curt Haugwitz-Reventlow la controló, la agredió y la presionó para renunciar a su ciudadanía.
Cary Grant intentó ofrecerle una relación sin interés económico, pero Barbara no supo adaptarse a la disciplina y la igualdad que aquello exigía.
Los maridos posteriores recibieron dinero, propiedades y regalos.
Algunos fueron amables.
Otros oportunistas.
Ninguno llenó el vacío.
Tánger fue quizá el único lugar donde Barbara vivió según sus propias normas.
Allí construyó un mundo.
Ayudó a vecinos.
Organizó cenas.
Se rodeó de belleza.
Pero incluso dentro de aquel palacio continuó destruyendo su cuerpo.
La comida se convirtió en enemiga.
Los medicamentos, en refugio.
Las joyas imperiales no podían darle la autoridad emocional que nunca había desarrollado.
Lance representó su última esperanza.
Barbara lo amó.
También repitió parte del abandono que ella había sufrido.
Los abogados lo trasladaron entre padres y países.
Cuando finalmente consiguió estabilidad, murió en un accidente aéreo.
Después de aquello, la vida de Barbara se contrajo hasta una habitación.
El verdadero fracaso de la familia Woolworth no fue únicamente financiero.
Frank construyó un sistema perfecto para vender mercancía.
No construyó una familia capaz de manejar el resultado.
Sus herederos recibieron dinero sin disciplina.
Títulos sin responsabilidad.
Casas sin hogar.
La fortuna pasó de una generación a otra sin enseñar a nadie cómo utilizarla sin ser destruido.
Barbara no fue una excepción monstruosa.
Fue el resultado más visible.
Su generosidad podía parecer admirable.
También era peligrosa.
Daba para sentirse querida.
Daba antes de que pudieran abandonarla.
Daba para convertir una relación incierta en una deuda.
Pero el dinero no compra gratitud.
Solo compra tiempo, comodidad o silencio.
Cuando se acaba, revela qué vínculo existía realmente.
Barbara tuvo muchos acompañantes.
Pocos amigos.
Siete maridos.
Un funeral casi vacío.
Aun así, no todo desapareció.
Winfield House continúa en Regent’s Park como residencia del embajador estadounidense.
El edificio que regaló por un dólar recibe presidentes y diplomáticos.
Algunos automóviles Scarab construidos por Lance sobreviven en colecciones.
Las joyas de Barbara reaparecen en subastas y catálogos.
El palacio de Tánger conserva parte de sus muros.
Sus poemas existen.
El Woolworth Building todavía se eleva sobre Broadway.
Los restos materiales de aquella familia sobrevivieron mejor que sus relaciones.
Quizá esa sea la imagen final más honesta.
Edificios sólidos.
Fortunas disueltas.
Joyas intactas.
Personas rotas.
La prensa la llamó “la pobre niña rica” para reírse de ella.
El apodo terminó describiendo una tragedia real.
Barbara tuvo acceso a casi todo lo que una persona podía comprar.
Aviones.
Palacios.
Príncipes.
Diamantes.
Sirvientes.
Fiestas.
No pudo comprar una madre que regresara.
Un padre que se interesara.
Un marido que no necesitara algo.
Un hijo que sobreviviera.
Ni la seguridad de que alguien permaneciera cuando dejara de pagar.
La fortuna Woolworth fue construida con millones de pequeñas compras realizadas por personas comunes.
Monedas de cinco y diez centavos.
Entraron lentamente.
Salieron en cantidades enormes.
Un millón para una dote.
Millones para acuerdos de divorcio.
Casas regaladas.
Joyas entregadas.
Plantaciones.
Caballos.
Aviones.
Hoteles.
Cada matrimonio retiró otra parte.
Cada gesto de generosidad abrió una nueva grieta.
Al final quedaron una habitación, algunos libros, vasos sin terminar y unas pocas personas alrededor de una tumba.
Barbara Hutton no murió pobre según la medida de una persona corriente.
Murió empobrecida según la escala de lo que había recibido.
Pero su ruina más profunda no estaba en el banco.
Estaba en haber pasado toda la vida confundiendo ser deseada con ser amada.
El dinero podía atraer a cualquiera hasta su puerta.
Nunca pudo asegurar que entrara por la razón correcta.
FIN