El CASO que PARALIZÓ México: una luna de miel, un marido desaparecido y una amante con su dinero
El CASO que PARALIZÓ México: una luna de miel, un marido desaparecido y una amante con su dinero
Era la mañana del cuarto día de luna de miel. El sol ya calentaba con fuerza sobre la bahía de Hatulco en Oaxaca y Fernanda Solís se despertó sola en la habitación del hotel. La cama del lado de su esposo estaba fría. Su teléfono, su cartera y sus documentos desaparecidos. En la recepción del hotel no había ningún registro de salida.
En la playa tampoco había rastro. Rodrigo Castellanos, 34 años. ingeniero civil, recién casado, simplemente había dejado de existir. Pero lo que los investigadores descubrirían semanas después no era el caso de un hombre que huyó de su matrimonio, ni el de una víctima inocente arrastrada por el mar. Era algo mucho más calculado, mucho más frío y mucho más cercano de lo que nadie habría podido imaginar esa mañana en la bahía. M.
¿Cómo es posible que un hombre desaparezca en su propia luna de miel sin que nadie vea nada? ¿Y qué clase de secreto puede ser tan pesado como para destruir todo lo que alguien construyó en vida? Esto es lo que realmente pasó. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, suscríbete al canal y activa las notificaciones para no perderte ningún caso nuevo.
Y cuéntanos en los comentarios de qué país y ciudad nos están viendo. Tenemos curiosidad por saber dónde está esparcida nuestra comunidad por el mundo. Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que le ocurrió a Rodrigo Castellanos, hay que empezar en el lugar donde él creció, Guadalajara, Jalisco, una ciudad que mezcla con naturalidad la tradición y la modernidad, en donde los fraccionamientos cerrados del poniente contrastan con los barrios populares del oriente y donde las familias de clase media profesional viven pendientes de
las apariencias casi tanto como de sus propias vidas. Rodrigo era el segundo de tres hijos de una familia que había llegado a Guadalajara desde Zamora, Michoacán, a mediados de los años 80. Su padre, don Esteban Castellanos, había trabajado casi 30 años en una empresa constructora mediana hasta convertirse en socio minoritario.
No era una familia rica, pero tampoco era una familia que tuviera que preocuparse por el final de mes. Vivían en una casa en la colonia Chapalita. tenían un automóvil familiar y los tres hijos estudiaron en escuelas privadas de nivel medio. Rodrigo desde pequeño fue metódico. Era el tipo de niño que ordenaba sus crayones por color y que lloraba cuando perdía una pieza de un rompecabezas.
Sus maestros de primaria lo describían como serio para su edad, aunque sus compañeros lo recuerdan como alguien que participaba en los juegos, pero que nunca era quien los iniciaba. Era un observador, uno de esos niños que prefieren entender las reglas antes de moverse. Esa naturaleza lo llevó, casi sin sorpresa para nadie, a estudiar ingeniería civil en la Universidad de Guadalajara.
fue buen estudiante, aunque nunca extraordinario. Lo que sí fue extraordinario fue su disciplina para los proyectos de largo plazo. Mientras sus compañeros brincaban de empresa en empresa, durante los primeros años después de graduarse, Rodrigo se quedó en la misma constructora, donde había hecho su servicio social, y fue ascendiendo con paciencia y sin aspavientos.
Para cuando cumplió 32 años, era coordinador de obra en proyectos de infraestructura urbana en la zona metropolitana de Guadalajara. Fue en ese contexto de relativa estabilidad cuando conoció a Fernanda Solís. Fernanda tenía 30 años cuando se cruzó con Rodrigo en una boda en Tlaquepaque en el verano de 2019.
Ella era maestra de inglés en una preparatoria privada del municipio de Zapopán, hija única de una familia tapatía de clase media, con una personalidad que quienes la conocían describían como cálida, pero también intensa. Era de las personas que se involucran del todo en las cosas que les importan.
Si le gustaba una serie, la veía completa en un fin de semana. Si quería aprender algo, lo aprendía hasta dominarlo. No esa misma intensidad fue la que puso en su relación con Rodrigo. Se hicieron novios tres meses después de la boda donde se conocieron. Durante el año y medio de noviazgo vivieron en departamentos separados, pero casi todos los fines de semana estaban juntos.
Rodrigo la llevó a conocer Patcaro, que era una ciudad que a él le gustaba mucho. Y Fernanda lo convenció de ir a un concierto de música clásica en el teatro de Gollado, algo que él nunca habría hecho solo. Quienes los conocían los describían como una pareja equilibrada. Ella ponía el entusiasmo, él ponía la dirección.
Se comprometieron en diciembre de 2020 en plena pandemia con una cena íntima en casa de los papás de Fernanda. La boda se pospuso dos veces por las restricciones sanitarias y finalmente se celebró en marzo de 2022 en un salón de eventos en la colonia Providencia con aproximadamente 120 invitados. Fue una boda sencilla, pero bien organizada, como todo lo que hacía Rodrigo.
La luna de miel estaba planeada desde hacía meses. Guatulco era una elección que a los dos les gustaba, no tan masificada como Cancún, no tan cara como los Cabos, con una bahía tranquila y una gastronomía oaxaqueña que Fernanda había querido conocer desde hacía tiempo. Reservaron siete noches en un hotel frente al mar, en la bahía de Santa Cruz.
Salieron de Guadalajara el lunes 14 de marzo de 2022 en un vuelo de la mañana. Los primeros tres días fueron, según contó Fernanda después, completamente normales. Rodrigo estaba tranquilo, incluso más relajado de lo que solía estar. Fueron a la playa, probaron restaurantes locales, tomaron un paseo en lancha por las bahías. La noche del miércoles 16, necenaron en un restaurante frente al mar, cerca del hotel y regresaron temprano porque Rodrigo dijo que estaba cansado.
Fernanda se quedó leyendo un rato en la terraza de la habitación mientras él se dormía. El jueves 17 de marzo de 2022 a las 7:14 de la mañana, Fernanda abrió los ojos y lo primero que notó fue el silencio. No el silencio tranquilo de las vacaciones, el silencio equivocado, el que ocupa el espacio donde debería haber otra persona respirando.
Fernanda tardó unos minutos en entender lo que estaba viendo. La cama estaba hecha del lado de Rodrigo, algo que llamó su atención porque Rodrigo nunca hacía la cama en las mañanas. Fue al baño vacío, salió a la terraza. [música] Nadie llamó a su teléfono. Silencio. Fue entonces cuando se fijó en los detalles que faltaban, el reloj de Rodrigo, que siempre dejaba en la mesita de noche y no estaba.
Su cartera tampoco. Sus zapatos no estaban en el lugar donde los había dejado la noche anterior. Bajó a recepción en pijama, descalza, con el corazón ya en la garganta. El empleado de turno le confirmó que no había ningún registro de salida, ninguna llave de vuelta. Nadie había visto a su esposo salir esa mañana, aunque admitió que el turno nocturno había cambiado a las 6 de la madrugada y el empleado anterior no le había comunicado nada particular.
Fernanda presentó el reporte en la delegación de la policía municipal de Santa María Hatulco a las 9:40 de la mañana. El agente que la atendió inició un acta de persona no localizada que en México no es lo mismo que una denuncia por desaparición. Para activar el protocolo de búsqueda inmediata se necesitaba que transcurrieran al menos 24 horas, de salvo que hubiera indicios de violencia, en ese momento no lo sabía.
Sin embargo, algo en el relato de Fernanda hizo que el subcomandante de turno, el agente Aurelio Pastrana, de 41 años y con 15 de experiencia en la zona costera, decidiera no esperar. Había algo en los detalles que no cuadraba. Un hombre recién casado en luna de miel, sin historial de problemas de salud mental conocidos, que desaparece en la madrugada llevando consigo sus documentos y su cartera, pero dejando su teléfono cargando en la habitación. Esperen.
Eso es exactamente lo que Fernanda no les había dicho. El teléfono de Rodrigo estaba en la habitación cargando en el mismo lugar donde siempre lo dejaba. Eso fue lo primero que desestabilizó la hipótesis más cómoda, que el hombre simplemente había decidido irse. La gente que decide irse de forma voluntaria casi nunca deja su teléfono.
No en 2022, no cuando el teléfono contiene el acceso a cuentas bancarias, a contactos, a mapas, a absolutamente todo. El subcomandante Pastrana solicitó ese mismo día el apoyo de la Fiscalía General del Estado de Oaxaca, que envió a dos agentes investigadores desde Salina Cruz. Para la tarde del jueves ya había un operativo de búsqueda activo en las bahías de Santa Cruz, Chaghé y Tangolunda.
Se revisaron playas, accesos al mar, caminos de terracería cercanos. Los marinos de la Secretaría de Marina que operan en la zona realizaron recorridos de superficie en las bahías interiores. No encontraron nada. El viernes 18, la familia de Rodrigo llegó desde Guadalajara, su madre, su hermano mayor Héctor y una tía que viajó junto con ellos.
Fernanda los esperó en el hotel y la escena que describieron quienes estuvieron presentes fue de una mujer deshecha, pero funcionando, haciendo llamadas, respondiendo preguntas de los agentes, coordinando. Algunos lo interpretaron como fortaleza, otros, con el tiempo lo recordarían de otra manera.
Ese mismo viernes, los investigadores revisaron el teléfono de Rodrigo con autorización de Fernanda. Encontraron lo que encontrarían en el teléfono de cualquier persona, mensajes de trabajo, fotos de la boda, conversaciones con amigos. Nada alarmante a primera vista. Pero había algo que sí llamó la atención de los agentes.
La última llamada recibida en ese teléfono había sido el miércoles 16 por la noche a las 23:47, 12 minutos después de que según Fernanda ya estaban de regreso en el hotel. Era una llamada de un número que no estaba guardado en la agenda. Duró 43 segundos. Los agentes anotaron el número y siguieron trabajando. Lo que no sabían todavía era que ese número, ese detalle aparentemente menor, era la primera grieta visible en una historia que llevaba mucho más tiempo fracturándose por dentro.
Durante las primeras semanas después de la desaparición de Rodrigo, Hatulco se convirtió en un lugar al que nadie quería regresar, pero que todos seguían mencionando. Los medios locales de Oaxaca cubrieron el caso con interés moderado. Un hombre desaparecido en luna de miel era una nota que generaba cierta atención, pero sin cadáver y sin evidencia de violencia, la historia no tenía suficiente sustancia para mantenerse en los noticieros nacionales más de cuatro o cco días.
Na Fernanda regresó a Guadalajara el 22 de marzo, 9 días después de que Rodrigo desapareciera, regresó sola con el equipaje de los dos. Se instaló en el departamento que ella tenía antes de casarse, porque la casa que habían planeado rentar juntos aún no estaba disponible. Pidió una licencia en la preparatoria donde trabajaba.
Quienes la vieron en esas semanas describieron a una mujer que alternaba entre momentos de aparente serenidad y otros de derrumbe total. Lloraba en los momentos que nadie esperaba y en los momentos en que todos esperaban que llorara, no lloraba. La madre de Rodrigo, doña Carmen, tomó las riendas de la búsqueda desde Guadalajara con una determinación que muchos admiraron y que otros encontraron agotadora.
Contrató a un abogado privado para dar seguimiento a las investigaciones en Oaxaca, publicó carteles con la foto de su hijo en foros de internet. y acudió a la Comisión Estatal de Búsqueda de Personas para exigir que el caso se mantuviera activo. Era una mujer de 62 años que había enterrado a su esposo 4 años antes por un infarto y que no estaba dispuesta a enterrar a su hijo sin saber qué había pasado.
La relación entre doña Carmen y Fernanda fue cordial en los primeros meses, pero con una tensión que los conocidos de ambas percibían sin que nadie la nombrara directamente. Doña Carmen preguntaba mucho sobre los días en Hatulco, sobre la última noche, sobre la llamada que habían recibido a casi medianoche.
Fernanda respondía, pero sus respuestas eran siempre un poco más cortas de lo que doña Carmen esperaba. La llamada del número desconocido fue rastreada por los investigadores sin mayor dificultad técnica. Era una línea prepagada registrada en una tienda de telefonía en la colonia obrera de Ciudad de México. No había nombre.
El chip había sido adquirido en efectivo aproximadamente 3 meses antes de la desaparición. El teléfono con ese chip nunca volvió a tener actividad después del 16 de marzo. Eso cerraba una puerta, pero habría una pregunta que los investigadores comenzaron a hacerse en voz baja. ¿Quién llama a un recién casado a medianoche desde un número desechable? Las teorías que circularon en los meses siguientes fueron, como suele pasar en estos casos, varias y contradictorias.
La primera, y la más extendida fue que Rodrigo había tenido algún problema con personas vinculadas a actividades ilícitas en Oaxaca y ya fuera deudas de juego o alguna transacción informal. Esta teoría la descartaron los investigadores con relativa rapidez. No había antecedentes de ese tipo de comportamiento en el historial de Rodrigo.
Sus cuentas bancarias no mostraban movimientos irregulares en los meses previos y los empresarios y conocidos de la zona con quienes los agentes hablaron no tenían nada que vincular a su nombre a ese tipo de ambientes. La segunda teoría, más incómoda, pero igualmente considerada, fue que Rodrigo había huído de forma voluntaria. Hay casos documentados de personas que aprovechan un viaje para desaparecer de sus vidas.
Deudas no declaradas, relaciones paralelas, presiones familiares que nunca se comunicaron. Pero esta hipótesis también presentaba problemas. el teléfono dejado atrás, en la ausencia de movimientos en sus cuentas bancarias después del 17 de marzo y el hecho de que ningún familiar, amigo o compañero de trabajo reportó haber recibido contacto de él en ningún momento posterior.
Sus cuentas bancarias, de hecho, se convirtieron en uno de los elementos centrales de la investigación. Rodrigo tenía dos cuentas en dos bancos distintos. Ninguna de las dos tuvo movimientos después del 16 de marzo. El saldo combinado era de aproximadamente 84,000 pesos, suficiente para vivir varios meses, pero no una cantidad que sugiriera una planificación de huida de largo plazo.
Lo que sí llamó la atención de los investigadores cuando revisaron el historial completo de esas cuentas fue un patrón de retiros en efectivo que había comenzado aproximadamente 8 meses antes de la desaparición. Ali, cantidades de entre 3 y 5,000 pesos a intervalos irregulares, sacadas siempre en cajeros de colonias distintas a las que Rodrigo frecuentaba habitualmente.
No era una cantidad alarmante en términos absolutos, pero el patrón era inusual para alguien cuyo perfil financiero era de una consistencia casi aburrida. Nadie en ese momento sabía a dónde iba ese dinero. El caso quedó técnicamente abierto, pero operativamente estancado durante casi 8 meses.
La Fiscalía de Oaxaca mantenía un expediente activo, pero sin nuevas evidencias que procesar, las investigaciones se habían reducido a esperar. Doña Carmen llamaba al abogado cada semana. Fernanda había regresado a trabajar en septiembre. La vida seguía su curso con esa brutalidad silenciosa que tiene el tiempo cuando pasa por encima de las tragedias sin resolverlas.
Y ahí entonces llegó noviembre. El 9 de noviembre de 2022, una empleada de limpieza de un edificio de departamentos en la colonia Nápoles, en Ciudad de México, encontró una caja de cartón en el cuarto de basura del tercer piso, que no correspondía a ninguno de los departamentos de ese nivel. Era una caja de tamaño mediano cerrada con cinta de empaque.
La empleada, siguiendo el protocolo del edificio, la llevó a la administración. El administrador la abrió. Dentro había ropa de hombre, documentos personales y una cartera de piel café. Los documentos incluían una credencial del INE, una licencia de conducir y dos tarjetas bancarias. El nombre en todos ellos era el mismo, Rodrigo Castellanos Herrera.
El administrador llamó a la policía. Ese hallazgo llegó a los investigadores de la Fiscalía de Oaxaca 4 días después. En el 13 de noviembre, a través de una alerta del Sistema Nacional de Personas desaparecidas, el expediente se reactivó de inmediato. Los agentes coordinaron con la Fiscalía de la Ciudad de México para obtener acceso al edificio y comenzar a rastrear el origen de la caja.
El cuarto de basura del tercer piso era compartido por cuatro departamentos. Tres de esos departamentos estaban ocupados por familias con varios años viviendo ahí. El cuarto departamento, el 3D, había sido rentado 9 meses antes por una mujer que firmó el contrato con el nombre de Lucía Andrade Peñaloza, de 29 años, originaria de Ciudad de México, con una dirección anterior en la colonia del Valle.
La mujer había pagado tres meses de depósito por adelantado en efectivo para el momento en que los investigadores llegaron al edificio y el departamento 3 de llevaba tres semanas vacío. La mujer llamada Lucía Andrade se había ido sin avisar, sin devolver las llaves y sin que ninguno de los vecinos recordara haberla visto salir con maletas o con alguien que la ayudara a mudarse.
Pero tres vecinos la recordaban a ella. Una señora del segundo piso dijo que era una mujer delgada, de cabello oscuro, siempre bien arreglada, que tenía un trabajo que la mantenía fuera del departamento la mayor parte del día. Un vecino del mismo piso dijo que en alguna ocasión había escuchado una voz masculina dentro del departamento, aunque no podía decir cuándo exactamente.
Y la empleada de limpieza, que de pronto tenía mucho más que decir de lo que había dicho al principio, recordó haber visto a esa mujer una mañana de agosto salir del edificio acompañada de un hombre moreno y de complexión media que cargaba una mochila. Los investigadores le mostraron una fotografía de Rodrigo Castellanos. La empleada de limpieza tardó menos de 10 segundos en responder. Era él.
Lo que vino después fue una investigación que se aceleró con la fuerza de alguien que había estado conteniendo la respiración durante 8 meses y de pronto podía exhalar. El nombre Lucía Andrade Peñaloza existía. era una persona real nacida en 1993 con domicilio registrado en la colonia del Valle.
Pero cuando los agentes fueron a ese domicilio, encontraron a una familia que no sabía nada de ningún departamento en Nápoles. La Lucía Andrade Real era contadora, estaba casada, tenía dos hijos y nunca había rentado nada en esa colonia. Sus documentos habían sido usados sin su conocimiento y alguien había rentado ese departamento usando una identidad robada, pagando en efectivo, desapareciendo sin rastro.
Los investigadores regresaron al edificio de Nápoles con una perspectiva distinta. Revisaron las cámaras de los negocios de la zona, una farmacia en la esquina, una lavandería a media cuadra, un cajero automático del banco frente al edificio. Las imágenes de la mayoría de esas cámaras ya no existían, borradas automáticamente por los sistemas de almacenamiento de ciclo corto, pero el cajero tenía un sistema de respaldo que guardaba imágenes por un año.
En esas imágenes, entre agosto y octubre de 2022, aparecía en tres ocasiones distintas un hombre que usaba el cajero en la banqueta de ese banco, un hombre moreno de complexión media con una gorra oscura. Los agentes tomaron los fotogramas y los mandaron procesar. Ma era Rodrigo Castellanos. Rodrigo Castellanos estaba vivo.
Había estado viviendo en un departamento de la colonia Nápoles con una mujer cuya identidad real se desconocía y sus propios documentos, cartera y ropa, habían aparecido en la basura del edificio tres semanas después de que esa mujer desapareciera. La investigación giró 180 gr en cuestión de días.
Rodrigo era una víctima que había sido retenida en ese departamento o era alguien que había planeado su propia desaparición para comenzar una vida distinta y algo había salido mal. El agente Pastrana, que para entonces había solicitado ser incluido formalmente en el equipo de investigación en coordinación con la Fiscalía de la Ciudad de México, tenía una intuición que no podía todavía sustentar con evidencia.
na había algo en el patrón de los retiros en efectivo de los meses previos a la desaparición en la llamada del número desechable la noche del 16, en el hecho de que el teléfono de Rodrigo hubiera sido dejado en la habitación del hotel, mientras su cartera y documentos sí habían salido con él, algo que le decía que la narrativa de la víctima pasiva no cuadraba del todo.
El punto de quiebre llegó cuando los investigadores rastrearon los retiros en efectivo del historial bancario de Rodrigo con mayor precisión geográfica. Tres de esos retiros realizados entre julio y octubre de 2021 habían sido hechos en cajeros de la alcaldía Benito Juárez en Ciudad de México. Rodrigo no había mencionado viajes a la capital en esos meses.
Fernanda tampoco recordaba que él hubiera viajado, pero su tarjeta de presentación profesional de registrada en la empresa constructora donde trabajaba, sí mostraba un viaje de trabajo a la ciudad de México en septiembre de 2021. Un viaje que había durado 4 días durante los cuales Rodrigo había estado supuestamente en reuniones con proveedores de materiales de construcción.
Los proveedores confirmaron la reunión que había durado un día. Los otros tres días no estaban documentados. El agente Pastrana pidió el listado de llamadas del teléfono de Rodrigo correspondiente a septiembre de 2021. El número desechable que había llamado a Rodrigo en Huatulco la noche del 16 de marzo de 2022 aparecía 16 veces en ese listado. 16 llamadas en 4 días.
La persona al otro lado de ese número desechable no era alguien que había llamado una sola vez y era alguien con quien Rodrigo hablaba con regularidad desde hacía al menos 6 meses antes de su desaparición y esa persona había estado con él en Ciudad de México. El equipo de investigación comenzó a construir el perfil de la mujer del departamento de Nápoles con los datos fragmentarios que tenían.
femenino, aproximadamente 28 a 32 años, cabello oscuro, complexión delgada, que usaba una identidad falsa, que pagaba en efectivo, que había conseguido que Rodrigo Castellanos desapareciera de su vida en Guadalajara y apareciera viviendo con ella en Ciudad de México. El trabajo de identificación tomó tres semanas más y requirió la colaboración de dos fiscalías distintas.
Lo que encontraron cambió por completo el sentido del caso, porque la mujer no era una extraña, era alguien que había estado de una forma u otra e en la periferia de la vida de Rodrigo desde mucho antes de que Fernanda existiera en ella. Su nombre real era Daniela Fuentes Ochoa, 30 años, originaria de Zapopan, Jalisco.
Había estudiado administración de empresas en una universidad privada de Guadalajara y trabajado varios años en una empresa de consultoría financiera. Tenía una cuenta bancaria activa, un historial crediticio limpio y ningún antecedente penal y había conocido a Rodrigo Castellanos en 2017. 5 años antes de su desaparición, a través de un compañero de trabajo en común, habían tenido una relación que duró aproximadamente un año y medio.
Una relación que terminó según lo que reconstruyeron los investigadores a partir de testimonios de personas cercanas a ambos, sin violencia, sin grandes escenas, pero con una asimetría clara. Él quería que terminara. Te ella no. Rodrigo conoció a Fernanda en 2019. Daniela Fuentes en ese mismo año se mudó a Ciudad de México cuando los investigadores ubicaron a Daniela Fuentes y la citaron a declarar en las oficinas de la Fiscalía de la Ciudad de México, el 8 de diciembre de 2022 ella llegó sola, sin abogado y con una
versión de los hechos que nadie esperaba escuchar. dijo que Rodrigo la había contactado en agosto de 2021, que había sido él quien la había buscado, que le dijo que estaba en una relación que no lo hacía feliz, que el compromiso de matrimonio había sido un error, pero que no sabía cómo salir sin destruir a su familia, que le pidió ayuda para desaparecer.
Dijo que ella había rentado el departamento de Nápoles, que había gestionado los documentos falsos, que habían planeado juntos. Cada paso de lo que ocurrió en Huatulco, que Rodrigo se había levantado solo esa madrugada del 17 de marzo, había tomado taxi al aeropuerto de Huatulco, había tomado un vuelo con documentos alterados a Ciudad de México y había llegado al departamento antes del mediodía.
dijo que habían vivido juntos durante varios meses, que él trabajaba de forma informal para no dejar rastros que usaban efectivo para todo, y que en octubre de 2022, sin que ella lo viera venir, Rodrigo le dijo que quería irse solo a otro lugar, que el plan había cambiado y que necesitaba seguir adelante sin ella.
Dijo que eso fue lo que la destruyó. Los documentos de Rodrigo, su cartera, su ropa, los había puesto ella en la caja de cartón y los había dejado en el cuarto de basura como una forma de, según sus propias palabras, cerrar algo que no podía cerrar de ninguna otra manera. Na no sabía dónde estaba Rodrigo, o eso dijo. La declaración de Daniela Fuentes tenía una coherencia interna que los investigadores no podían ignorar, pero también tenía huecos que no pasaron desapercibidos.
Si Rodrigo había planeado su desaparición con tanto cuidado, si había dejado el teléfono en la habitación deliberadamente, si había usado documentos alterados para volar, por qué no había vaciado sus cuentas bancarias antes? Porque el dinero seguía ahí intocado. El agente Pastrana le hizo esa pregunta directamente a Daniela en una segunda sesión de declaración.
Ella dudó antes de responder y esa duda, breve como fue, dijo más que sus palabras. Luego dijo que Rodrigo le había pedido que ella pusiera el dinero para los primeros meses, que él le pagaría después, que era parte del plan para no dejar rastros bancarios. Yapastrana sacó los estados de cuenta de Daniela Fuentes que la fiscalía había obtenido mediante orden judicial.
Entre agosto de 2021 y octubre de 2022, Daniela había realizado retiros en efectivo por un total de aproximadamente 220,000 pesos: gastos de renta, alimentos, transporte. Pero también había habido tres transferencias entrantes de cuentas distintas en montos de entre 12 y 18,000 pesos cada una, sin identificación clara del origen.
El rastreo de esas transferencias llevó a los investigadores a una persona que ni siquiera estaba en el radar hasta ese momento. un contador público de 44 años llamado Gerardo Manzano con domicilio en Zapopán, Jalisco, que había sido compañero de Universidad de Daniela Fuentes y que, según tres testigos entrevistados posteriormente, Addie había mantenido una relación cercana con ella durante años.
No romántica, aclararon los testigos, sino de otro tipo, el tipo de relación donde una persona hace cosas por la otra. porque le debe favores o porque la otra tiene sobre ella información que preferiría que no se divulgara. Gerardo Manzano, cuando fue citado a declarar, eligió llegar con abogado. Lo que dijo con el abogado presente fue significativamente menos que lo que su historial financiero estaba diciendo por él.
Las transferencias a la cuenta de Daniela habían salido de cuentas intermediarias que finalmente llevaban a una empresa de servicios administrativos, cuyo único socio activo era Gerardo Manzano. Pero lo más importante que encontraron los investigadores no fue el dinero, fue una conversación. En el teléfono de Daniela Fuentes, no que la fiscalía había intervenido legalmente desde el 8 de diciembre, apareció una conversación de WhatsApp con un número sin nombre iniciada el 3 de octubre de 2022.
La conversación constaba de 11 mensajes. Los primeros siete eran de Daniela. Los últimos cuatro eran respuestas. Los investigadores tardaron 6 días en identificar el número del interlocutor. Era Rodrigo Castellanos. Rodrigo Castellanos tenía un teléfono activo. Había estado en comunicación con Daniela después de que supuestamente se había ido del departamento de Nápoles.
Y en esa conversación el tono entre los dos no era el de dos personas que habían terminado una relación de forma amistosa. Daniela le escribía, “No puedo más con esto. Necesito saber qué va a pasar.” Rodrigo respondía, “Ya te dije que estoy resolviendo. Necesito tiempo. Daniela, llevas dos meses diciéndome lo mismo.
Gerardo ya no puede seguir poniendo. Rodrigo, dile que espere, que en enero tenemos el cierre del proyecto y ahí está todo.” Esa última respuesta fechada el 9 de octubre de 2022 fue el último mensaje de la conversación. El cierre del proyecto. Los investigadores fueron a la empresa constructora en Guadalajara, donde Rodrigo había trabajado.
Hablaron con el director de recursos humanos y con el director de operaciones. Rodrigo había sido dado de baja de la empresa en mayo de 2022, dos meses después de su desaparición por abandono de empleo, como era el procedimiento estándar. Pero los proyectos en los que había participado seguían en curso y uno de ellos, un proyecto de rehabilitación de infraestructura vial en el municipio de Tlaquepaque.
Ben tenía programado un pago de estimación final para enero de 2023 por un monto de aproximadamente 800,000 pesos. El contrato estaba a nombre de la empresa, no de Rodrigo personalmente, pero había una cláusula de participación de coordinadores que le habría correspondido a Rodrigo como responsable técnico del proyecto. La empresa no sabía dónde estaba Rodrigo, pero el dinero seguía ahí, esperando a alguien que lo reclamara.
El 22 de enero de 2023, 10 meses después de la desaparición en Hatulco, la Fiscalía General de la Ciudad de México ejecutó dos órdenes de apreción simultáneas, una contra Daniela Fuentes Ochoa, en un departamento de la colonia Portales donde se había mudado después de dejar Nápoles y la segunda contra Gerardo Manzano en su domicilio de Zapopan.
Pero Rodrigo Castellanos no estaba con ninguno de ellos. Mayive, el mismo día de los arrestos, un agente municipal de tránsito en la ciudad de Querétaro detuvo a un hombre por conducir un vehículo con placas irregulares en una calle del centro histórico. El hombre presentó una identificación con el nombre de Jorge Ruiz Télez.
La identificación tenía todos los elementos visuales de ser auténtica, pero algo en ella no cuadraba para el agente. La fotografía era de un hombre de aspecto mayor que los 34 años que indicaba la fecha de nacimiento del documento. El agente lo retuvo y llamó al sistema de verificación. Jorge Ruiz Télez no existía en ninguna base de datos del RENAP.
El hombre fue trasladado al Ministerio Público de Querétaro para identificación. Sus huellas digitales fueron cotejadas en el sistema nacional. El resultado llegó en 40 minutos. La persona detenida en Querétaro era Rodrigo Castellano Herrera. vivo en buen estado de salud, con dinero en efectivo en la guantera del vehículo, aproximadamente 90,000 pesos.
Lo que emergió durante las semanas de investigación posterior a los tres arrestos fue una historia que nadie hubiera querido que fuera verdad, pero que tenía la exacta textura de las verdades que nadie quiere. Rodrigo Castellanos no había sido víctima de nadie. Había planeado su propia desaparición durante aproximadamente 14 meses.
La relación con Daniela Fuentes, retomada en secreto en agosto de 2021, había servido como plataforma logística y financiera para construir una segunda vida. El plan era sencillo en su arquitectura, desaparecer durante la luna de miel, aprovechando la lejanía geográfica, indo la confusión del momento y la ausencia de antecedentes que lo conectaran con Ciudad de México.
Vivir durante meses con Daniela en el departamento de Nápoles mientras esperaba el pago final del proyecto de Tlaquepaque. cobrar ese dinero mediante una estructura de terceros que Gerardo Manzano había diseñado y luego con ese capital desaparecer definitivamente a un lugar que no había comunicado a nadie. El problema, como suele ocurrir con los planes que dependen de varias personas al mismo tiempo, fue la coordinación.
Daniela Fuentes había entrado en el plan creyendo que formaba parte de él no solo como cómplice, sino como compañera de la vida que venía después. Cuando Rodrigo le dijo en octubre que necesitaba seguir solo, ella entendió que había sido usada. La caja de cartón con los documentos en el cuarto de basura no era, en como ella había dicho, una forma de cerrar algo.
Era una amenaza encubierta. Te puedoar. Tengo tus documentos. Sé dónde has estado. Rodrigo entendió la amenaza y aceleró su plan de salida, lo cual lo llevó a cometer los errores que terminaron con él detenido en Querétaro. Gerardo Manzano, por su parte, había participado en el esquema financiero, no por afecto a Daniela, ni por amistad con Rodrigo, a quien apenas conocía, sino porque Daniela tenía información sobre irregularidades contables de sus clientes que él no podía permitir que se divulgara. Era el eslabón más débil de
la cadena, el que más tenía que perder y el que menos control tenía sobre lo que estaba ocurriendo. Los tres fueron formalmente imputados. Rodrigo Castellano se enfrentó cargos por falsedad de documentos y fraude procesal, entre otros. Daniela Fuentes por falsedad de identidad y encubrimiento, Gerardo Manzano por complicidad y operaciones con recursos de procedencia ilícita.
Los procesos penales se desarrollaron en jurisdicciones distintas, lo que complicó y extendió los procedimientos durante más de un año. Fernanda Solís, la esposa, fue entrevistada como testigo. Los investigadores encontraron que ella no había tenido conocimiento previo del plan. Su derrumbe en las semanas posteriores a la desaparición, la tensión con la familia de Rodrigo, la forma en que alteraba serenidad y colapso emocional respondían a algo que nadie había contemplado como posibilidad, que era genuinamente una víctima, que alguien
había organizado una desaparición falsa usando su luna de miel como escenario y que ella había pasado 10 meses creyendo que su esposo estaba muerto, Nao desaparecido o en peligro. Fernanda pidió y obtuvo el divorcio. No hizo declaraciones públicas sobre el caso, más allá de lo que fue necesario en el proceso judicial.
Regresó a trabajar en la preparatoria. Dos años después, personas que la conocen dicen que se ha reconstruido, aunque en esa reconstrucción hay zonas que ella no le muestra a nadie. Doña Carmen, la madre de Rodrigo, sí habló en una entrevista con un periódico de Guadalajara. dijo algo que quedó grabado en quienes la leyeron.
Lo que más me duele no es que haya querido irse, es que haya sido capaz de hacernos creer [música] que estaba muerto. Eso no lo hace alguien que tiene miedo, eso lo hace alguien que no siente lo que los demás sienten. El proyecto de Tlaquepaque fue auditado y el mecanismo que Gerardo Manzano había diseñado para canalizar los pagos fue desmantelado antes de que se ejecutara la estimación final.
El dinero nunca llegó a manos de Rodrigo. El vehículo que conducía cuando fue detenido en Querétaro estaba registrado a nombre de una persona que declaró haberlo vendido en efectivo a un desconocido seis semanas antes. Los 90,000 pesos encontrados en la guantera nunca pudieron ser vinculados con certeza a una fuente específica.
Rodrigo Castellanos cumplió 2 años y 4 meses en prisión preventiva antes de que su caso llegara a sentencia. Fue condenado a 5 años de prisión con beneficios de cumplimiento en externación por buen comportamiento. Salió en libertad en 2026. No se sabe a día de hoy si se ha puesto en contacto con alguien de su familia.
Nei, este caso nos muestra cómo la capacidad humana para la planificación puede coexistir con una incapacidad igualmente profunda para medir el daño que causamos. Rodrigo no actuó por impulso ni por locura. actuó con metodología, con paciencia, con cálculo, y, sin embargo, no calculó lo que su desaparición le haría a una mujer que dormía al lado suyo, creyendo que tenía un futuro.
No calculó lo que le haría a una madre que pasó 10 meses sin saber si su hijo estaba vivo. O tal vez sí lo calculó y eligió no importarle. Eso quizás es lo más perturbador de todo. ¿Qué opinan ustedes de esta historia? ¿Lograron notar las señales a lo largo de la narrativa? Compartan sus teorías en los comentarios.
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