News

Gladys Pearl Baker: la madre que Hollywood declaró muerta, perdió a todos sus hijos y vivió para ver cómo el mundo convertía a Norma Jeane en Marilyn Monroe

PARTE 2

En Los Ángeles, Gladys consiguió trabajo en Consolidated Film Industries.

Era cortadora de negativos.

Pasaba horas en una sala fresca, iluminada por mesas especiales, manipulando tiras de celuloide con guantes blancos.

Cortaba.

Pegaba.

Ordenaba escenas.

En sus manos aparecían rostros de actores que nunca sabrían su nombre.

Las películas siempre encontraban una estructura.

La vida de Gladys no.

Se casó por segunda vez con Martin Edward Mortensen, hijo de inmigrantes noruegos.

Él parecía tranquilo, amable y sencillo.

Pero el matrimonio duró pocos meses.

Gladys sufría cambios de ánimo repentinos, crisis de llanto y periodos de aislamiento parecidos a los que había observado en Della.

Mortensen no supo cómo acompañarla.

Solicitó el divorcio.

Gladys comenzó a relacionarse con distintos hombres.

Buscaba compañía.

Después la rechazaba.

En Consolidated conoció a Charles Stanley Gifford, un supervisor de cabello negro y bigote delgado.

Provenía de una familia con dinero y se movía con la confianza de quien nunca había tenido que temer el hambre.

Gladys se enamoró.

A finales de 1925 descubrió que estaba embarazada.

Le dijo a Gifford que el hijo era suyo.

Él se negó a reconocerlo.

Sabía que Gladys se había relacionado con otros hombres y utilizó aquella reputación para rechazar cualquier responsabilidad.

Ella nunca cambió su versión.

Aseguraría hasta la vejez que Gifford era el padre.

Cuando pidió ayuda a Della, su madre reaccionó con frialdad.

Estaba preparando un viaje a Birmania.

No quería otra complicación.

Antes de marcharse, habló con Albert Wayne e Ida Bolender, un matrimonio que vivía frente a su casa en Hawthorne.

Wayne era cartero.

Cumplía horarios exactos y regresaba cada tarde con el mismo carácter con el que había salido.

Ida era profundamente religiosa y dirigía un hogar que recibía niños en acogida.

La casa tenía reglas estrictas.

Las comidas aparecían a la misma hora.

Todos rezaban.

Nadie bebía, bailaba ni decía malas palabras.

Della acordó que los Bolender cuidarían al bebé por veinticinco dólares mensuales.

Después se marchó al otro lado del océano.

Gladys siguió trabajando hasta el final del embarazo.

El 1 de junio de 1926 ingresó en el Hospital General del Condado de Los Ángeles.

En el formulario escribió que el padre era Edward Mortensen, el exesposo que ya no vivía con ella.

Era una mentira útil.

La documentación necesitaba un marido.

La verdad era un hombre que se negaba a reconocer a su hija.

La niña nació con poco más de dos kilos y medio.

Gladys la llamó Norma Jeane.

Norma por la actriz Norma Talmadge.

Jeane era un nombre familiar.

Durante dos semanas, madre e hija vivieron juntas en una habitación alquilada.

Gladys alimentaba a la niña, la bañaba y la sostenía durante la noche.

Una amiga llamada Grace McKee fue a visitarlas.

Grace trabajaba también en el mundo cinematográfico. Era rubia, alegre y estaba convencida de que las películas podían transformar cualquier vida.

Cuando sostuvo al bebé, aseguró:

—Esta niña será una estrella.

Pero la mente de Gladys ya comenzaba a fallar.

Una tarde regresó y acusó a Grace de estar envenenando a la pequeña.

Tomó un cuchillo.

Grace consiguió apartarlo después de sufrir una herida leve.

Poco después, Gladys recuperó la conciencia de lo ocurrido y se derrumbó llorando.

El 13 de junio llevó a Norma Jeane a casa de los Bolender.

Ida recibió a la criatura.

Gladys salió sola.

Volvió al tranvía, al trabajo y a las películas de otras personas.

La separación no significó que dejara de amar a su hija.

Tampoco significó que pudiera cuidarla.

En 1927, Della regresó de Birmania enferma de malaria.

Las fiebres agravaron sus delirios.

Hablaba con personas que nadie veía.

Acusaba a antiguos amantes y comerciantes de intentar matarla.

Una tarde irrumpió en casa de los Bolender asegurando que Norma Jeane había muerto.

Ida la llevó hasta la habitación para mostrarle a la niña dormida.

Cuando regresó con agua, encontró a Della presionando una almohada sobre el rostro de la bebé.

Ida apartó a la pequeña y expulsó a la mujer.

La policía no supo qué hacer.

Acompañó a Della hasta su casa y la dejó allí.

Gladys se instaló con su madre frente al hogar donde vivía Norma Jeane.

Durante un tiempo, ambas intentaron sostenerse.

Las dos escuchaban voces.

Las dos creían ver figuras en habitaciones vacías.

Cuando una perdía contacto con la realidad, la otra intentaba recordarle que las sombras no eran personas.

Era una alianza frágil.

En agosto de 1927, los médicos recomendaron internar a Della.

Gladys se resistió.

La noche anterior a la hospitalización, madre e hija cenaron en silencio.

Della levantó la mirada con una claridad repentina.

—Debes dejarme marchar, Gladys. Ha llegado la hora.

Della fue ingresada en el Hospital Estatal de Norwalk.

Murió diecinueve días después.

Gladys quedó sin madre, sin sus dos primeros hijos y sin capacidad para criar a la tercera.

Pero se negó a permitir que los Bolender adoptaran a Norma Jeane.

Ida le ofrecía estabilidad.

Wayne había dado a la niña un padre paciente.

Gladys solo podía ofrecer visitas imprevisibles y la promesa de que algún día construiría un hogar.

Aun así, decía siempre la misma palabra:

—Nunca.

Cuando Norma Jeane tenía tres años, Gladys intentó llevársela.

Entró en la casa durante una crisis, tomó a la niña y la metió dentro de una bolsa militar.

Ida corrió detrás de ella.

Las dos mujeres tiraron de la bolsa hasta que la tela se rompió y Norma Jeane cayó sobre el césped.

La niña gritó:

—¡Mamá!

Y extendió los brazos hacia Ida.

Gladys comprendió que su hija llamaba madre a otra mujer.

No dejó de luchar.

Pero aquella escena confirmó una verdad dolorosa.

El amor biológico no garantizaba que un niño se sintiera seguro en tus brazos.

PARTE 3

Durante los primeros siete años de Norma Jeane, los Bolender representaron la única estabilidad que conoció.

La casa de Hawthorne tenía animales, árboles frutales y otros niños.

Wayne respondía a todas sus preguntas mientras se afeitaba.

Ida cosía la ropa y enseñaba disciplina.

No era una mujer especialmente cariñosa, pero ofrecía estructura.

Creía que la niña necesitaría fortaleza para sobrevivir a la historia de su familia.

Norma Jeane quería llamarla mamá.

Ida se lo prohibía.

Aseguraba que Gladys era su verdadera madre.

Gladys visitaba a la niña.

Algunos fines de semana se la llevaba a pequeños apartamentos donde Norma Jeane aprendió que cualquier sonido podía alterar el estado de ánimo de su madre.

La niña se escondía entre la ropa del armario.

Pasaba las páginas de los libros lentamente porque incluso aquel ruido podía molestar a Gladys.

Su compañero más fiel era un perro llamado Tippy.

Cuando el animal murió atropellado, Norma Jeane se negó a aceptar el accidente.

Construyó una historia distinta.

Afirmó que un vecino lo había matado intencionadamente.

Repitió la versión hasta convertirla en certeza.

Ida observó aquella necesidad de transformar el dolor en conspiración y sintió miedo.

—¿Será como su madre?

Wayne no respondió.

En 1933, Gladys consiguió comprar una pequeña casa cerca de Hollywood.

Había ahorrado durante años y reunió cinco mil dólares para la entrada.

El programa hipotecario no prestaba dinero fácilmente a mujeres solteras, así que declaró estar casada.

Otra mentira en un documento permitió construir una vida respetable.

La casa tenía cuatro habitaciones y vistas hacia las colinas.

Gladys compró un piano.

Quería que su hija regresara a un hogar verdadero.

Ida no tenía derechos legales para impedirlo.

Norma Jeane, con siete años, se marchó de la única familia estable que había conocido.

Gladys intentó ser madre.

Preparaba el desayuno.

Llevaba a la niña a la escuela.

Tocaba el piano.

Pero Norma Jeane era infeliz y la tristeza de la hija aumentaba la ansiedad de la madre.

Grace propuso alquilar habitaciones para mejorar la economía.

George y Maud Atkinson se instalaron en la casa.

Eran ingleses vinculados de manera indirecta al cine.

Bebían, fumaban y hablaban de actores.

Para una niña criada dentro de la austeridad religiosa de Ida, aquella vida parecía fascinante.

Grace también comenzó a hablarle de Hollywood.

La vestía, arreglaba su cabello y la llevaba a estudios.

—Te pareces a Jean Harlow —decía.

Norma Jeane aprendió a sonreír cuando los adultos la observaban.

Tenía ocho años y ya comprendía que la belleza podía atraer atención.

Entonces llegó una carta desde Kentucky.

Jack, el primer hijo de Gladys, había muerto.

Padecía una grave enfermedad.

Jasper no había informado a su antigua esposa hasta después del entierro.

Gladys leyó la noticia en la cocina.

Cuando Norma Jeane entró, su madre la miró con una expresión que la niña no olvidaría.

—¿Por qué no fuiste tú?

La frase pudo haber nacido del delirio y el dolor.

Para Norma Jeane se convirtió en una condena.

Poco después murió otro familiar en circunstancias trágicas.

La idea de una enfermedad hereditaria volvió a rodear a Gladys.

El pasado ya no parecía una serie de accidentes.

Parecía una maldición.

Durante aquella etapa, Norma Jeane denunció que George Atkinson había abusado de ella.

El relato cambiaría en algunos detalles con el paso de los años, pero la herida permaneció.

Cuando se lo contó a Gladys, su madre la golpeó.

—El señor Atkinson es quien paga mejor la habitación.

Norma Jeane comprendió que la verdad podía resultar menos importante que el dinero.

Y que una madre podía elegir creer a un adulto antes que proteger a su hija.

A comienzos de 1934, los delirios de Gladys aumentaron.

Decía escuchar a Jack llamándola desde el jardín.

Veía a familiares muertos en las habitaciones.

Permanecía en bata todo el día, caminando entre las ventanas.

Una noche comenzó a gritar que alguien venía a buscarla.

Rompió objetos.

Cayó al suelo riendo y llorando.

Norma Jeane observó desde una puerta.

No sintió únicamente miedo.

Sintió reconocimiento.

Aquello era la amenaza que los adultos habían mencionado durante toda su infancia.

La locura familiar había llegado a su casa.

Los médicos diagnosticaron a Gladys con esquizofrenia paranoide y ordenaron su ingreso.

Fue llevada al mismo hospital donde había estado Della.

Antes de marcharse prometió que regresaría pronto.

Norma Jeane permaneció en la escalera observando cómo cerraban la puerta.

Después escuchó a los amigos de Grace hablar de la familia Monroe.

Otis.

Della.

Otros parientes.

Gladys.

—La enfermedad está en la sangre —dijo alguien—. Esa niña terminará igual.

Norma Jeane no entendía completamente qué significaba ser un caso mental.

Entendía que todos esperaban algo terrible de ella.

Grace asumió la tutela.

Se casó con Ervin “Doc” Goddard y llevó a Norma Jeane a vivir con la nueva familia.

El hogar no consiguió sostenerla.

La niña necesitaba una atención que Grace, preocupada por conservar su matrimonio, no podía ofrecer.

Se aferraba.

Lloraba.

Suplica­ba que no la abandonaran.

Doc terminó diciendo que debía marcharse.

Otra familia amable se ofreció a adoptarla.

Gladys, desde el hospital, se negó a firmar.

Ida también pidió recibirla otra vez.

Grace rechazó la propuesta.

En 1935 llevó a Norma Jeane al Hogar de Huérfanos de Los Ángeles.

La niña se agarró a la puerta del coche.

Dos trabajadores tuvieron que separarle las manos.

—¡No soy huérfana! —gritaba.

Tenía razón.

Su madre estaba viva.

Precisamente por eso nadie podía adoptarla.

PARTE 4

Norma Jeane pasó casi dos años en el orfanato.

Grace la visitaba cada semana.

Llevaba vestidos, dulces y promesas.

La sacaba al cine y aseguraba que algún día sería como Shirley Temple.

La fantasía se convirtió en refugio.

Dentro de una sala oscura, Norma Jeane podía olvidar dónde dormiría cuando terminaran los créditos.

Ida y Wayne también acudían.

Llevaban galletas y ropa.

La niña cambiaba completamente cuando los veía.

Grace observó aquella alegría y sintió celos.

Temía que Ida recuperara el lugar de madre.

Envió una orden al orfanato.

Nadie podría visitar a Norma Jeane sin su autorización.

Ida quedó expresamente prohibida.

Llegó un día con las galletas todavía calientes y fue detenida en la entrada.

Dentro, la niña no supo que la mujer que la había criado estaba al otro lado de la puerta.

Durante las noches del dormitorio colectivo, Norma Jeane comenzó a imaginar una vida distinta.

Soñaba que caminaba con ropa hermosa y que todos se volvían para mirarla.

Inventaba elogios y los repetía en voz alta como si procedieran de un público invisible.

La atención se convirtió en una versión del amor.

En 1937 salió del orfanato y regresó con Grace.

La libertad duró poco.

Doc Goddard comenzó a beber y una noche entró en la habitación de Norma Jeane.

La niña acudió a Grace.

En lugar de enfrentarse al marido, Grace trasladó otra vez a la menor.

Norma Jeane pasó por hogares de familiares, amigos y conocidos.

En nueve meses cambió varias veces de casa.

En una vivienda familiar se sentía como la persona sobrante.

En otra dormía temporalmente hasta que los adultos decidían un nuevo destino.

Cada traslado reforzaba la misma convicción.

Ninguna habitación era realmente suya.

Mientras su hija atravesaba aquella cadena de hogares, Gladys luchaba contra el internamiento.

Intentó escapar utilizando un uniforme de enfermera.

Cruzó la puerta fingiendo ser parte del personal.

Esperaba encontrarse con Edward Mortensen, el hombre cuyo apellido había escrito en el certificado de Norma Jeane.

Él no apareció.

La localizaron caminando sola por una carretera.

Fue devuelta al hospital.

Gladys escribió entonces a Bernice, la hija que Jasper había llevado a Kentucky.

Le pidió ayuda para salir.

Dentro de la carta incluyó una revelación.

Bernice tenía una media hermana llamada Norma Jeane.

Las dos jóvenes comenzaron a escribirse.

Firmaban como hermanas.

Ambas habían crecido creyéndose abandonadas.

El vínculo epistolar les dio una forma de familia que ningún adulto había conseguido construir.

En 1938, Norma Jeane fue a vivir con Anna Lower, una tía de Grace.

Anna tenía cincuenta y ocho años, estabilidad económica y una forma de hablar sin violencia.

No intentó convertir a la niña en otra persona.

Le dijo:

—Eres hermosa por dentro y por fuera. No debes sentir que vales menos.

Durante aproximadamente un año y medio, Norma Jeane conoció una vida tranquila.

Anna le enseñó que la belleza era solo una parte de su identidad.

También le advirtió que ningún adulto estaría siempre presente.

Debía aprender a depender de sí misma.

Cuando Anna enfermó del corazón, Norma Jeane regresó con los Goddard.

Poco después, Doc recibió una oferta laboral en Virginia.

La familia planeaba mudarse.

Norma Jeane no podía acompañarlos.

Las opciones eran otra familia de acogida o el orfanato.

Grace encontró una solución propia de la época.

Propuso que la joven se casara.

James Dougherty tenía veintiún años.

Conocía a Norma Jeane y parecía un muchacho decente.

Aceptó el matrimonio en parte porque sabía que negarse podía devolverla a una institución.

Norma Jeane tenía quince años.

Había visto fracasar todos los matrimonios importantes de su familia.

También sentía miedo ante la intimidad con los hombres.

Cuando expresó sus temores, Grace respondió:

—Aprenderás.

La boda se celebró el 19 de junio de 1942, poco después de que Norma Jeane cumpliera dieciséis años.

Gladys seguía internada.

Grace estaba lejos.

Pero Norma Jeane impuso una condición.

Ida Bolender debía asistir.

Grace intentó prohibirlo.

Norma Jeane amenazó con regresar al orfanato antes que casarse sin la mujer que la había criado.

Ida acudió llorando.

Norma Jeane le preguntó si estaba hermosa.

Después abrazó a Wayne.

—¿Prometes quererme siempre, papá?

—Lo prometo.

La joven no preguntaba únicamente por aquel día.

Preguntaba si existía algún amor que no terminara en una puerta cerrada.

El matrimonio ofreció seguridad legal, pero no una identidad propia.

James se incorporó a la marina mercante.

Norma Jeane quedó sola durante largos periodos.

En 1944 empezó a trabajar en Radioplane, una fábrica de aviones no tripulados.

Pulverizaba barniz sobre piezas de madera durante jornadas agotadoras.

Un fotógrafo militar llamado David Conover llegó para tomar imágenes destinadas a elevar la moral de los soldados.

Vio a Norma Jeane.

Le pidió que posara.

Ella se colocó un jersey rojo.

Frente a la cámara ocurrió algo que nadie había sabido producir en su vida cotidiana.

La timidez se convirtió en magnetismo.

Conover dijo que pertenecía a las portadas, no a una línea de montaje.

Norma Jeane comenzó a trabajar como modelo.

Su cabello se aclaró.

Aprendió a posar.

La muchacha acostumbrada a ser trasladada de una casa a otra descubrió un lugar donde podía controlar la mirada de los demás.

La cámara no preguntaba por su madre.

No mencionaba la sangre.

Solo pedía que permaneciera bajo la luz.

PARTE 5

En 1945, Gladys salió temporalmente del hospital.

Se instaló con Norma Jeane y Anna Lower.

Vestía un uniforme blanco de enfermera, leía textos de Ciencia Cristiana y observaba la nueva carrera de su hija con desconfianza.

Al principio aceptó las fotografías.

Después comenzó a considerar que el modelaje destruía la moral de las jóvenes.

Fue personalmente a la agencia para exigir que detuvieran el trabajo.

Norma Jeane se enfureció.

—No vuelvas a intervenir en mi carrera.

Gladys se encerró en su habitación.

La hija había encontrado por primera vez un camino propio.

La madre intentaba controlarlo mediante la religión y el miedo.

En 1946, Norma Jeane hizo una prueba para 20th Century Fox.

Caminó sin hablar dentro de un decorado.

La cámara la adoró.

El estudio ofreció un contrato por setenta y cinco dólares semanales.

También exigió un nombre nuevo.

Norma Jeane Dougherty pertenecía al matrimonio que estaba terminando.

Mortensen era un apellido escrito para cubrir una mentira.

Baker pertenecía al hombre que había golpeado a Gladys y robado a sus dos primeros hijos.

El ejecutivo Ben Lyon propuso Marilyn.

Ella eligió Monroe, el apellido materno.

Así nació Marilyn Monroe.

El departamento de publicidad creó una biografía.

Sus padres estaban muertos.

Había sido descubierta de una manera romántica.

No existían hospitales psiquiátricos, hogares de acogida ni una madre que escuchaba voces.

Gladys fue borrada.

El matrimonio con James terminó porque él quería una esposa y Marilyn deseaba una carrera.

También temía tener hijos.

Antes de tomar decisiones sobre la maternidad, volvió a hablar con Wayne Bolender.

Le preguntó si podía heredar la enfermedad mental.

Wayne le aseguró que era distinta de Della y Gladys.

La respuesta la tranquilizó durante un tiempo.

En 1948 murió Anna Lower.

Marilyn dijo después que Anna había sido la única persona que le había enseñado qué era el amor.

Heredó de ella algunos objetos y el piano que Gladys había comprado en 1933.

Aquel instrumento viajaría con Marilyn durante el resto de su vida.

Representaba un hogar que casi había existido.

Gladys se casó otra vez con John Stewart Eley, un reparador de electrodomésticos que ya tenía esposa.

La relación fue violenta y confusa.

Cuando él enfermó, Gladys permaneció a su lado debido a sus creencias religiosas.

Después de su muerte, ella siguió utilizando el apellido Eley.

Trabajó como enfermera en una pequeña residencia.

Allí empezó a contar que Marilyn Monroe era su hija.

Los compañeros no la creían.

Gladys llevó fotografías.

Mostró a la niña sentada sobre sus rodillas.

Señaló el parecido.

La historia llegó a un periodista.

En mayo de 1952, mientras Marilyn se recuperaba de una operación, apareció el titular:

La madre de Marilyn Monroe está viva.

La actriz comprendió que el secreto había terminado.

Desde la cama del hospital ofreció una entrevista.

Explicó que su madre había pasado años internada y que ella había crecido en hogares de acogida.

Admitió que nunca habían tenido una relación normal.

Aseguró que ayudaba económicamente a Gladys.

Hollywood ya no podía presentarla como huérfana.

Marilyn transformó la revelación en una historia de superación.

Era una verdad parcial.

Gladys recibía dinero, pero quería cartas.

—Quisiera el amor de mi hija en lugar de su odio —escribió.

Marilyn guardó la carta.

No respondió.

El silencio entre ambas no era simple crueldad.

Cada contacto abría heridas que ninguna sabía manejar.

La salud mental de Gladys volvió a deteriorarse.

Escuchaba mensajes secretos en la radio.

Creía que las enfermeras conspiraban.

En febrero de 1953 fue ingresada en Rockhaven, una institución privada situada en La Crescenta.

Marilyn pagaba las facturas.

Aquella misma noche recibió un premio como nueva estrella del cine.

Llevaba un vestido dorado ajustado.

La sala aplaudía.

Su madre entraba de nuevo en una institución.

Gladys usaba diariamente su uniforme blanco.

Se consideraba enfermera, no paciente.

Rezaba.

Rechazaba algunos medicamentos.

Marilyn no podía visitarla.

El miedo a terminar encerrada como su madre hacía imposible cruzar aquellas puertas.

Grace actuaba como intermediaria.

Pero también estaba enferma.

Tenía cáncer.

En junio de 1953, durante el cumpleaños de Marilyn, ambas hablaron con Gladys por teléfono.

Marilyn recordó a su madre qué día era.

Gladys permaneció en silencio.

—No recuerdo haberte dado a luz.

La frase no podía borrarse.

Poco después, Grace murió tras ingerir una cantidad fatal de medicación.

La mujer que había salvado, manipulado, vestido y abandonado repetidamente a Norma Jeane desapareció.

Marilyn informó a Gladys.

La madre respondió que quizá era mejor porque alguien perseguía a Grace.

La enfermedad transformaba cada noticia en conspiración.

Marilyn prometió visitarla.

—Lo creeré cuando lo vea —contestó Gladys.

Durante los años siguientes, Marilyn se convirtió en la mujer más famosa del mundo.

Se casó con Joe DiMaggio.

Se divorció.

Se trasladó a Nueva York.

Estudió actuación.

Se casó con Arthur Miller.

Sufrió pérdidas de embarazos y comenzó a depender cada vez más de medicamentos para dormir y controlar la ansiedad.

Cuanto más se acercaba a la maternidad, más temía repetir la historia de Gladys.

Y cuanto más frágil se sentía, más miedo tenía de que la enfermedad familiar estuviera despertando dentro de ella.

PARTE 6

En 1961, Marilyn ingresó voluntariamente en una clínica psiquiátrica de Nueva York.

Esperaba descanso.

Fue trasladada a una planta cerrada de la que no podía salir.

Las puertas, los pasillos y los pacientes devolvieron de golpe toda la infancia.

Gladys.

Della.

Norwalk.

El orfanato.

La palabra “desintegración” que los médicos habían utilizado para describir la mente de su madre.

La historia familiar dejó de ser recuerdo.

Se convirtió en un posible destino.

Un antiguo esposo consiguió ayudarla a salir.

Pero la experiencia profundizó su terror.

En junio de 1962, Marilyn decidió visitar a Gladys.

No avisó a la mayoría de las personas que organizaban su vida.

Fue acompañada por un médico joven en quien confiaba.

Rockhaven tenía edificios bajos, árboles y jardines ordenados.

Gladys estaba sentada en una mesa de pícnic.

Era una mujer pequeña, de cabello plateado y uniforme blanco.

Llevaba un bolso grande.

Marilyn se acercó lentamente.

Durante años había imaginado aquel encuentro.

No existía una frase capaz de convertirlas de pronto en madre e hija.

El médico habló sobre la medicación.

Gladys respondía que la oración era más poderosa.

Marilyn le pidió que tomara las pastillas durante una semana.

Después durante un mes.

—Podrías recuperar tu vida —insistió.

Gladys la miró con una claridad repentina.

—¿Qué vida? ¿Qué casa? ¿Qué versión de mí está esperando fuera?

La pregunta dejó a Marilyn sin respuesta.

Ella podía pagar una vivienda.

No podía devolver los años.

No podía ofrecer a su madre una identidad que no fuera la de paciente, problema o secreto.

Gladys cambió de tema.

Mostró orgullosa un abrigo de piel que su hija le había regalado.

Cuando el médico intentó tocarlo, ella se apartó y acusó su mano de ser maligna.

Marilyn comenzó a llorar.

Antes de marcharse, introdujo discretamente una pequeña botella dentro del bolso de Gladys.

El rostro de la mujer se iluminó.

—Eres una buena chica. Una chica muy buena.

Después se alejó con otra residente.

No miró hacia atrás.

—Yo no digo adiós —gritó.

Seis semanas más tarde, Marilyn murió.

Pocos días antes había llamado a Wayne Bolender.

Parecía haber bebido.

Preguntó si estaba decepcionado.

En realidad, volvía a hacer la pregunta de su boda.

¿Seguía siendo digna de amor?

Wayne le recordó la promesa.

—Todavía te quiero, Norma Jeane.

Fue una de las últimas conversaciones de su vida.

La noche del 4 al 5 de agosto de 1962, Marilyn Monroe murió en su casa de Los Ángeles a los treinta y seis años.

La versión oficial habló de una sobredosis.

Décadas de rumores intentarían convertir la muerte en conspiración.

Para Gladys, solo existía un hecho.

Su hija había muerto.

El funeral fue organizado por Joe DiMaggio.

Hollywood quedó fuera.

Asistieron pocas personas.

Miles esperaron en el exterior.

Gladys no fue.

Bernice la visitó después en Rockhaven.

La encontró vestida de blanco frente a un televisor.

Intentó hablar del funeral.

Gladys no pudo permanecer emocionalmente dentro de la conversación.

Otra visitante le ofreció condolencias.

La primera reacción de Gladys fue criticar las pastillas para dormir.

Dijo que la oración habría ayudado a Marilyn.

Después expresó una verdad más profunda.

—Marilyn no me quería. Norma Jeane me quería. Y yo la quería a ella. Era una buena chica.

Dentro de su mente existían dos hijas.

Marilyn pertenecía a Hollywood.

Norma Jeane pertenecía a los recuerdos.

Quizá aquella división le permitía soportar la pérdida.

Seis semanas después de la muerte, Gladys volvió a intentar escapar.

Ató sábanas, formó una cuerda y salió por una ventana del tercer piso.

Tenía más de sesenta años.

Cruzó los terrenos y desapareció por las colinas.

La encontraron dos días después durmiendo en el sótano de una iglesia, con el uniforme sucio y los zapatos quitados.

Rockhaven decidió que ya no podía retenerla.

Fue trasladada al Hospital Estatal de Camarillo.

Bernice tardó varios años en conseguir su liberación.

En 1967 asumió legalmente la responsabilidad de su madre y la llevó a Florida.

La reunión entre ambas no fue una reconciliación cinematográfica.

Compartían sangre.

No compartían una vida cotidiana.

Bernice hizo lo posible.

Gladys vivió en una residencia cercana.

Leía textos religiosos, vestía de blanco y a veces recorría las calles en un triciclo con una bandera roja que decía “Peligro”.

Podía resultar cómica para los vecinos.

Detrás del gesto había una mujer que había pasado décadas intentando avisar al mundo de amenazas que solo ella percibía.

PARTE 7

En 1971, un investigador localizó a Gladys mediante una guía telefónica.

Esperaba encontrar una figura completamente diferente de Marilyn.

Al verla, reconoció ciertos rasgos.

Pero lo que más lo sorprendió fue la risa.

Gladys tenía la risa de su hija.

La conversación fue extraña.

El visitante intentó hablar de Norma Jeane.

Gladys utilizaba el nombre Marilyn.

En un momento bajó la mirada.

—Nunca le dije una cosa ni la otra. Nunca le dije una palabra.

Quizá se refería al amor.

Nunca había dicho claramente a su hija que la quería.

Tampoco que no la quería.

La relación había quedado atrapada dentro de silencios, cartas y pagos.

Marilyn conservó durante años una fotografía de Gladys junto a la cama.

La madre hablaba en las instituciones de su hija famosa.

Las dos pensaban en la otra.

No sabían cómo acercarse sin hacerse daño.

Gladys murió en 1984 a los ochenta y un años.

Había sobrevivido a Marilyn durante veintidós.

Fue enterrada cerca de ella, pero no a su lado.

Marilyn descansaba dentro de una cripta visitada por admiradores.

Gladys fue colocada bajo tierra como una mujer casi desconocida.

El mundo había construido una industria alrededor de la hija.

La madre seguía siendo una nota incómoda.

Durante años, la historia fue contada de manera sencilla.

Gladys era una mujer enferma que abandonó a su hija.

Marilyn era la niña huérfana que se convirtió en estrella.

Pero el archivo muestra una realidad mucho más compleja.

Gladys también había sido una niña abandonada.

Perdió a su padre siendo pequeña.

Su madre era inestable.

Su hermano fue llevado lejos.

A los catorce años la casaron con un hombre adulto utilizando documentos falsos.

Sufrió violencia.

Tuvo dos hijos antes de cumplir diecinueve años.

Su esposo se los llevó a otro estado.

Las leyes no la protegieron.

Regresó sola y trabajó cortando películas.

Cuando nació Norma Jeane, Gladys ya había sufrido más pérdidas de las que muchas personas soportan durante toda una vida.

Eso no elimina el daño que causó.

No convierte en aceptable el intento de llevarse a la niña dentro de una bolsa.

No borra la bofetada cuando Norma Jeane denunció un abuso.

No repara la frase pronunciada después de la muerte de Jack.

—¿Por qué no fuiste tú?

Comprender no significa absolver.

Gladys fue víctima y también fuente de dolor.

La enfermedad mental agravó cada herida.

Pero no todas las decisiones fueron producto de un delirio.

Se negó repetidamente a permitir que familias estables adoptaran a Norma Jeane.

Quizá creía que mantener el derecho legal era una forma de amor.

Para la niña, significaba no pertenecer nunca completamente a ningún hogar.

Los Bolender querían adoptarla.

Otra familia se ofreció.

Gladys respondió siempre que no.

No podía criar a la niña.

Tampoco podía soportar perder oficialmente a una tercera hija.

El resultado fue que Norma Jeane quedó suspendida entre mujeres que la amaban de formas incompatibles.

Ida ofrecía estabilidad, pero poca ternura visible.

Grace ofrecía sueños y atención, pero también celos y abandono.

Anna ofrecía amor, pero estaba enferma y no podía permanecer para siempre.

Gladys ofrecía el vínculo biológico, atravesado por miedo, enfermedad y culpa.

La niña aprendió a construir una madre con fragmentos de varias mujeres.

Ninguna permaneció.

Hollywood supo utilizar aquella necesidad.

Cada fotógrafo, director y admirador que la miraba podía convertirse durante unos segundos en el público amoroso que Norma Jeane había imaginado dentro del orfanato.

Ser observada significaba existir.

Ser deseada significaba estar a salvo.

El problema era que la atención pública se parecía demasiado a los hogares de su infancia.

Podía desaparecer sin avisar.

Marilyn buscaba seguridad en matrimonios, estudios, médicos y amantes.

Todos terminaban exigiendo algo.

La cámara la quería luminosa.

Los esposos la querían distinta.

Los estudios la querían obediente.

Ella intentaba satisfacerlos y rebelarse al mismo tiempo.

Gladys había vivido una versión anterior del mismo conflicto.

Della quiso librarse de una hija mediante el matrimonio.

Jasper quiso convertir a Gladys en propiedad.

Los hospitales la redujeron a diagnóstico.

Hollywood redujo a Marilyn a imagen.

Madre e hija pasaron la vida intentando escapar de nombres impuestos por otros.

Gladys Baker.

Mrs. Mortensen.

Mrs. Eley.

Norma Jeane Dougherty.

Marilyn Monroe.

Cada nombre prometía un comienzo.

Ninguno consiguió borrar lo anterior.

PARTE 8

La historia de Gladys Pearl Baker no termina con una explicación sencilla.

No fue únicamente la madre enferma de Marilyn Monroe.

Tampoco una víctima completamente inocente.

Fue una mujer formada por abandono, violencia, pobreza, matrimonios forzados y una enfermedad que la medicina de su época comprendía muy poco.

Pasó la vida luchando por conservar aquello que ya había perdido.

Cuando Jasper se llevó a Jack y Bernice, Gladys viajó detrás de ellos hasta quedarse sin dinero.

Cuando los Bolender quisieron adoptar a Norma Jeane, se negó.

Cuando los hospitales cerraron las puertas, intentó escapar.

Cuando Hollywood declaró que estaba muerta, llevó fotografías al trabajo para demostrar que Marilyn era su hija.

Cuando Marilyn murió, Gladys separó a la estrella de la niña.

—Marilyn no me quería. Norma Jeane sí.

Quizá era una defensa.

Quizá también era verdad.

Marilyn había mantenido a Gladys económicamente.

Pagó instituciones y tratamientos.

Conservó su fotografía.

Visitó a su madre poco antes de morir.

Pero no podía ofrecer una intimidad normal.

No sabía cómo hacerlo.

Gladys tampoco.

La escena de Rockhaven resume toda la relación.

Marilyn suplica que tome la medicación.

Gladys pregunta qué vida la espera fuera.

La hija intenta salvar a la madre mediante el mismo sistema que ambas temen.

La madre ve el miedo de la hija, pero cambia de tema.

Marilyn llora.

Gladys se alegra por una pequeña botella escondida en el bolso.

Después se aleja sin despedirse.

No existe abrazo reparador.

No hay confesión.

Solo dos mujeres incapaces de permanecer juntas durante demasiado tiempo.

El piano sobrevivió a ambas.

Gladys lo compró cuando creía que podía construir un hogar para su hija.

Anna Lower lo dejó a Norma Jeane.

Marilyn lo llevó a sus apartamentos y casas.

Era un objeto pesado, difícil de trasladar, perteneciente a una vida anterior a la fama.

Quizá representaba la posibilidad de que Gladys hubiera sido una madre distinta.

Una mujer tocando música en una casa tranquila mientras su hija hacía los deberes.

Aquella vida duró muy poco.

Pero el piano permaneció.

Hollywood necesitaba decir que la madre estaba muerta porque una madre viva complicaba el mito.

Una huérfana bella podía ser adoptada simbólicamente por el público.

Una mujer con una madre enferma, cartas sin responder y una historia de instituciones resultaba demasiado incómoda.

El estudio no inventó completamente la soledad de Marilyn.

La organizó para venderla.

Después, cuando Gladys reapareció, Marilyn tuvo que explicar su vida bajo una luz que otros controlaban.

Lo hizo con habilidad.

Dijo suficiente verdad para sobrevivir al escándalo.

Pero nunca dejó de temer que la historia familiar estuviera escrita dentro de su cuerpo.

Las pérdidas de embarazos aumentaron ese miedo.

La estancia en la planta psiquiátrica lo convirtió en terror.

Los medicamentos le daban descanso y al mismo tiempo la acercaban a la dependencia que podía destruirla.

Marilyn murió a los treinta y seis años, antes de saber si habría podido construir una vida diferente.

Gladys vivió hasta los ochenta y uno, pero la longevidad no le entregó una segunda oportunidad.

No existió una reconciliación después de la muerte.

Solo permanecieron los testimonios, las cartas y las versiones contradictorias.

Algunas historias presentan a los Bolender como fríos.

Otras los recuerdan como la única familia real de Norma Jeane.

Grace aparece como salvadora y manipuladora.

Gladys como víctima y agresora.

Marilyn como una mujer poderosa y como la niña que seguía preguntando si alguien prometía quererla para siempre.

Todas esas versiones pueden contener una parte de verdad.

La tragedia no consiste en que nadie amara a Norma Jeane.

Muchas personas la amaron.

La tragedia fue que cada amor llegaba unido a una pérdida.

Ida la cuidó y después desapareció por decisión de Grace.

Grace la convirtió en el centro de sus sueños y después la dejó en un orfanato.

Anna la recibió y enfermó.

James ofreció matrimonio, pero exigía una esposa.

Hollywood ofreció fama y borró a su madre.

Gladys ofreció sangre, pero no seguridad.

Norma Jeane aprendió que el amor siempre podía marcharse.

Por eso necesitaba comprobarlo constantemente.

—¿Prometes quererme siempre?

La pregunta hecha a Wayne durante la boda permaneció viva hasta la última llamada.

Gladys también formuló la misma pregunta de otras formas.

Se negó a firmar una adopción.

Escribió pidiendo cartas.

Mostró fotografías para demostrar que era la madre de Marilyn.

Escapó de hospitales buscando una vida donde todavía pudiera pertenecer a alguien.

Madre e hija compartían la misma herida.

Las dos temían ser abandonadas.

Las dos reaccionaban de maneras que terminaban alejando a los demás.

Gladys se aferraba mediante el control y la negación.

Marilyn mediante la seducción, la perfección y la necesidad de ser admirada.

La enfermedad de Gladys no creó por sí sola a Marilyn Monroe.

Pero formó el paisaje emocional donde Norma Jeane aprendió a sobrevivir.

Le enseñó que la realidad podía cambiar según quién llenara un documento.

Della declaró una edad falsa para casar a Gladys.

Gladys escribió el nombre de Mortensen en el certificado de nacimiento.

La solicitud hipotecaria inventó un marido.

Hollywood declaró muertos a los padres.

Norma Jeane se convirtió en Marilyn.

Los documentos no registraban la verdad.

Registraban la versión necesaria para que una puerta se abriera.

La puerta del matrimonio.

La del banco.

La del estudio.

Cada mentira ofrecía protección temporal.

Después exigía un precio.

Cuando Gladys murió, el mundo recordó muy poco de ella.

Marilyn ocupaba todas las páginas.

Pero detrás de la estrella seguía existiendo aquella mujer pequeña, de ojos azules y uniforme blanco, que había cortado negativos cinematográficos antes de dar a luz a la actriz más famosa de su siglo.

Gladys pasó años ensamblando historias ajenas.

No pudo ensamblar la suya.

Las escenas permanecieron separadas.

Una niña casada a los catorce.

Dos hijos robados.

Una hija entregada.

Un hogar comprado con una mentira.

Una crisis.

Un hospital.

Una estrella.

Una visita bajo los árboles de Rockhaven.

Una muerte anunciada por televisión.

Y una frase final pronunciada por una madre que ya no sabía cómo explicar el amor:

Norma Jeane era una buena chica.

Quizá aquello fue lo más cercano a una declaración que Gladys pudo ofrecer.

Llegó demasiado tarde.

Su hija no la escuchó.

Pero la frase sobrevivió.

Hollywood había borrado a Gladys para fabricar a Marilyn Monroe.

La historia termina devolviéndola al lugar que nunca dejó de reclamar.

No como una madre perfecta.

No como un monstruo.

Como una mujer herida que amó de una manera incapaz de proteger.

Y como la primera persona que conoció a Marilyn antes de que existiera Marilyn.

Cuando todavía era Norma Jeane.

Una niña de seis libras y dos onzas, sostenida durante dos semanas dentro de una habitación alquilada por una madre que cerró los ojos y, por un instante, creyó que podría conservarla.

FIN

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy