News

Ava Gardner: la mujer que Hollywood quiso poseer, el amor que Frank Sinatra nunca pudo olvidar y el precio brutal de vivir sin pedir permiso

PARTE 2

Cuando Ava llegó a Los Ángeles, descubrió que Metro-Goldwyn-Mayer no era únicamente un estudio.

Era una fábrica.

Controlaba los horarios, los contratos, la ropa, la publicidad y hasta las relaciones sentimentales de sus estrellas.

Ava era una propiedad nueva.

Bella, deslumbrante y completamente sin pulir.

El primer problema era su voz.

Para MGM, una diosa del cine no podía sonar como una muchacha criada entre campos de tabaco.

Le asignaron profesores de dicción y pasó meses repitiendo frases diseñadas para borrar su acento sureño.

Cada corrección le transmitía el mismo mensaje:

El lugar del que provenía era una vergüenza.

Su manera de hablar estaba mal.

La chica de Grabtown debía desaparecer para que naciera Ava Gardner.

También modificaron su cabello, sus cejas y sus dientes.

Le enseñaron a caminar, posar y sostener una copa.

Durante sus primeros años apareció en papeles mínimos.

Camarera.

Chica del guardarropa.

Rostro silencioso al fondo de una escena.

El estudio todavía no sabía cómo utilizarla, pero todos los hombres parecían saber que la deseaban.

Uno de ellos era Mickey Rooney.

Rooney era la estrella más rentable de Hollywood. Tenía veintiún años, una energía inagotable y la seguridad de quien llevaba toda su vida consiguiendo lo que quería.

Cuando vio a Ava, decidió que debía tenerla.

Ella tenía diecinueve años y seguía siendo una muchacha inexperta. Mickey era famoso, divertido y completamente distinto a cualquier hombre que hubiera conocido en Carolina del Norte.

La persiguió con flores, llamadas y propuestas.

Louis B. Mayer intentó advertirla.

Le dijo que Rooney perseguía a todas las mujeres.

La advertencia solo consiguió que la relación pareciera más emocionante.

Ava y Mickey se casaron en enero de 1942.

La primera noche de matrimonio fue una señal de lo que vendría.

Rooney le enseñó a jugar al póquer y después pasó horas hablando con su corredor de apuestas.

La vida de Ava como esposa consistía en esperar.

Mickey salía.

Apostaba.

Trabajaba.

Perseguía a otras mujeres.

Regresaba con explicaciones y encanto.

Ella lloraba, gritaba y finalmente volvió a recordar lo que la pobreza le había enseñado:

Nadie iba a salvarla.

El matrimonio duró aproximadamente un año.

MGM intentó convencerla de que evitara el divorcio. La separación dañaría la imagen de Rooney y crearía un escándalo.

Ava se negó.

Abandonó a la mayor estrella del estudio.

Aquella decisión cambió algo dentro de ella.

La muchacha ingenua comenzó a desaparecer.

Empezó a frecuentar clubes nocturnos, bailar, beber y enfrentarse con más dureza a las personas que intentaban controlarla.

Su segundo marido fue Artie Shaw.

Si Mickey Rooney representaba el deseo, Shaw representaba todo aquello que Ava temía no poseer.

Era músico, intelectual y sofisticado.

Hablaba de literatura, política y filosofía con una seguridad que la fascinaba.

Ava, que todavía se sentía inferior por su educación, creyó que casarse con él la ayudaría a convertirse en la mujer culta que Hollywood esperaba.

Se casaron en 1945.

La relación fue peor que la anterior.

Shaw no la educaba.

La humillaba.

Le entregaba libros difíciles y después la interrogaba delante de otras personas. Corregía su gramática en público. Se burlaba de sus opiniones y le recordaba constantemente todo lo que no sabía.

Mickey había hecho que se sintiera abandonada.

Artie la hizo sentirse estúpida.

Ava empezó a sufrir insomnio y ansiedad. Acudió a terapia intentando transformarse en la mujer que Shaw deseaba.

No funcionó.

Él la abandonó por otra mujer.

Antes de cumplir veinticuatro años, Ava ya se había divorciado dos veces y estaba convencida de que existía algo defectuoso dentro de ella.

En ese momento recibió el papel que cambiaría su carrera.

Un productor preparaba una película negra basada en un relato de Ernest Hemingway.

Necesitaba una mujer capaz de atraer a un hombre hacia su perdición.

MGM no tenía confianza suficiente para darle un papel importante dentro del estudio, pero aceptó prestarla.

La película se llamaba Forajidos.

Ava interpretó a Kitty Collins.

Su entrada en la historia fue breve y devastadora.

Aparecía con un vestido negro, el cabello oscuro y una sonrisa que prometía amor mientras anunciaba peligro.

No necesitó grandes discursos.

Sus ojos hicieron el trabajo.

La película se convirtió en un éxito.

Los críticos, que hasta entonces apenas habían notado su presencia, comenzaron a hablar de ella.

Ava Gardner dejó de ser la antigua esposa de Mickey Rooney.

Se convirtió en estrella.

MGM comprendió finalmente lo que tenía.

Le dio papeles junto a Clark Gable y otros grandes actores.

Los fotógrafos llenaron las revistas con su rostro.

Los hombres la deseaban.

Las mujeres copiaban su maquillaje.

Por primera vez, Ava poseía dinero, fama y poder.

Y entonces apareció Frank Sinatra.

Él estaba casado.

Tenía tres hijos.

Y su carrera se encontraba al borde del colapso.

Ella estaba en la cima.

Aquella diferencia sería el combustible de una de las relaciones más famosas, violentas y dolorosas de Hollywood.

PARTE 3

Frank Sinatra no era físicamente imponente, pero llenaba cualquier habitación.

Poseía una intensidad nerviosa que Ava reconoció inmediatamente.

Era inseguro, temperamental, celoso y profundamente vulnerable.

Ella también.

Habían coincidido antes, pero el verdadero encuentro ocurrió cuando Ava estaba en la cumbre y Frank comenzaba a caer.

Sus discos ya no se vendían como antes.

Los estudios habían perdido interés.

La imagen de joven romántico se estaba desgastando.

Seguía casado con Nancy Barbato, su novia de juventud y madre de sus hijos.

Ava sabía todo aquello.

También sabía que acercarse a él provocaría un escándalo.

No le importó.

La relación comenzó con una fuerza que borró cualquier precaución.

Salían juntos en público.

Asistían a clubes y combates de boxeo.

La prensa se abalanzó sobre ellos.

Frank fue acusado de abandonar a su familia.

Ava fue presentada como una mujer peligrosa que había destruido un matrimonio.

MGM exigió que terminara la relación.

Louis B. Mayer la llamó a su despacho y le recordó que el estudio controlaba su imagen.

La joven de dieciocho años habría obedecido.

Ava ya no.

Se negó.

Las amenazas, las críticas y las cartas de odio solo consiguieron acercarlos.

Ava describiría a Frank como el amor de su vida.

Sin embargo, aquel amor no era tranquilo.

Era una guerra.

Bebían.

Discutían.

Se insultaban.

Lanzaban vasos, lámparas y botellas.

Frank era obsesivamente celoso. Ava respondía con la misma intensidad.

Podían gritarse durante horas y terminar abrazados, prometiendo que nadie los comprendería como ellos se comprendían.

En el fondo eran dos personas aterradas ante la posibilidad de ser abandonadas.

Pero utilizaban el miedo para herirse.

Cuando Ava viajó a España para rodar Pandora y el holandés errante, Frank comenzó a llamarla de madrugada.

Sospechaba de cualquier actor, director o torero que se acercara a ella.

Ava disfrutaba provocándolo.

Se relacionó públicamente con el torero Mario Cabré, que escribía poemas sobre ella.

Frank viajó a España furioso.

La discusión comenzó cerca del aeropuerto y continuó durante horas.

La relación era destructiva.

También parecía imposible de terminar.

En 1951, Nancy Sinatra concedió finalmente el divorcio.

Pocos días después, Frank y Ava se casaron.

La ceremonia fue pequeña.

Ava vestía de color malva.

Habían luchado contra el estudio, la prensa, la Iglesia y la opinión pública para estar juntos.

Creyeron que el matrimonio traería paz.

Solo convirtió la guerra en algo legal.

La carrera de Frank seguía hundiéndose.

Perdió contratos, agentes y compañías discográficas.

Ava pagaba los coches, las casas y las cenas.

La ciudad comenzó a llamarlo cruelmente “el señor Ava Gardner”.

Para un hombre orgulloso, aquella situación era insoportable.

Frank se volvió más celoso y desesperado.

Hablaba de quitarse la vida.

Ava intentaba trabajar mientras se convertía en cuidadora de un hombre que la amaba y resentía al mismo tiempo.

En 1952 recibió el papel más importante de su carrera.

Interpretaría a Eloise Kelly en Mogambo, dirigida por John Huston y protagonizada también por Clark Gable y Grace Kelly.

El rodaje se realizaría en África.

Frank viajó hasta allí porque no podía soportar la separación.

Las peleas nocturnas se escuchaban por todo el campamento.

Él estaba celoso de Gable, de Huston y de cualquiera que mirara a su esposa.

Ella estaba agotada.

En medio de aquel caos, Ava descubrió que estaba embarazada.

No era la primera vez.

Ya había interrumpido otro embarazo durante la relación.

Esta vez se encontraba en África, participando en una producción enorme y casada con un hombre inestable que no podía cuidar de sí mismo.

Ava tomó una decisión en secreto.

Dijo que necesitaba realizarse pruebas médicas y viajó a Londres.

Ingresó en una clínica con otro nombre.

Interrumpió el embarazo.

Regresó al rodaje pocos días después.

Frank no lo supo en aquel momento.

Ava cargaría con aquella decisión durante el resto de su vida.

Años más tarde explicaría que ellos no podían cuidar ni siquiera de sí mismos.

¿Cómo iban a cuidar a un niño?

Mogambo fue un triunfo.

Ava recibió una nominación al Óscar.

Había demostrado que no era únicamente un rostro.

Frank, en cambio, estaba prácticamente acabado.

Entonces surgió una oportunidad.

Se preparaba una película llamada De aquí a la eternidad.

Frank quería interpretar a Angelo Maggio, un soldado pequeño, orgulloso y condenado.

Los productores no confiaban en él.

Ava utilizó toda su influencia.

Habló con personas cercanas al estudio.

Insistió.

Presionó.

Convirtió el papel en una posibilidad real.

Frank recibió el trabajo por un salario modesto.

Entregó al personaje toda su rabia y su humillación.

Ganó el Óscar al mejor actor secundario.

Su carrera resucitó.

Ava había salvado al hombre que amaba.

Pero, cuando Frank recuperó el poder, el equilibrio de la relación volvió a cambiar.

Ya no era el esposo desempleado de una gran estrella.

Volvía a ser Sinatra.

Rodeado de admiradores, contratos y mujeres.

Ava comenzó a esperar sus llamadas del mismo modo en que él había esperado las de ella.

El amor seguía vivo.

El matrimonio estaba muerto.

En 1953, Ava aceptó rodar La condesa descalza en Europa.

Desde allí le comunicó a Frank que quería divorciarse.

Tenía treinta y un años.

Había alcanzado todo aquello que la niña de Grabtown había deseado.

Dinero.

Seguridad.

Fama.

Pero se sentía completamente sola.

PARTE 4

Europa le ofreció a Ava algo que Hollywood nunca había sabido darle.

Espacio.

En Italia y España no necesitaba comportarse como una estrella cuidadosamente fabricada.

Podía discutir en público, beber vino, bailar hasta la madrugada y hablar con libertad.

El continente no intentaba ocultar su intensidad.

La celebraba.

La condesa descalza parecía escrita para ella.

Interpretaba a María Vargas, una bailarina española de origen humilde descubierta por la industria cinematográfica y transformada en una estrella internacional.

La protagonista era admirada por todos y comprendida por casi nadie.

Buscaba libertad entre productores, aristócratas y hombres que querían poseerla.

Ava no necesitaba imaginar aquel dolor.

Lo había vivido.

La película convirtió su propia historia en una tragedia elegante.

Después del rodaje, decidió no regresar definitivamente a Hollywood.

Se instaló en Madrid.

Compró una casa en La Moraleja y comenzó una etapa que se convertiría en leyenda.

Sus fiestas duraban hasta el amanecer.

Había músicos, actores, escritores, aristócratas, toreros y personas que aparecían sin invitación y permanecían durante días.

Ava aprendió español, aunque gran parte de su vocabulario no habría sido aprobado por ninguna profesora.

Bailaba flamenco.

Frecuentaba los tablaos.

Se sentaba cerca de la barrera en las plazas de toros.

La tauromaquia la fascinaba porque representaba la vida de la manera en que ella la entendía.

Una lucha estilizada contra algo inevitable.

Belleza, peligro y muerte dentro del mismo círculo.

Naturalmente, se enamoró de Luis Miguel Dominguín.

No era simplemente un torero.

Era una celebridad nacional, arrogante, valiente y acostumbrada a ser obedecida.

Ava encontró por fin a un hombre cuya seguridad podía competir con la suya.

La relación fue pública, intensa y escandalosa.

Se besaban delante de fotógrafos y discutían en hoteles.

La sociedad conservadora española observaba con indignación.

El público observaba con fascinación.

Dominguín estaba comprometido con otra mujer.

Ava sabía que no encajaba dentro de la vida tradicional que él terminaría eligiendo.

La relación se consumió como tantas otras cosas en su vida.

Rápidamente y con fuego.

En España también encontró una amistad más profunda.

Ernest Hemingway.

El escritor admiraba su valentía, su humor y su capacidad para vivir sin fingir.

Ava lo llamaba papá.

Hemingway la trataba como una igual.

No se burlaba de su educación.

No intentaba transformarla.

No le pedía que leyera determinados libros para demostrar que era inteligente.

Para Ava, aquella amistad tenía un valor inmenso.

Artie Shaw la había convencido de que era estúpida.

Hemingway le hizo comprender que una persona podía poseer inteligencia sin hablar como un profesor.

Durante aquellos años, Ava eligió trabajos que le permitieran viajar.

Interpretó a una mujer dividida entre culturas en Cruce de destinos.

Participó en Fiesta, basada en una novela de Hemingway, encarnando a Lady Brett Ashley.

Era otra mujer hermosa, libre y profundamente triste.

Otra mujer amada por varios hombres e incapaz de encontrar paz con ninguno.

Frank seguía presente.

El divorcio no había terminado con su relación.

Hablaban por teléfono durante horas.

Podían comenzar recordando una canción y terminar gritándose.

Después lloraban.

Y siempre, de una manera u otra, aparecía la misma frase.

Te quiero.

Frank enviaba flores cuando Ava estrenaba una película.

Llamaba cuando estaba enferma.

Seguía sus relaciones desde lejos.

Ella escuchaba sus discos en Madrid.

Reconocía en las canciones sobre bares vacíos, amores perdidos y noches solitarias algo de sí misma.

Ninguno podía vivir con el otro.

Ninguno podía liberarse por completo.

A finales de los años cincuenta, la vida española comenzó a cobrarle un precio.

Las noches duraban demasiado.

El alcohol dejó de ser una celebración y se convirtió en costumbre.

Los escándalos molestaban cada vez más a las autoridades conservadoras.

Ava ya no era una joven estrella de veintiséis años.

El cansancio empezaba a aparecer en su rostro y en su cuerpo.

Todavía realizó grandes trabajos.

En La hora final interpretó a una mujer que espera la muerte en un mundo destruido por una guerra nuclear.

El rodaje en Australia provocó nuevos conflictos con la prensa. Cuando le preguntaron por el país, respondió que era un lugar perfecto para filmar el fin del mundo.

La frase fue considerada una ofensa.

Ava no se disculpó.

Decía lo que pensaba.

Aquella sinceridad era su orgullo.

También su problema.

Al comenzar los años sesenta, España ya no parecía una libertad.

Parecía otra fiesta de la que no sabía cómo marcharse.

Abandonó Madrid.

Pasó un tiempo en Suiza, pero el orden y la tranquilidad le resultaron insoportables.

Necesitaba una ciudad donde pudiera desaparecer sin sentirse enterrada.

Encontró ese lugar en Londres.

Sin embargo, antes de retirarse, todavía le quedaba una interpretación capaz de demostrar todo aquello que Hollywood había tardado demasiado en reconocer.

La noche de la iguana.

PARTE 5

Cuando John Huston llamó a Ava para ofrecerle el papel de Maxine Faulk, ella tenía cuarenta y un años.

Maxine no era una mujer joven ni una figura elegante.

Era la propietaria de un hotel en México.

Viuda.

Ruidosa.

Sensual.

Desesperadamente sola.

Otras estrellas habrían rechazado el papel porque mostraba el paso del tiempo.

Ava lo aceptó precisamente por eso.

El rodaje se realizó cerca de Puerto Vallarta, en un lugar aislado, caluroso y lleno de insectos.

El reparto parecía diseñado para provocar un desastre.

Richard Burton interpretaba a un sacerdote expulsado de la Iglesia.

Elizabeth Taylor, aunque no formaba parte de la película, apareció acompañándolo. Su relación era en ese momento el mayor escándalo romántico del mundo.

También estaban Deborah Kerr y la joven Sue Lyon.

La prensa internacional llegó persiguiendo a Burton y Taylor.

Por primera vez, Ava no era el centro del escándalo.

Aquello la liberó.

Pudo trabajar.

Permitió que el sudor arruinara su cabello.

No exigió iluminación perfecta.

Utilizó su voz áspera, marcada por el tabaco y el alcohol.

No interpretó a Maxine como una caricatura.

La convirtió en una mujer aterrada ante la idea de terminar sola.

En una de las escenas más importantes, Maxine pide compañía.

No grandes promesas.

No pasión.

Solo alguien con quien hablar.

Ava comprendía aquella necesidad.

La actuación fue una confesión.

La crítica la elogió.

Muchos dijeron que nunca había estado mejor.

La mujer que durante años temió ser un fraude demostró que era una artista.

No poseía la técnica teatral de otras actrices.

Poseía algo más difícil de enseñar.

Verdad.

Después de La noche de la iguana, su carrera comenzó a disminuir.

Hollywood estaba cambiando.

Llegaban actores más jóvenes y nuevas formas de hacer cine.

A Ava le ofrecían papeles secundarios, madres, emperatrices o antiguas bellezas.

Participó en películas como La Biblia y Mayerling.

Después aceptó trabajos principalmente por dinero.

En 1968 decidió establecerse definitivamente en Londres.

Alquiló un piso elegante en Ennismore Gardens, cerca de Knightsbridge.

No era una mansión espectacular.

Era un lugar cómodo donde podía salir sin que una multitud la siguiera.

Los británicos respetaban su intimidad.

Ava podía pasear al perro, visitar tiendas y caminar por Hyde Park sin convertirse inmediatamente en espectáculo.

Durante un tiempo, aquello fue suficiente.

Vivía acompañada por su perro y por personas de confianza que cuidaban de la casa.

Se levantaba tarde.

Leía.

Veía televisión.

Bebía por las noches.

El apartamento se convirtió en refugio y fortaleza.

Frank seguía llamando.

Su relación había cambiado.

Ya no eran los amantes que destruían habitaciones.

Eran dos supervivientes unidos por recuerdos que nadie más comprendía.

Ava podía telefonearlo estando borracha y triste.

Él podía llamarla únicamente para comprobar que seguía bien.

Frank ayudaba discretamente con sus finanzas y su atención médica.

La estrella que había ganado millones era generosa y desorganizada con el dinero. Había mantenido a miembros de su familia y gastado sin pensar demasiado en el futuro.

No era completamente pobre.

Pero tampoco poseía la fortuna que el público imaginaba.

Frank enviaba dinero, pagaba seguros y resolvía problemas sin anunciarlo.

Cuando Ava ingresaba en un hospital, aparecían flores sin nombre.

Todos sabían quién las había enviado.

Él continuaba protegiéndola.

Pero la protección de Frank nunca era completamente libre de control.

Ava siguió actuando ocasionalmente.

Participó en películas de desastres y producciones internacionales que aprovechaban su nombre más que su talento.

Las críticas se concentraban en su edad y su apariencia.

Cada comentario le dolía.

Durante toda la vida había temido que el mundo descubriera que solo era una campesina sin educación que había conseguido engañarlos gracias a su rostro.

Cuando el rostro empezó a cambiar, creyó que el engaño quedaría expuesto.

Existe una historia de aquellos años.

Quizá fue modificada con el tiempo, pero resume una verdad profunda.

Ava estaba frente al espejo, llorando.

Una persona de su confianza le preguntó qué ocurría.

Ella respondió:

—Soy tan hermosa… y estoy tan sola.

La belleza había sido su salida de la pobreza.

También se había convertido en una barrera.

Los hombres se acercaban atraídos por la imagen.

Después intentaban poseerla, corregirla o utilizarla.

Ava reaccionaba luchando.

A veces expulsaba de su vida incluso a quienes querían permanecer.

Con el paso de los años salió menos.

Las fiestas terminaron.

La respiración se volvió difícil.

Había fumado durante décadas.

El alcohol ya no era parte de una celebración.

Era una necesidad privada.

El miedo infantil a la pobreza regresó.

Ava estaba enferma, envejecía y no podía contar con nuevos papeles.

Solo le quedaba una propiedad realmente valiosa.

Su historia.

En 1986 aceptó grabar unas memorias sin censura.

Por primera vez iba a contar todo.

Los matrimonios.

Las peleas.

Los abortos.

Frank.

No sabía que, cuando finalmente encontrara su voz más verdadera, su cuerpo estaría a punto de arrebatársela.

PARTE 6

El escritor Peter Evans se sentó frente a Ava con una grabadora.

La mujer que hablaba no se parecía a la imagen pulida de las películas.

Su voz era ronca.

El acento de Carolina del Norte, que MGM había intentado eliminar, regresaba entre las palabras.

Bebía, fumaba y contaba historias con una franqueza brutal.

Habló de Mickey Rooney.

De sus infidelidades.

De las noches en que ella esperaba mientras él perseguía a otras mujeres.

Habló de Artie Shaw.

Décadas después, todavía le dolía recordar cómo la había hecho sentirse inferior delante de personas cultas.

Habló de Howard Hughes, del control, de la obsesión y de los conflictos.

Pero el centro del libro era Frank.

Durante años había protegido sus secretos.

Ahora necesitaba dinero y sentía que el tiempo terminaba.

Contó las discusiones, los objetos rotos y los celos.

Contó los momentos en que ambos hablaron de morir.

Habló de los dos embarazos interrumpidos.

Fue la confesión más dolorosa.

Ava había amado a Frank profundamente.

También sabía que juntos eran incapaces de construir un hogar seguro para un niño.

—No podíamos cuidarnos ni nosotros mismos —explicó—. ¿Cómo íbamos a cuidar de un bebé?

Las grabaciones estaban creando una versión de su vida que ningún estudio habría aprobado.

No era la historia de una diosa.

Era la historia de una mujer divertida, herida, vulgar, brillante, contradictoria y cansada.

Entonces sufrió un grave derrame cerebral.

La enfermedad dejó parte de su cuerpo paralizado y afectó su capacidad para hablar.

La voz que finalmente estaba contando la verdad quedó rota.

Frank se enteró y actuó de inmediato.

Organizó transporte médico.

Pagó especialistas.

Se encargó de que tuviera enfermeras y cuidados permanentes.

No permitiría que Ava muriera sin atención.

Volvió a ser su protector.

Después descubrió el contenido del libro.

Supuestamente, las grabaciones incluían asuntos que él consideraba privados y humillantes.

Frank exigió que el proyecto fuera detenido.

Amenazó con acciones legales contra el escritor, la editorial e incluso contra Ava.

Ella estaba atrapada.

El hombre que pagaba por sus médicos y enfermeras era también quien intentaba controlar lo que podía contar.

Era la contradicción que había definido toda su relación.

Frank podía salvarla.

También podía encerrarla.

Ava canceló el proyecto.

Las grabaciones quedaron guardadas.

Se preparó después una autobiografía más moderada.

Una versión correcta, entretenida y menos peligrosa.

El libro hablaba de las películas, las estrellas y algunas relaciones, pero evitaba las heridas más profundas.

La voz verdadera permaneció oculta durante décadas.

No se publicaría hasta muchos años después, cuando Ava, Frank y gran parte de las personas mencionadas ya habían muerto.

En sus últimos años, el mundo de Ava se redujo al dormitorio.

Su perro permanecía cerca.

Sus cuidadoras atendían cada necesidad.

Veía televisión.

Escuchaba música.

Los discos de Frank seguían formando parte de sus días.

Las llamadas entre ambos continuaron.

Ya no quedaba energía para los gritos.

La pasión se había transformado en ternura y arrepentimiento.

Eran dos ancianos que conservaban el recuerdo de quienes habían sido.

Frank sabía cómo sonaba Ava antes del derrame.

Ava recordaba al cantante sin contratos que esperaba junto al teléfono.

Nadie más podía comprender completamente lo que habían atravesado.

La salud de Ava continuó empeorando.

La enfermedad pulmonar hacía que cada respiración exigiera esfuerzo.

El cuerpo que Hollywood había vestido, iluminado y vendido como perfecto ya no respondía.

La mujer que había bailado descalza sobre mesas necesitaba ayuda para moverse.

El 25 de enero de 1990, Ava estaba en su cama.

Tenía sesenta y siete años.

No hubo una muerte cinematográfica.

No pronunció un discurso sobre el amor, la libertad o Hollywood.

Miró a la persona que la cuidaba y dijo:

—Estoy muy cansada.

Después murió.

La noticia recorrió el mundo.

Los periódicos recordaron Forajidos, Mogambo y La noche de la iguana.

Publicaron fotografías de la joven de cabello oscuro.

Hablaron de Frank Sinatra, Mickey Rooney y los toreros.

Casi todos utilizaron la misma expresión.

La mujer más hermosa del mundo.

Cuando Frank recibió la noticia, quedó destrozado.

Según personas cercanas, lloró sin poder hablar.

Repetía que la había perdido.

El hombre que había conocido cientos de mujeres comprendía que ninguna había ocupado el lugar de Ava.

Su cuerpo fue trasladado a Carolina del Norte.

Regresó a la tierra de la que había salido siendo una muchacha pobre.

Fue enterrada junto a su familia bajo una lápida sencilla.

Lejos de Hollywood.

Lejos de Madrid.

Lejos de Londres.

Durante el funeral, algunas personas afirmaron haber visto una limusina negra estacionada a distancia.

Nadie bajó.

El vehículo permaneció allí hasta que terminó la ceremonia.

Después desapareció.

Muchos dijeron que era Frank.

Quizá fue una historia creada porque el público necesitaba un último gesto romántico.

Quizá ocurrió exactamente así.

En cualquier caso, Frank se despidió de ella a su manera.

Había sido el gran amor.

La gran herida.

El hombre que la ayudó a sobrevivir.

Y el hombre con quien nunca pudo vivir en paz.

PARTE 7

Después de su muerte, resultó más fácil comprender las contradicciones que habían hecho de Ava Gardner una figura imposible de olvidar.

El estudio había vendido su belleza.

Los periodistas habían vendido sus escándalos.

Los hombres de su vida habían intentado convertirla en el reflejo de sus propias necesidades.

Mickey Rooney quería una esposa hermosa que tolerara sus infidelidades.

Artie Shaw quería una alumna que demostrara su superioridad.

Howard Hughes quería una mujer exclusiva que pudiera controlar.

Frank quería una compañera capaz de igualar su intensidad, pero también de pertenecerle.

Ava rechazó todos aquellos papeles.

Pero también participó activamente en el caos.

Presentarla únicamente como víctima sería otra forma de quitarle poder.

Ella eligió a hombres difíciles.

Eligió las fiestas.

Eligió el alcohol.

Eligió responder a la violencia emocional con violencia emocional.

Eligió España, los toros y las noches interminables.

Sabía que cada decisión tenía un precio.

Aun así, prefería pagar ese precio antes que vivir obedeciendo.

Su lenguaje era parte de su defensa.

Ava podía insultar con una creatividad capaz de sorprender a marineros y camareros.

No era simplemente vulgaridad.

Era una barrera.

La joven que había sido corregida y humillada aprendió a utilizar palabras duras antes de que otras personas descubrieran sus puntos débiles.

Cuando conoció a Deborah Kerr, actriz refinada y aparentemente opuesta a ella, Ava la puso a prueba con una frase llena de palabrotas.

Kerr respondió con otra todavía peor.

Se hicieron amigas.

Ava necesitaba personas que no retrocedieran ante su realidad.

Por debajo de aquella dureza seguía existiendo la inseguridad que Artie Shaw había alimentado.

Temía las entrevistas.

Pensaba que no era suficientemente culta.

Creía que su éxito era consecuencia exclusiva de su belleza.

La amistad con Hemingway resultó importante porque él nunca le exigió demostrar inteligencia mediante títulos o lecturas.

Le interesaba su valentía.

Su capacidad para mirar de frente el peligro.

Hemingway veía en ella a una mujer que vivía con la misma intensidad que los personajes de sus novelas.

El debate sobre su talento también continuó después de su muerte.

Durante demasiado tiempo se repitió que Ava apenas era capaz de actuar.

La evidencia está en sus películas.

En Forajidos utiliza una mirada y una sonrisa para cambiar el destino del protagonista.

En La condesa descalza convierte una historia melodramática en algo personal.

En La hora final transmite el cansancio de una mujer que espera el fin del mundo.

Y en La noche de la iguana abandona cualquier vanidad.

Su interpretación es áspera, dolorosa y humana.

Ava no era una actriz técnica.

No podía producir una emoción falsa con facilidad.

Necesitaba encontrar algo real dentro de sí misma.

Eso la hacía difícil para directores mediocres.

Con un director como John Huston, la convertía en un instrumento extraordinario.

El verdadero fracaso de Hollywood no consistió en contratarla por su belleza.

Consistió en tardar tantos años en buscar el talento que había detrás.

También se discutió su relación con Frank después de la publicación tardía de las grabaciones realizadas con Peter Evans.

La autobiografía oficial era elegante y contenida.

Las conversaciones secretas mostraban otra mujer.

Profana.

Dolida.

Divertida.

Furiosa.

Ava había querido contar esa verdad.

Frank la ayudó económicamente cuando estaba enferma.

También impidió que el libro apareciera en vida.

Una vez más, fue protector y censor.

La persona que la sostuvo fue también quien trató de decidir qué podía decir.

Las grabaciones acabaron publicándose muchos años después.

La voz que el derrame había dañado regresó desde el pasado.

Ava recuperó finalmente el derecho a contar su propia versión.

No era una versión limpia.

Tampoco perfecta.

Pero era suya.

Su importancia no depende únicamente de las películas o de los hombres famosos a los que amó.

Ava representó una clase de estrella femenina que los estudios no podían controlar completamente.

Antes, Hollywood dividía a las mujeres entre buenas y malas.

Esposas correctas o seductoras peligrosas.

Ava se negó a permanecer en una sola categoría.

Era sexual sin pedir perdón.

Podía ser generosa y cruel.

Valiente y aterrada.

Leal y destructiva.

No ocultaba que bebía, discutía o se equivocaba.

Cuando fue criticada por amar a un hombre casado, no presentó una disculpa diseñada por publicistas.

Continuó la relación.

Ava no creó una imagen perfecta.

Convirtió su imperfección en una forma de libertad.

Abrió un camino que después recorrerían otras estrellas capaces de sobrevivir a escándalos, relaciones públicas desastrosas y decisiones consideradas inaceptables para una mujer.

No era un modelo de conducta.

Era un modelo de autonomía.

Una mujer podía ser complicada y continuar existiendo.

Podía tomar malas decisiones sin quedar reducida eternamente a ellas.

Podía rechazar la obediencia, aunque la libertad no garantizara felicidad.

Ava obtuvo aquello por lo que luchó.

Nadie consiguió poseerla por completo.

La pregunta era cuánto había perdido para conseguirlo.

PARTE 8

Ava Gardner salió de Carolina del Norte buscando seguridad.

La encontró en forma de un contrato cinematográfico.

Después descubrió que la seguridad también podía ser una jaula.

MGM pagaba su salario.

A cambio quería su voz, su cuerpo, su imagen y su obediencia.

Mickey Rooney le ofreció matrimonio.

A cambio esperaba libertad para hacer lo que quisiera.

Artie Shaw le ofreció cultura.

A cambio exigía que aceptara sentirse inferior.

Frank Sinatra le ofreció un amor que parecía absoluto.

A cambio, ambos sacrificaron la paz.

Ava pasó la vida escapando de aquello que había deseado.

Dinero.

Fama.

Amor.

Admiración.

Cada cosa llegó unida a una condición.

Por eso España fue tan importante.

Durante un tiempo vivió sin condiciones.

Bebió, bailó, insultó, amó y eligió sus películas.

Los toreros, escritores y músicos no esperaban que pareciera una dama de estudio.

Podía ser ruidosa.

Podía ser Ava.

Pero incluso la libertad puede transformarse en costumbre.

Las fiestas dejaron de ser liberación y se convirtieron en huida.

El alcohol dejó de acompañar la alegría y empezó a ocultar la soledad.

Ava no fue derrotada por un solo hombre ni por Hollywood.

Fue agotada lentamente por una vida vivida a máxima velocidad.

Su historia no es una defensa de cada una de sus decisiones.

Tampoco una condena.

Es la historia de una mujer que prefería equivocarse por elección propia antes que comportarse correctamente dentro de una vida decidida por otros.

En sus últimos años quizá comprendió que la libertad exterior no siempre libera lo que una persona lleva dentro.

Había escapado de los estudios.

De los maridos.

De Estados Unidos.

De España.

Pero no pudo escapar completamente del miedo de la muchacha pobre.

Ni de la voz de Artie Shaw llamándola ignorante.

Ni de la certeza de que su belleza desaparecería.

Ni del recuerdo de los hijos que decidió no tener con Frank.

El apartamento de Londres contenía todos aquellos fantasmas.

También contenía una mujer que había sobrevivido.

Ava había conocido la pobreza extrema.

Había trabajado haciendo camas.

Había viajado a Hollywood sin saber actuar.

Había enfrentado a los hombres más poderosos de la industria.

Había sostenido una película frente a Clark Gable.

Había salvado la carrera de Frank Sinatra.

Había vivido en Madrid como una reina sin corona.

Había sido amiga de Hemingway.

Había interpretado personajes que continúan hablando mucho después de su muerte.

El precio fue alto.

Pero la vida no puede medirse únicamente por la tranquilidad de sus últimos años.

También debe medirse por la fuerza con la que una persona existió.

Ava existió con una intensidad extraordinaria.

Cuando entraba en un restaurante, las conversaciones se detenían.

No solo porque fuera hermosa.

Porque parecía llevar consigo una tormenta.

Las personas esperaban que ocurriera algo.

Con frecuencia ocurría.

Una discusión.

Una carcajada.

Una copa rota.

Un gesto de generosidad.

Una frase que al día siguiente aparecería en los periódicos.

La industria intentó llamarla animal porque no sabía cómo describir a una mujer que rechazaba las órdenes.

El término pretendía reducirla a instinto y apariencia.

Sin embargo, Ava terminó apropiándose de aquella imagen.

Sí, poseía instinto.

Reconocía el peligro.

Atacaba cuando se sentía acorralada.

No aceptaba fácilmente una jaula, aunque estuviera hecha de oro.

El gran error de quienes la amaron fue creer que una mujer acostumbrada a luchar por su supervivencia aceptaría ser propiedad de alguien.

Frank la comprendió mejor que los demás.

Por eso la amó durante toda la vida.

También por eso nunca consiguió vivir en paz con ella.

Los dos querían libertad y lealtad absoluta al mismo tiempo.

Querían que el otro permaneciera disponible sin renunciar a sus propias pasiones.

Era imposible.

Aun así, lo intentaron una y otra vez.

Durante los últimos años, cuando el deseo, los celos y la fuerza física habían desaparecido, quedó algo más sencillo.

Dos personas hablando por teléfono.

Recordando.

Preguntándose por la salud.

Escuchando la respiración del otro.

Quizá esa fue la forma más verdadera de su amor.

No el matrimonio.

No las peleas.

No los disparos contra colchones ni los objetos volando por ventanas.

Solo la certeza de que, al otro lado de una línea, existía alguien que conocía todas las versiones de ti y todavía respondía.

Ava murió cansada.

No domada.

Había perdido movilidad, salud y gran parte de la fortuna.

Pero ninguna persona consiguió convertirla definitivamente en aquello que deseaba.

Ni esposa obediente.

Ni alumna silenciosa.

Ni amante escondida.

Ni reliquia decorativa.

Incluso sus memorias censuradas terminaron rompiendo la puerta años después.

Su voz regresó.

La muchacha de Grabtown, a quien dijeron que hablaba mal, fue escuchada finalmente con su verdadero acento, sus insultos, sus contradicciones y su verdad.

Eso es lo que queda detrás de las fotografías.

No una víctima perfecta.

No una heroína sin errores.

Una mujer que luchó.

A veces contra hombres que querían poseerla.

A veces contra una industria que quería venderla.

Y muchas veces contra sí misma.

Hollywood creó la imagen de Ava Gardner.

Pero no creó su fuego.

Ese fuego ya existía cuando corría descalza por Carolina del Norte.

La cámara simplemente lo encontró.

Durante décadas, el mundo contempló su rostro y lo llamó belleza.

Quienes realmente la conocieron vieron algo más peligroso.

Una voluntad incapaz de aceptar que el amor, la fama o el dinero exigieran obediencia.

Ava Gardner no murió como una estrella derrotada.

Murió como alguien que había gastado toda su fuerza.

El huracán no fue encerrado.

Simplemente dejó de soplar.

Y cuando llegó el silencio, el mundo comprendió que aquella mujer no había sido famosa únicamente porque era hermosa.

Había sido inolvidable porque nadie consiguió convertirla en algo sencillo.

FIN

You Might Also Enjoy